Hablemos de una evidencia incómoda: hoy casi nadie vuelve de otro lugar sabiendo más del mismo que antes de visitarlo. Viajar, que durante décadas funcionó como una promesa de ampliación intelectual —una forma de conocimiento no mediado por libros ni aulas— opera ahora, con frecuencia, como su caricatura. Ser una persona "viajada" ya no señala curiosidad ni comprensión, sino una profunda desconexión con las realidades materiales, sociales y políticas de los territorios pisados. El desplazamiento ya no garantiza conocimiento: a menudo lo bloquea.
Dijo una vez Miguel Maldonado, con la lucidez habitual de quien bromea para contar verdades, que viajar servía, sobre todo, para molestar. La frase lanzada como chiste funciona como diagnóstico. El turista contemporáneo no llega a aprender ni a integrarse: llega a ocupar, a consumir, a estorbar. No se esfuerza por entender, sino por reproducir una imagen previamente digerida. Viajar ya no es una forma de acceso al mundo, sino un modo de relacionarse con él desde la superficie.
Llamemos a las cosas por su nombre: esto es consumo de lugares. No experiencia, no intercambio cultural, no descubrimiento. Consumo. El territorio se convierte en producto, las calles en decorado y la ciudad en un catálogo de fondos posibles para la misma foto millones de veces repetida.
El turismo no es neutral, forma parte de las lógicas de acumulación del capital: genera desposesión, gentrificación y mercantilización de espacios y culturas. El problema del alquiler y los precios desorbitados del comercio también somos nosotros: cada viaje aparentemente inocente participa de una cadena que expulsa población local, encarece la vida y transforma ciudades auténticas en parques temáticos habitables sólo para quien está de paso o puede pagarlos.
Regresé hace pocos días de mi primer viaje intercontinental, a Colombia, y la experiencia no contradice este análisis: lo confirma. A pesar de haber sido un viaje por lazos con el país, es decir: a través de un vínculo allegado, he podido comprobar de forma directa aquello que aquí se argumenta: el viaje no me concedió acceso a una comprensión profunda de la complejidad del territorio, ni una verdad que no estuviera ya disponible antes, no porque el país carezca de historia o complejidad —todo lo contrario—, sino porque el turismo está diseñado precisamente para no acceder a ellas. Incluso cuando existe interés o unión, el dispositivo turístico funciona como filtro: muestra, ordena y limita lo visible.
El turismo no es neutral, forma parte de las lógicas de acumulación del capital: genera desposesión, gentrificación y mercantilización de espacios y culturas
Esta crítica no está dirigida a quien hace un viaje puntual, sino a algo más profundo: el turismo crónico como lifestyle, la cultura de los "viajes express" como identidad. La riqueza vital medida por la movilidad constante: viajar se presenta como el único hobby que no requiere ningún talento.
Instagram ha consolidado esta lógica hasta convertirla en sistema. Ubicaciones, restaurantes, aeropuertos, playas, rooftops... Nunca antes los ricos —y, sobre todo, las clases aspiracionales, es decir, quienes intentan emular el estilo de vida de los ricos— tuvieron un escaparate tan obsceno. Cada banderita destacada es una exhibición sometida a la lógica neoliberal de estar siempre disponibles para la siguiente experiencia: no importa tanto dónde has estado como que los demás lo sepan.
Las redes no sólo muestran viajes: los deciden. El destino ya no se elige por interés histórico, social o político, sino por su potencial fotográfico, por su rendimiento simbólico, por su capacidad de producir reconocimiento social. El turismo ya no se planifica: se scrollea. El resultado es conocido: masificación extrema. Ciudades como Barcelona, París o Roma se saturan no por su valor cultural, sino por su viralidad. Barrios enteros colapsan porque el algoritmo ha decidido que existen, pues éste no sólo indica qué visitar, sino cómo hacerlo, desde dónde fotografiarlo y cuánto tiempo permanecer. El viaje deja de ser experiencia para convertirse en ejecución de un guion optimizado.
Como plantea Ingrid Robeyns en 'Tener demasiado: ensayos filosóficos sobre el limitarismo', "los hábitos de consumo —como los viajes frecuentes— no son compatibles con la preservación a largo plazo de la capacidad de los ecosistemas para satisfacer las necesidades humanas". Si una práctica de ocio no puede generalizarse sin producir impactos sociales, ambientales o materiales insostenibles, entonces plantea un problema moral: las aficiones cuya universalización resultaría inviable nunca son éticamente neutras. En este contexto aparece incluso la culpa: flygskam, término sueco acuñado en 2018 para nombrar la "vergüenza de volar", no como acto individual, sino como síntoma de un modelo de ocio incompatible con la justicia global y la protección de los sistemas ecológicos.
No queda cultura que explorar en las grandes ciudades: todas son la misma: mismas tiendas, mismos cafés, mismos barrios convertidos en postal. El turismo no descubre la ciudad: la aplana. Dubái aparece como el culmen lógico de este proceso: una urbe sin pasado, diseñada para la ostentación, la desigualdad y la ausencia de derechos, presentada como experiencia cultural. ¿Qué riqueza simbólica puede ofrecer un espacio creado exclusivamente para exhibir opulencia?
Si una práctica de ocio no puede generalizarse sin producir impactos sociales, ambientales o materiales insostenibles, entonces plantea un problema moral: las aficiones cuya universalización resultaría inviable nunca son éticamente neutras
En esta línea, 'Viajando por el mundo', canción de Karol G lanzada en su último álbum, actúa como un dispositivo ideológico especialmente pulido: "salida del vuelo con destino a la felicidad": el viaje se muestra como estado emocional, no como práctica material sostenida por desigualdades. Experiencias absolutamente ordinarias —ver un amanecer, sentir la brisa, beber— se reubican en el desplazamiento constante, como si sólo allí pudieran adquirir sentido. Así lo explicaba el divulgador Santi Saboriego a través de sus redes sociales: lo más potente (y más tóxico) del relato es que la felicidad no se construye, sino que se persigue en otro sitio. La canción vende una idea muy concreta de felicidad: movilidad continua, ausencia de arraigo, no permanencia, no conflicto. El resultado genera sujetos crónicamente insatisfechos, convencidos de que "sentirse vivo" empieza siempre en la próxima ubicación.
Viajar ya no te hace interesante, ni culto, ni abierto. Te convierte, muchas veces, en clase turista: alguien que transforma su tiempo libre en coleccionismo y acumulación, que confunde movimiento con conocimiento y consumo con vida.
Quizá la pregunta no sea a dónde vamos, sino por qué sentimos que debemos ir constantemente a algún sitio. Quizá haya que aceptar que no todo ocio es éticamente neutro, que no todo deseo es inocente y que el mundo no es un álbum de cromos que completar.
Viajar, hoy, dice menos del lugar visitado que de quien lo consume. Y, casi siempre, lo delata.
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