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  • El Mentidero
23.09.25

"Who’s in the bunker", Radiohead?: artwashing, esquirolaje y complicidad con el genocidio de Israel

  • Lucía Díaz Roces

Radiohead anunció hace unos días su primera gira en 7 años, que arrancará este noviembre en Madrid para después pasar por Londres, Berlín, Bolonia y Copenhague. Pese a estar siempre en mi top 10 de artistas más escuchados del año, que las suyas sean algunas de mis canciones favoritas, conocer los deep cuts y haber visto su documental, ni siquiera he intentado conseguir entradas. A día de hoy, no diría ser fan del grupo. Me resulta éticamente imposible: no solo porque constituye en mi opinión una forma de idolatría parasocial que encuentro malsana, sino porque estos conciertos también serán los primeros desde que el año pasado, en Melbourne, Thom Yorke (su cantante) se dirigiera de esta forma a un miembro del público que le recriminaba su silencio respecto a los asesinatos de los niños palestinos cometidos por Israel (desconcertante, y para qué negarlo, decepcionante, tratándose de un artista que no había temido posicionarse políticamente en otros conflictos como la independencia de Tíbet en 2015): "Sube, no te quedes ahí como un cobarde y di lo que tengas que decir. ¿Quieres joderle la noche a toda esta gente? Adelante", antes de abandonar el escenario, dejando un tema sin cantar.

Hay quien podría preguntarse: ¿por qué importa lo que piensen o digan los integrantes de un grupo de rock alternativo sobre esta cuestión en particular? En realidad, no debería. En absoluto. Sus palabras tienen la importancia que queramos darle; y en este sentido, cabría esperar que, para 2025, habríamos dejado de construir nuestra identidad tomando como referente (no ya la música, que va) la estética y el capital cultural de determinados artistas. Sin embargo, Israel, consciente del poder del arte en la conciencia colectiva, considera el favor de los músicos lo suficientemente valioso como para promover desde hace años programas de hasbara que tienen por objetivo suavizar su imagen y mostrarlo como un país moderno, diverso, democrático y culturalmente relevante; un truco muy viejo, y tomado probablemente de sus aliados (durante la Guerra Fría, la CIA influyó en la cultura estadounidense mediante la financiación de obras que ensalzan los "valores occidentales y americanos, la libertad y el individualismo" frente al realismo socialista de la URRS, buscando consolidar, a través de la propaganda, a Nueva York como capital artística mundial).

Pero, ¿por qué Radiohead? Por su posición como una de las bandas más famosas e indiscutiblemente influyentes del siglo XXI, dispone de una amplísima plataforma, del favor de público y crítica, y por todo ello, de la capacidad económica de rescindir sus contratos con Israel, a diferencia de artistas mucho más pequeños. Y en esta capacidad reside una responsabilidad. El declive de su imagen pública es sintomático de la crisis del humanismo liberal, enarbolado por las democracias occidentales, cuya tesis fundacional decía ser la férrea defensa del derecho internacional y los derechos humanos; las cuales, empleando el recuerdo del Holocausto como arma arrojadiza y escudo simultáneamente, han servido (y esto en el mejor de los casos) como cómplices necesarios del exterminio del pueblo palestino.

El declive de su imagen pública es sintomático de la crisis del humanismo liberal, enarbolado por las democracias occidentales, cuya tesis fundacional decía ser la férrea defensa del derecho internacional y los derechos humanos; las cuales, empleando el recuerdo del Holocausto como arma arrojadiza y escudo simultáneamente, han servido (y esto en el mejor de los casos) como cómplices necesarios del exterminio del pueblo palestino

En su comunicado (realizado, salta a la vista, con la única intención de calmar las conciencias de un público ávido de verlos en directo, pero que pudiera tener reservas debido a sus posicionamientos; esfuerzo, en este sentido, pobre, vago y, en general, oportunista), Yorke expresa incredulidad ante la respuesta desatada por lo que denomina su "supuesto silencio". Al margen de lo desconcertante que la frase pueda resultar (¿existe algo como un silencio de Schrodinger?), una vez pensada a fondo, lo cierto es que tiene todo el sentido del mundo: tanto Radiohead como el propio Yorke, en calidad de líder del grupo, han sido meridianos desde hace años con su posicionamiento político respecto a Palestina.

La mutuamente beneficiosa relación de Radiohead con el etnoestado genocida de Israel se remonta a 1993, cuando la banda acababa de lanzar su álbum debut, 'Pablo Honey', recibido positivamente en retrospectiva, pero un relativo fracaso en ventas en aquel momento: su primer single, 'Creep', fue retirado de la BBC Radio 1 por ser considerado "demasiado deprimente". Sin embargo, en otro lugar del mundo, la canción se escuchaba de forma constante en la radio. Israel ofreció a Radiohead no solo la validación, sino también la oportunidad de tocar por primera vez fuera de su país: concretamente, en Tel Aviv. Regresarían en varias ocasiones: dos veces en 1995, como parte de la gira de su segundo disco; en el 2000, para promocionar el tercero; y por último, en 2017, siendo esta la más polémica por motivos en los que nos adentraremos más adelante.

A continuación, Yorke habla de la dificultad de encontrar una forma "adecuada, sin trivializar, de responder a todo esto, y seguir adelante con el tour" (como el que se tiene que comer un bol de berzas antes de tomarse el postre). Si bien podría argumentarse que poner en el centro de un comunicado en torno a la polémica suscitada por la complicidad de un grupo musical en el blanqueamiento de un genocidio la (famosamente frágil) salud mental de sus intérpretes, no falta, por supuesto, la alusión al impacto que la "difamación" e "intimidación" de "los oportunistas" ha tenido en una depresión con la que, por otra parte, lleva décadas batallando.

Continúa: "Creo que Netanyahu y su grupo de extremistas están absolutamente fuera de control y deben ser detenidos [...]. Su excusa de autodefensa hace tiempo que dejó de ser suficiente, reemplazada por el deseo de tomar control de Gaza y Cisjordania de forma permanente. Creo que esta administración ultranacionalista se ha escondido tras un pueblo aterrorizado y doliente, y los ha utilizado para eludir cualquier crítica [...]. Al mismo tiempo, el incuestionable lema "Free Palestine" no responde la simple pregunta de por qué los rehenes no han sido devueltos. ¿Por qué Hamas cometió los horribles actos del 7 de octubre? La respuesta parece obvia, y pienso que Hamas elige esconderse detrás del sufrimiento de su gente, de la misma forma cínica, en beneficio propio". Tal vez esta pregunta retórica podría responderse con una lectura rápida a la multitud de informes que apuntan al conocimiento y financiación de las actividades de Hamas por parte del servicio de inteligencia israelí. Pero, más allá de esto y nuevamente, el foco no está puesto en la raíz del problema.

El problema no es quien gobierna Israel, sino su existencia misma. Hablar de algo como un sionismo socialista parece una contradicción tan irresoluble como la de una cerilla ignífuga; esto, solo si somos incapaces de concebir que pueda existir tal cosa como la administración izquierdista de un genocidio. La tendencia a la ultraderecha que venido desarrollándose en el seno de la política israelí se encuentra imbricada en su propio diseño: después de todo, como afirma Gramsci: "El fascismo es la solución de emergencia del capitalismo cuando la clase dominante ya no puede gobernar a través de la democracia liberal", una tendencia solo reforzada por su condición de nacimiento como colonia con fuerte componente étnico; pero no es la única forma de administración posible. Lo cierto es que desde su fundación en 1948 hasta el fin de su hegemonía en los años 70, la izquierda parlamentaria (Mapai, después Partido Laborista) gobernó Israel, e impulsó políticas de ocupación, expulsión y asentamientos en territorios palestinos.

Hablar de algo como un sionismo socialista parece una contradicción tan irresoluble como la de una cerilla ignífuga; esto, solo si somos incapaces de concebir que pueda existir tal cosa como la administración izquierdista de un genocidio

Queda claro, para quien tenga cualquier interés en conocer la verdad que el exterminio del pueblo palestino a manos de Israel no comenzó como respuesta a los atentados del 7 de octubre. Es por ello que, aunque Yorke trate de utilizar su música como escudo ("cabría esperar que, para cualquiera que haya oído alguna vez una sola nota [...] fuese evidente que no puedo de ninguna forma apoyar cualquier forma de extremismo o deshumanización de otros"), sus acciones no casan con sus palabras.

En 2017, Radiohead anunció que incluiría una fecha en Tel Aviv (la primera desde el año 2000) en la gira de su disco 'A Moon Shaped Pool'. Aquello generó una fuerte polémica, ya que desde hacía más de una década estaba activa la campaña BDS (Boicot, Desinversión y Sanciones), que pide a artistas internacionales no actuar en Israel hasta que termine la ocupación de Palestina. Siguiendo las críticas, Yorke declaró que la banda no apoyaba el movimiento, diciendo: "Tocar en un país no es lo mismo que apoyar a su gobierno". Ante estas declaraciones, bastaría señalar que tocar en Tel Aviv no es un acto neutral, sino una forma de contribuir a la normalización cultural de un estado ilegítimo; preguntar a los miembros de Radiohead si considerarían que tocar en la Sudáfrica del apartheid no hubiera tenido implicaciones políticas. Sin embargo, la cuestión va mucho más allá del llamado artwashing (es decir, todas aquellas prácticas llevadas a cabo por artistas que contribuyen a lavar la imagen pública de Israel, como su participación en Eurovisión).

Toda aquella polémica, preludio de la que está teniendo lugar hoy en día, queda plasmada en una serie de correos que Roger Waters (cofundador de Pink Floyd, y desde hace años, activista propalestino) ha hecho públicos en su Substack, enviados antes de que diera comienzo la campaña pública de BDS contra Radiohead: cartas escritas desde el respeto y la admiración profesionales, en un intento por concienciar e informar a un colega de la existencia de una línea de piquete. Ignorar de forma deliberada esta línea convierte a Radiohead en un esquirol en este boicot artístico contra Israel; y negar la existencia de aquellos mensajes, además, convierte a sus miembros en mentirosos que tratan de interpretar el papel de víctimas de la cultura de la cancelación (una expresión micro de la tendencia macro que hemos visto desplegar una y otra vez a su ilegítimo estado mecenas).

Más aún: la ignorancia deja de ser una excusa en el momento en que se trata de una elección consciente de priorizar la armonía entre los miembros del grupo (se trata, al fin y al cabo, de una amistad muy lucrativa) sobre el pensamiento crítico del que se dicen defensores. Thom Yorke se aseguró en una entrevista concedida a Rolling Stone en aquel mismo año de dejar claro que su decisión de seguir actuando en Israel fue plenamente informada: "El que más sabe de estas cosas es Jonny [Greenwood, guitarrista de Radiohead]. Tiene amigos palestinos e israelíes", de la misma forma misteriosa en que todo homófobo tiene un muy buen amigo gay de la infancia, "y su esposa es judía árabe. Toda esa gente, de pie a cierta distancia, nos tira cosas, agita banderas y dice que no sabemos nada de esto. Imaginad lo ofensivo que es para Jonny. Y lo molesto que ha sido que esto salga a la luz".

Por supuesto, el motivo de mayor indignación personal para Greenwood ha de provenir de su matrimonio con la artista israelí Sharona Katan. Me adelantaré aquí al comentario de rigor: "¡No elegimos de quien nos enamoramos!". Tal vez, pero aunque así fuera, sin duda nos enamoramos de alguien cuyos valores, si no compartimos, como poco admiramos. De forma general, uno no construye una vida ni elige permanecer junto a una persona que considera moralmente repudiable; baste el ejemplo de Unity Mitford.

Además, en cualquier caso, es de rigor hablar de Katan cuando se habla de la complicidad de Radiohead, ya que ella misma ha considerado necesario significarse mediante un artículo. El motivo ha sido la cancelación este pasado mes de marzo de una serie de conciertos que su marido y el músico israelí Duddu Tassa (quien participó en una serie de eventos organizados por el ministro de Defensa de Israel, y actuó en bases militares de la potencia ocupante) debido a la presión ejercida por una campaña de PACBI, un grupo asociado con el movimiento de Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS). Sobre aquello, Greenwood dijo a los medios: "No vamos a emitir juicios sobre Kneecap [grupo de rap irlandés que expresó en Glastonbury su apoyo a Palestina], pero es triste que quienes apoyan su libertad de expresión sean los mismos que están decididos a restringir la nuestra". Es casi como si el debate no fuese el alcance de la libertad de expresión; como si no hubiera ningún debate, salvo en las mentes de algunos sionistas y sus simpatizantes, para quienes la colonización de Palestina y el asesinato indiscriminado de su población, en lugar de ser sujeto de una profunda reflexión y transformación política, pueden ser convertidas en materia de sus elevadas conversaciones.

En el artículo de la mujer de Greenwood abundan las referencias a violaciones (las supuestamente indiscriminadas cometidas por miembros de Hamas contra jóvenes rehenes; amenazas gritadas, de nuevo supuestamente, en "un barrio de Londres", del que no da nombre), que comienzan tan pronto como el tercer párrafo; ninguna sobre la violencia sexual sistemática de la que sí hay pruebas que Israel ejerce contra la población palestina con independencia de su género o edad. También a asesinatos: "Ancianos, mujeres, niños, bebés, disparados; algunos incluso quemados vivos por atacantes alegres".

Estas, paradójicamente, son palabras que recuerdan a las utilizadas por Netanyahu el 28 de octubre de 2023, tras una visita a las bases del ejército israelí: "Nuestros soldados están comprometidos a erradicar este mal del mundo, por nuestra existencia y, añado, por el bien de toda la humanidad. Todo el pueblo [israelí] y sus líderes los abrazan y creen en ellos. «Recuerda lo que te hizo Amalek» . Recordamos y luchamos"; una referencia directa al libro bíblico Deuteronomio, en el que Yahvé ordena la aniquilación de Amalek, nación enemiga de los antiguos judíos: "Ahora ve y ataca Amalek. Mata al hombre y a la mujer, al niño y al lactante, al buey y a la oveja, al camello y al burro. Borrarás la memoria de Amalek de debajo del cielo. No olvidarás". Una idea que no deja de ser irónica para una ideología cuyo principal cometido parece ser la distorsión y manipulación de la memoria colectiva, como evidencia la presión ejercida por lobbys pro-israelíes para que el museo del Holocausto de Los Angeles retirase un post que rezaba: "Nunca más no puede significar nunca más solo para los judíos", por interpretarse que encerraba una crítica hacia los crímenes de Israel.

El texto de Katan prosigue: "Se nos llama colonizadores. No lo somos: somos refugiados del colonialismo, de incontables pogromos y de odio anti-judío en Europa y Oriente Medio". Otra contradicción con algo que dirá más adelante: "No pienso que muchos de los que son tan rápidos a la hora de emitir juicios entienda la complejidad de la historia del conflicto". Y es que, si de verdad Katan conociera su historia, no lo llamaría conflicto, y reconocería lo que los padres del sionismo político admitieron desde un principio: "El sionismo es una aventura de colonización" (tal y como expresó Vladimir Jabotinsky en su ensayo de 1923 'El muro de hierro'; obra fundamental del sionismo revisionista, en la que queda establecida la necesidad de reforzar la ocupación, independientemente de la resistencia de los nativos palestinos, mediante apoyos militares con grandes potencias tales como Estados Unidos); un proyecto de etnosupremacismo concebido como proyecto ideológico europeo y creado al amparo del imperio británico, a cuyos intereses servía. De hecho, se barajó el asentamiento en Uganda o la Patagonia entre otros territorios: ni siquiera los ideólogos del sionismo se creían el relato bíblico (¡muchos eran ateos!), pero sabían que Palestina les proporcionaría una excusa religiosa, basada en la idea de un destino manifiesto del pueblo judío, como cobertura para su apartheid.

Ni siquiera los ideólogos del sionismo se creían el relato bíblico (¡muchos eran ateos!), pero sabían que Palestina les proporcionaría una excusa religiosa, basada en la idea de un destino manifiesto del pueblo judío, como cobertura para su apartheid

Adelantándose a las acusaciones de colonialismo, Katan añade: "En la avalancha de palabras que han seguido (al 7 de octubre), he leído que yo, y mi gente, somos blancos. La mayoría de los israelíes no son blancos". Una inclusión extraña, poco relevante dado el contexto; y más aún cuando no menciona que en Israel, en tanto que etnoestado, se practica la segregación y entiende que hay etnias superiores a otras incluso dentro del pueblo judío al que dicen representar en su totalidad, siendo la facción dominante la askenazi (judíos europeos) y los mizrajíes y asfabas ciudadanos de segunda o tercera clase. Ni que decir tiene la minoría de población palestina, a la que ni siquiera le son concedidos constitucionalmente derechos colectivos, solo individuales. Una discriminación tan flagrante que llevó en 2015 a numerosas protestas, duramente reprimidas, contra el racismo y la violencia policial que forman parte del tejido cotidiano de la sociedad israelí.

Llegados a este punto, no podía faltar la instrumentalización del Holocausto como justificación moral: "La población judía mundial aún no se ha recuperado [...]. Hoy en día hay 1,4 millones menos de judíos en el mundo que en la década de 1930. En lugar de sus descendientes, tenemos fantasmas sin nombre de posibles familias, exterminadas por los nazis. Nadie habla por ellas", afirma, en un mundo en el que, por suerte, aún quedan víctimas del Holocausto que viven, pueden hablar y pensar por sí mismas, condenan el genocidio, y consideran la apropiación israelí del trauma colectivo de los judíos un insulto a la memoria de las millones de personas que fueron asesinadas por los nazis; ya que no dudaron en utilizar la persecución antisemita como un pretexto a su proyecto colonial. Y no solo eso: clama al cielo que un estado colonial cuya legitimidad se sustenta en la necesidad de que exista un lugar seguro para los judíos del mundo no tuviera problema en facilitar su creación mediante un pacto de colaboración con las autoridades nazis. Los acuerdos de Haavara, polémicos incluso dentro de las facciones israelíes y pactados por la Federación Sionista de Alemania, el Banco Anglo-Palestino (bajo las órdenes de la Agencia Judía para Israel) y el gobierno alemán en 1933, comprometía a los primeros a cooperar económicamente con los nazis, rompiendo el boicot organizado por la mayor parte de las asociaciones judías del mundo (y que había logrado su propósito de mermar las arcas del que posteriormente se convertiría en el Tercer Reich) a cambio de permitir la salida del país de algunos judíos, siempre y cuando fuera con destino a Palestina, así como su reconocimiento oficial como representantes únicos de la comunidad judía.

Aún quedan víctimas del Holocausto que viven y condenan el genocidio, y consideran la apropiación israelí del trauma colectivo de los judíos un insulto a la memoria de las millones de personas que fueron asesinadas por los nazis; ya que no dudaron en utilizar la persecución antisemita como un pretexto a su proyecto colonial

Siendo todo esto cierto, ¿por qué motivo la población israelí defiende mayoritariamente la ocupación?: "Independientemente de cualquier crítica que tenga sobre cómo actúa Israel como Estado, nada puede cambiar el hecho de que su existencia me ha otorgado el derecho a ser judía y libre". Libre, se entiende, como los ciudadanos de Omelas, que aceptan de buen grado que el precio de su bienestar es la tortura de los inocentes. Más allá de esto, Katan afirma no justificar nada: "Todos anhelamos la paz. Debería poder identificarme como judía israelí sin la vergüenza que tantos quieren que sienta". Tal vez la vergüenza sea un buen indicador, la respuesta de una conciencia que se remueve, incluso suprimida por años de adoctrinamiento. Tal vez deban seguir la indignación, la desesperación, y por último, la necesidad de redimirse. La única forma de hacerlo es el desmantelamiento de las estructuras colonialistas que posibilitan la masacre de los palestinos: reestablecer y reconocer, como un único estado, Palestina.

Yorke concluye de forma diferente su comunicado (tras ocho diapositivas): "¿Cuál es la alternativa? No puedo responder fácilmente. Lo que sí sé es que en las comunidades de todo el mundo este tema es ahora peligrosamente tóxico y nos encontramos en aguas inexploradas. Necesitamos dar marcha atrás. [...] Escribo esto con la esperanza de poder unirme a los muchos millones de personas que rezan para que este sufrimiento, este aislamiento y esta muerte se detengan, para que colectivamente podamos recuperar nuestra humanidad y dignidad y nuestra capacidad de alcanzar la comprensión... que un día pronto esta oscuridad haya pasado". Un final anticlimático para un comunicado tan extenso, y un lamentable epitafio para tan ilustre carrera. Necesitamos dar marcha atrás. En este artículo he tratado de hacerlo, y todo lo que he encontrado son motivos para condenar el genocidio del etnoestado de asentamiento israelí contra el pueblo nativo de Palestina, cometido en su propia tierra desde hace casi un siglo. Tal vez no sirva de nada volver atrás con los ojos vendados; o quizá el líder de Radiohead estuviera hablando de aquellos días gloriosos de sus tres primeros discos, en los que podía tocar en Tel Aviv sin que nadie le tocase a él las narices.

A menudo, quienes afirmamos que algún día Palestina recuperará su independencia y su libertad somos tachados de ingenuos e idealistas. ¿Pero no es acaso más idealista creer que las cosas cambiarán pidiéndolo por favor, apelando al corazón de quien ha demostrado no tenerlo, o murmurando en la comodidad de nuestras salitas de estar que la violencia es condenable venga de donde venga, siempre? La fe en abstracto, sin ninguna significación concreta, no pondrá fin a la ocupación de Palestina y el genocidio de su pueblo; menos todavía cuando ese mismo concepto está siendo utilizado para justificarlo: acusaciones de antisemitismo deparan a cualquiera que se atreva siquiera a sugerir el desequilibrio de fuerzas entre Israel y Palestina, lo cual es, al mismo tiempo, ridículo, un flaco favor a la memoria de las atrocidades sufridas por el pueblo judío y sus víctimas históricas, y un sinsentido etimológico, siendo el árabe, al fin y al cabo, un pueblo semita. Sin duda, es momento de plantearse cuáles son las limitaciones del activismo y la protesta ciudadana; las consecuencias de entendernos como carteras en lugar de como actores políticos capaces de organizarnos más allá del consumo individual; si queremos que nuestra ética quede únicamente determinada por y reflejada en el circuito comercial. La toma de conciencia sirve de muy poco si depositamos nuestras esperanzas en quienes una vez tras otra han demostrado su hipocresía y su capacidad de condenar el genocidio de boquilla mientras sigue por la espalda vendiendo las armas y el combustible que lo hacen posible. Y es que, como expresó Gilles Dauvé en 'Cuando las insurrecciones mueren': "10.000 o 100.000 proletarios armados hasta los dientes no son nada si colocan su confianza en cualquier cosa que no sea su propio poder para cambiar el mundo".

Ahora bien, si no podemos llevar a cabo la más sencilla e insignificante de las tareas (no pagar un café muy por encima de su precio en Starbucks, ahorrarnos -¡de nuevo, no se nos pide más que no gastar!- de 50 a 97 euros de concierto de unos sionistas), ¿cómo podemos esperar ser capaces de emprender acciones mucho más arriesgadas y complejas?

Cuando gritamos "Viva Palestina libre", esto implica el reconocimiento de los crímenes cometidos en nombre del estado genocida y colonial de Israel: también sus cómplices, sus apoyos, quienes legitimaron la barbarie escudándose en una complejidad completamente manufacturada del asunto. Amar algo es reconocerlo por lo que es, no tratar de desfigurarlo para que se amolde a aquello en lo que querríamos que se convirtiese: Radiohead es la banda cuya canción 'No surprises' ponía mi padre cada vez que me cambiaba los pañales. También, una de tantas cuyo legado quedará manchado (porque así lo han querido sus miembros) por las palabras genocidio, colonialismo y tortura; una banda forjada en el seno de una escuela privada, que una vez tras otra ha negado cualquier lectura explícitamente política de su arte.

Aquel 2024, la canción que Thom Yorke dejó por cantar era 'Karma Police', cuya letra dice: "This is what you get, when you mess with us / [...]. For a minute there, I lost myself" (Esto es lo que pasa cuando te metes con nosotros / [...] Por un momento, me perdí a mí mismo). Es una lástima que su minuto haya durado 32 años.

+En el momento de la redacción de este artículo, las entradas están agotadas y se espera que haya nuevas fechas en el horizonte.

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