“Millonario sin dejar de ser del barrio, pa que sepa
Aprieta, chamaquito, aprieta
De aquí nadie me saca, de aquí yo no me muevo
Dile que esta es mi casa, donde nació mi abuelo”
La Mudanza
En la canción que cierra el exitoso último disco de Bad Bunny, la estrella mundial del reguetón y proclamado por la revista Forbes como actual "Rey del Pop", nos relata sus orígenes humildes y nos cuenta cómo se conocieron sus padres, un camionero y una profesora de inglés. El orgullo por sus raíces portorriqueñas y de clase trabajadora frente al colonialismo estadounidense son el leivmotiv del álbum 'Debí tirar más fotos', obra en la que escenifica una especie de arrepentimiento por haberse dejado deslumbrar por el éxito y el lujo desenfrenado del star-system, en un proceso similar al relato también representado por Rosalía con su disco más reciente 'LUX', en el que propone la trascendencia del deseo carnal y la ambición material a través de la espiritualidad y la fe religiosa. Aunque por caminos diferentes, ambos nos hablan de la inmoralidad de acumular riqueza y poder y de cómo eso te lleva a vivir en una burbuja que te separa de la realidad y de la comunidad. Ella pincha la burbuja ascendiendo a los cielos y él volviendo al origen, quitándose la máscara de Bad Bunny para volver a ser Benito Antonio Martínez Ocasio, pero, ¿hasta qué punto esa identidad puede considerarse auténtica y no un disfraz cuando se convierte en su principal activo de venta?
Este fenómeno no es una novedad, son muchos los artistas que tras alcanzar la cima del éxito, después de guiarse durante años por la megalomanía y la "ambición desmedida", parecen despertar de un trance y comienzan a predicar ante sus fans un nuevo discurso de humildad y austeridad. "Ya no estamos pa’la movie ni pa’ las cadena’, estamos pa’las cosas que valgan la pena". Ahora nos recuerdan que lo importante de la vida no son las cosas materiales como el dinero que ellos amasan y las mansiones que coleccionan a lo ancho y largo del planeta, ni siquiera los artículos caros cuyas marcas ellos mismos no paran de citar en las letras de sus canciones, tampoco los récords de ventas que siguen batiendo sin tregua ni los estadios que siguen llenando a reventar a pesar de los precios cada vez más elevados de las entradas. Lo importante según Bad Bunny es "disfrutar de las cosas que parecen pequeñas y sencillas pero que en realidad son gigantes, como reír, cantar, bailar y llorar cuando sea necesario". Bad Bunny lleva año y medio repitiendo este discurso como un mantra, desde el lanzamiento de su último disco, en todas sus entrevistas y en los speechs que da en los conciertos de su actual gira, que valga la redundancia gira como su disco alrededor de las cosas que no se pueden comprar, como los "sunset bonitos" o "estar to’el día con abuelo jugando al dominó". Sin embargo, desde las ventanas de la mayoría de pisos de alquiler no se puede apreciar el atardecer y es muy poca la gente a la que le sobra el tiempo tras jornadas laborales maratonianas para ir a visitar a sus abuelos, ni siquiera para pararse a jugar con sus propios hijos, por lo que suena aventurado decir que no se necesita dinero para tener acceso a parajes naturales o para disponer de tiempo para disfrutar con la familia.
El orgullo por sus raíces portorriqueñas y de clase trabajadora frente al colonialismo estadounidense son el leivmotiv del álbum 'Debí tirar más fotos', obra en la que escenifica una especie de arrepentimiento por haberse dejado deslumbrar por el éxito y el lujo desenfrenado del star-system (...) pero, ¿hasta qué punto esa identidad puede considerarse auténtica y no un disfraz cuando se convierte en su principal activo de venta?
El relato de las “celebrities” que están aprendiendo a “desear menos” mientras mantienen sus inversiones inmobiliarias no sólo resulta hipócrita y culpabiliza a los demás por consumir demasiado (claro, deberían estar ahorrando para comprar pases VIP y merchandising oficial); sino que tiene un fuerte efecto despolitizador por restar importancia a los derechos materiales, como la vivienda o los salarios dignos, y por centrar en la responsabilidad individual lo que tiene su causa en estructuras sociales. La nueva imagen de rico del pueblo de Bad Bunny, más sobrio y consciente, que pone su fama y fortuna supuestamente al servicio de la justicia social (convenientemente a través de fundaciones, así hay que pagar menos impuestos) y que de bonus track nos regala consejos de autoayuda y de perogrullo del estilo “mientras uno esté vivo, uno debe amar lo más que pueda”; es la que paradójicamente le ha llevado a aumentar de forma exponencial esa fama y a doblar su fortuna en tan solo un año. Según datos de Celebrity Net Worth y Forbes, su patrimonio neto pasó de estar valorado en 50 millones de dólares a mediados de 2025 a 100 millones de dólares a principios de 2026.
¿EL SUEÑO ANTIAMERICANO?
El punto de inflexión que ha terminado de coronar a Bad Bunny como artista global más influyente fue haber protagonizado la actuación del descanso de la final de la Superbowl. El gran espectáculo norteamericano por excelencia se desarrolló casi íntegramente en español y en él se nombraron todos los países del continente, recordando que "ciudadanos americanos" son todos sus habitantes de norte a sur y no sólo los estadounidenses. Aunque la intervención de Bad Bunny se celebró como oposición a la ideología supremacista de Trump y su "Make America Great Again" y como acto de denuncia contra su política de represión de la población inmigrante, su figura dista de refutar las bases mitológicas fundacionales de Estados Unidos como el ideal de democracia burguesa en la que cualquier persona puede prosperar si tiene talento y se esfuerza lo suficiente, sin importar lo lejos que se encuentre su punto de partida. Al contrario, nadie mejor que Benito Antonio Martínez Ocasio para reforzar esa narrativa del "hombre hecho a sí mismo". Su historia personal, al menos la parte de su historia que él nos cuenta, es la encarnación perfecta del "sueño americano". Sólo era un chico de 20 años que trabajaba en un supermercado para pagarse la carrera, que compaginaba sus responsabilidades con su vocación artística haciendo maquetas caseras de sus canciones y subiéndolas a las redes sociales; cuando una de ellas llamó la atención de un productor del sello portoriqueño Hear this Music, al que se conoce como "independiente" pero que, casualidades de la vida, pertenece a la multinacional Sony Music, una de las tres compañías discográficas más grandes (las otras dos son Universal y Warner).
En apenas año y medio, entre el verano de 2017 y finales de 2018, antes de lanzar su primer álbum, Hear the Music fabricó la viralidad de Bad Bunny colocándolo en una veintena de colaboraciones con artistas consolidados tanto en la escena latina como norteamericana: Becky G, Karol G, J Balvin, Marc Anthony, Cardi B, Drake, Jennifer López… Si en lugar de canciones estuviésemos hablando de cafeterías de Starbucks, a lo que ocurrió con los inicios de Bad Bunny se le llamaría estrategia de saturación de mercado y a su obra no se la consideraría otra cosa que otro producto minuciosamente diseñado para vender. Sin embargo, el relato se desplaza una vez más a lo inmaterial, a los inocentes sueños de un chaval que decía desde los cinco años que quería ser cantante y que participó hasta los 13 en el coro de la iglesia de su barrio. No suena romántico hablar de la inversión empresarial consciente de una productora global que quería seguir surfeando la rentable ola de música urbana latina en un país en el que la población de origen latino representa el 20% de la población total y que tiene la bala puesta en un jugoso mercado planetario de 600 millones de hispanohablantes. .
"Me llamo Benito Antonio Martínez Ocasio y si estoy aquí en la Super Bowl es porque nunca dejé de creer en mí. Tú también deberías de creer en ti, vales más de lo que piensas" dijo mirando a cámara para presentarse a la audiencia durante la actuación. El sociólogo Hans Laguna analiza este tipo de discurso en su ensayo 'Yo siendo yo: El teatro de la autenticidad en las estrellas del pop' en el que las estrellas atribuyen a su propia autoconfianza el secreto de su éxito. La idea que transmite Bad Bunny igual que muchos otros es que "sólo prosperan quienes muestran determinación y confianza en las propias posibilidades", visión que encaja a la perfección en la forma de pensamiento neoliberal. Aunque la cultura de la autoconfianza se disfrace de empoderamiento antisistema, está al servicio del sistema capitalista porque como advierte Laguna, pone el foco una vez más en la responsabilidad individual y lo aleja de las estructuras sociales que causan las desigualdades. El colonialismo estadounidense no se combate convirtiendo una desposesión histórica en una cuestión de talento y esfuerzo personal, hablando de lo trabajadoras y amables y valientes que son las personas migrantes, de lo mucho que pueden aportar a la cultura norteamericana y de su capacidad de generar riqueza. Recomendar a las personas que tengan fe en su propia potencialidad para que el resto de la sociedad acabe creyendo en ellas supone un mensaje adaptativo, no subversivo. Esa forma de pensar no mueve ni un milímetro el marco extractivista de la economía capitalista, que considera a las personas trabajadoras en general y a las procedentes de países del Sur global en particular, meros instrumentos para sus fines de lucro.
El colonialismo estadounidense no se combate convirtiendo una desposesión histórica en una cuestión de talento y esfuerzo personal, hablando de lo trabajadoras y amables y valientes que son las personas migrantes, de lo mucho que pueden aportar a la cultura norteamericana y de su capacidad de generar riqueza. Recomendar a las personas que tengan fe en su propia potencialidad para que el resto de la sociedad acabe creyendo en ellas supone un mensaje adaptativo, no subversivo
Con su lema "lo único más poderoso que el odio es el amor", Bad Bunny está solicitando cordialmente un lugar para los otros americanos en el concepto de 'América', no está disputando ni cuestionando ese concepto. Él se ganó a pulso ese lugar, y aunque una vez conseguido dice que quiere volver a su hogar natal y no volver a marcharse, no ha vendido su mansión de Los Ángeles ni su dúplex de Manhattan ni su restaurante de Miami. En el mismo espectáculo del descanso de la final de la Super Bowl, Bad Bunny representó ese mito de los sueños infantiles entregando un Grammy a un niño inmigrante que estaba en el sofá viendo con sus padres precisamente la gala de entrega de los últimos Grammy, los galardones de la Academia estadounidense de la Música, en la que Bad Bunny se convirtió en el primer artista latino en ganar el premio a 'Álbum del año' con un disco enteramente grabado en español. Benito depositaba así simbólicamente su confianza en otros futuros Benitos, y la representación identitaria y abstracta sustituye una vez más a las medidas centradas en lo material como la lucha de clases, la nacionalización de recursos naturales, o las revoluciones indígenas. Quién quiere agitar una revolución así le ponen una silla en la mesa de los poderosos y puede sentarse a saborear su pedacito de pastel de privilegio. Mejor seguir hablando de amor, de integración, de paz como oposición al odio y otras abstracciones que se materializan en la sumisión a un sistema imperialista ante el cual la única solución que se plantea es "demuestra lo que vales" para que se te conceda el permiso de participar en él.
La Super Bowl de Bad Bunny supuso en definitiva la escenificación de la vuelta a la convivencia armónica de la nacionalidad opresora con las oprimidas en la tierra de las oportunidades (nada más abstracto y tramposo que la igualdad de oportunidades), la renovación moral del viejo ideal meritocrático de la sociedad estadounidense. El mensaje de Bad Bunny está haciendo a "América" aspiracional otra vez. Su rebeldía y supuesta actitud de resistencia "antiamericana" funcionan además como la prueba fehaciente de que Estados Unidos sigue siendo la democracia más sólida del planeta, donde la libertad de expresión es un derecho irrenunciable incluso con un auténtico tirano como gobernante, tanto que allí la revolución sí es televisada en prime time y con anuncios de precio millonario. Una vez más se hablará del hito de un artista latino pionero y contestatario y no de una inteligente inversión comercial de su patrocinador Apple Music, a pesar de que las cifras en los días siguientes hablaban por sí solas: 135 millones de espectadores que lo convirtieron en el "halftime" más visto de la historia, un aumento de más del 470% de escuchas en Spotify en EE.UU. (el mayor registrado hasta la fecha), los oyentes se multiplicaron por siete en la plataforma de streaming de Apple Music y las ventas del álbum DTMF aumentaron en un 981%, entrando a las listas de más vendidos en 155 países y alcanzando el número uno en 46 de ellos (datos publicados en la web oficial de Bad Bunny).
AUTENTICIDADTM
Esa resistencia contra la asimilación norteamericana es ahora el valor mercantil más poderoso de la marca comercial de Bad Bunny. Son los brazos mediáticos del imperio, como la CNN o la revista Rolling Stone, nada sospechosos de ser independientes y antisistema, los que han erigido a Bad Bunny como una voz de disidencia "auténtica", como un representante "genuino" de las raíces populares. Bab Bunny ha recibido el sello oficial de "auténtico”, la palabra que más se usa para referirse a su figura y los valores que representa. Bad Bunny representa lo "auténtico" contra lo artificial, industrial, mercantil, prefabricado. Incluso se han escrito ya ensayos teorizando que su "autenticidad" nos salvará de la inteligencia artificial.
En el más arriba citado libro 'Yo siendo yo: el teatro de la autenticidad en las estrellas del pop', el psicólogo Hans Laguna nos explica cómo tras la caída masiva de ventas de discos provocada por la universalización de Internet, la industria musical tuvo que reinventarse convirtiendo la identidad del propio artista en la mercancía a vender. En un mercado global con infinita variedad de productos todos similares entre sí, la "autenticidad" se ha convertido en el elemento principal de distinción, por lo que las estrellas de la música se han visto obligadas a certificar su "autenticidad" ante el público a través de mecanismos como mostrar partes de su intimidad tanto en sus perfiles de redes sociales como en entrevistas, documentales y por supuesto en las letras de sus canciones, mostrando en todo momento una apariencia de espontaneidad y vulnerabilidad que haga sentir a sus fans que son personas cercanas a ellos, alguien con cuyos problemas y preocupaciones se pueden identificar a pesar de estar en las antípodas del poder adquisitivo.
"Quiero que la gente sepa que soy un puto humano como ellos", dijo Bad Bunny en la entrevista concedida en exclusiva al director creativo de Apple Music, Zane Lowe, coincidiendo con el lanzamiento de su último álbum. En esa entrevista de estilo intimista, Bad Bunny confesó cosas como haber padecido depresión antes de hacerse famoso hasta el punto de "sentir que se iba a morir", haber sido siempre muy tímido y tenido dificultades para hacer amigos "por eso tengo a los mismos de siempre, me cuesta hasta saludar, y por eso también siempre me suelo tapar, con gorros y gafas" y que el objetivo de 'Debí tirar más fotos' es "mostrarle al mundo quién realmente soy y de dónde vengo". Es decir, Bad Bunny siendo Benito. Todas sus declaraciones iban en la línea de ese teatro manufacturado de la autenticidad, desde su lucha por su autonomía artística dentro de la industria hasta la búsqueda de un propósito moral y trascendente a su éxito comercial. "¿Cuál es la razón para que yo esté en está posición? ¿Romper más récords, llenar estadios más grandes? Me he dado cuenta de que hay cosas más importantes". Ese propósito elevado de lo material es la representación de su pueblo y conservación de su cultura, potestad que se ha atribuido a sí mismo y que como hemos visto le han concedido también los medios.
A lo largo de la entrevista insistió también como en muchas otras ocasiones en que sigue siendo el mismo chico corriente que trabajó en un supermercado y en que su visión de la vida sigue dominada por los valores de esfuerzo constante y responsable que aprendió del ejemplo de sus padres. "Irme de Puerto Rico y triunfar en Estados Unidos me sirvió para poder volver apreciándolo mejor". Por arte de birlibirloque son la fama y la fortuna las que le conceden la sabiduría moral para tomar las decisiones correctas y descubrir qué es lo importante, además de ser ahora el instrumento para fines tan éticos como lucrativos. Y justamente ahí, en el intento de buscar justificación moral a su situación privilegiada, donde está el peligro ideológico, porque si los millonarios logran convencernos de que existe una forma ética y correcta de acumular riqueza es imposible avanzar en la transformación hacia un sociedad sin desigualdades materiales, es decir, sin clases sociales ni discriminación de género ni opresiones racistas. Esa igualdad será imposible mientras sea lícito que todos aspiremos a ser ricos, mientras no sólo no estemos en contra de la mera existencia de personas millonarias, sino que además las admiremos e incluso idolatremos, y hasta les concedamos una halo de santidad o una bandera de revolucionarias, salvadoras, heroinas de la clase obrera.
Por arte de birlibirloque son la fama y la fortuna las que le conceden la sabiduría moral para tomar las decisiones correctas y descubrir qué es lo importante, además de ser ahora el instrumento para fines tan éticos como lucrativos. Y justamente ahí, en el intento de buscar justificación moral a su situación privilegiada, donde está el peligro ideológico, porque si los millonarios logran convencernos de que existe una forma ética y correcta de acumular riqueza es imposible avanzar en la transformación hacia un sociedad sin desigualdades materiales
No podemos perder de vista que para que haya ricos tiene que haber necesariamente pobres, que es imposible acumular capital sin desposeer a la mayoría trabajadora de la parte que le corresponde, y que la igualdad a la que aspiramos es a la de recursos tangibles y no a la de oportunidades, es decir, a un reparto equitativo del capital y el patrimonio y la propiedad comunitaria de los medios de producción, sin riqueza ni pobreza. La filantropía y la caridad de los millonarios siempre es prosistema por mucho que hablen de cosas como "enseñar a pescar en lugar de regalar pescado" o de devolver agencia y oportunidades a la infancia y juventud de los barrios y países empobrecidos a costa de los cuáles ellos mismos se han enriquecido. La justicia no se dona, no llega financiada por ninguna fundación artística, se conquista a través de movimientos y luchas sociales. Todo millonario es por definición enemigo de la clase trabajadora, aunque en origen haya pertenecido a ella. La adopción de estrellas del pop como posibles aliados de las luchas sociales es pura apología del desclasamiento, lo contrario a la conciencia de clase.
En el momento histórico particular en que nos encontramos tras el genocidio retransmitido en tiempo real en Gaza, el posicionamiento social del lado de los desfavorecidos se ha convertido en un factor obligatorio para no perder fans ni contratos publicitarios. En cuanto las productoras comprobaron que pronunciarse a favor del pueblo palestino subía los puntos en el medidor de "autenticidad", y que la audiencia empezaba a boicotear a los artistas declaradamente sionistas o neutrales, el compromiso social del artista y su posicionamiento político se ha revalorizado como el argumento de venta más importante. Lo que al principio podía parecer subversivo, cuando todos permanecían en silencio y sólo se pronunciaban las bandas más pequeñas y debutantes saliendo de los carteles de festivales finaciados por fondos israelíes, se ha convertido en una nueva estrategia de mercado. Festival libre de sionismo o disco autóctono libre de injerencias de multinacionales, íntegramente "made in Puerto Rico". Todo vale para engordar la cuenta de resultados de la misma élite empresarial que domina la industria cultural. Aunque el disco de Bad Bunny se haya compuesto y producido íntegramente con el trabajo de artistas emergentes o tradicionales de la escena portorriqueña, quienes monetizan su éxito mundial no dejan de ser Universal Music Group, Spotify, Live Nation.
GENTRIFICANDO CONTRA LA GENTRIFICACIÓN
La denuncia de la gentrificación de los barrios populares y la expulsión de sus habitantes debido a la masificación turística y la consiguiente subida de precios es otro de los buques insignia del álbum 'Debí Tirar Más Fotos' y su gira mundial. Bad Bunny grabó un corto tratando ese tema en una casa típica portorriqueña (cuyo diseño originario es norteamericano, exactamente el mismo que el de los suburbios residenciales que vemos en las películas de Hollywood), cuya imagen se ha convertido en "La Casita", el polémico símbolo de las raíces puertorriqueñas y de la vida cotidiana del pueblo, que ahora acoge a famosos y grandes empresarios bailando en sus conciertos y, al contrario de lo que se pretendía, se ha convertido en sinónimo de exclusividad y elitismo. Al anciano de 84 años que vive en la casa originaria le pagaron 5.200 dólares por alquilar el espacio durante las horas de grabación del susodicho cortometraje. Ahora lidia a diario con decenas y decenas de turistas que invaden la privacidad de su hogar para sacarse fotos y subir vídeos a redes sociales. De hecho, el hombre ha demandado a Bad Bunny por 6 millones de euros por enriquecimiento indebido y por daños morales, al haber explotado la imagen de la casa en fines comerciales y muchos más usos del único contratado. El resultado de la publicación de ese corto que narra la historia de un anciano cuyo barrio ha sido gentrificado ha sido contribuir a gentrificar el barrio de otro anciano, esta vez real y no de ficción.
El resultado de la publicación de ese corto que narra la historia de un anciano cuyo barrio ha sido gentrificado ha sido contribuir a gentrificar el barrio de otro anciano, esta vez real y no de ficción
El modelo de residencia musical utilizado para la gira de su álbum, que se abrió con 30 conciertos en Puerto Rico y que acaba de pasar por España con dos conciertos en Barcelona y 10 en Madrid, también contribuye a ahondar en la turistificación de las ciudades en las que se celebran, al dejar de ser el artista el que se mueve y ser el público el que tiene que desplazarse fuera de su ciudad e incluso de su país o continente para disfrutarlo en directo. Este tipo de eventos favorecen que lo importante no sea el concierto, sino que este se convierta en la excusa para una estancia turística más amplia. Durante las semanas que un artista de ese renombre actúa en una ciudad la capacidad hotelera se completa al 100% y no es capaz de absorber toda la demanda, por lo que también aumenta el uso de alquileres turísticos a través de Airbnb, otra de las grandes motores de gentrificación de los barrios. Aunque la excusa para la residencia de un mes en Puerto Rico fuese impulsar la economía local de su isla y castigar a Estados Unidos sin conciertos en directo por la criminalización que los inmigrantes latinos están sufriendo allí actualmente, lo cierto es que no se puede negar el efecto final gentrificador que ha tenido y que la cultura portorriqueña se ha convertido en un producto mercantilizado no sólo a través de la música, sino de la estética, la moda, la gastronomía, incluso del mercado inmobiliario. De hecho, según el documental 'El efecto Bad Bunny', tras la residencia en Puerto Rico en el verano de 2025 la venta de "casitas" aumentó un 20%. En el plano material, sin frases sentimentales sobre el orgullo de ser de Puerto Rico que lo adornen, Bad Bunny está haciendo lo mismo que denuncia: explotar y comercializar su tierra natal.
Como también se analiza en el ensayo 'Yo siendo yo' de Hans Laguna, "los artistas dejaron de vender discos al público para poner sus marcas personales al servicio de grandes empresas". Las grandes marcas contratan a los artistas para apropiarse de sus atributos, para asociar sus productos a su prestigio cultural o a los valores que defienden. Es obligatoria considerar una genialidad que Zara se haya asociado con Bad Bunny para vestirle a él y a su elenco en la Super Bowl y en otros eventos de alcance global como la Met Gala, así como para diseñar una colección para la temporada primavera- verano con la firma de Benito Antonio cuyo lanzamiento mundial coincidió con el comienzo de la residencia de conciertos en España, a uno de los cuales acudió la propia Marta Ortega, a la que se pudo ver precisamente en la Casita junto a otras celebridades españolas. Es una gran operación de lavado de imagen y blanqueamiento en un momento en el que el movimiento de Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS) contra la ocupación de Palestina por parte de Israel ha señalado a Inditex como objetivo por haber abierto nuevas tiendas en territorios ocupados y durante el genocidio en Gaza. Si aceptamos que Bad Bunny y su música es un símbolo de la resistencia popular contra el colonialismo y la gentrificación, Zara por simbiosis también se impregna de ese simbolismo. Ahora la gente habla más de sus precios asequibles que de la desertificación y contaminación provocada por la "fast fashion", la destrucción del comercio local y las marcas artesanales, que la explotación infantil y las condiciones de esclavitud en los talleres insalubres del Sur Global. La voz de Bad Bunny es la del pueblo y la ropa de Zara es la del pueblo. No importa que Zara ha tenido que ser sancionada por incumplir sistemáticamente los derechos laborales de los trabajadores de varios de los países cuyo nombre pronunció orgulloso Bad Bunny en la Super Bowl, como Brasil o Argentina.
Conviene también detenerse en que la marca Zara no puede disociarse de la gentrificación comercial. Su asentamiento en el centro de todas las grandes ciudades, normalmente en alguno de sus edificios históricos, empuja al entorno del comercio local a subir precios de productos, cambiar de mercancías, establecerse en otro lugar o modificar contratos laborales, provocando el desplazamiento de comercios, consumidores, actividades, comunidades, relaciones sociales y relaciones salariales. Es una gentrificación específica que persigue que los espacios urbanos cuya rentabilidad es muy elevada la suban aún mucho más con la introducción de actividades comerciales ligadas a negocios globalizados. Además, Inditex encuentra en la especulación inmobiliaria un campo de beneficios importante, sin llegar a tanto como el derivado de la ropa que venden, de momento. Pero en muchos casos ya les ha compensado más la venta del edificio revalorizado que mantener la tienda abierta y los puestos de trabajo. Pueden cerrar las tiendas que quieran y despedir a cuantas dependientas les dé la gana porque el volumen de ventas online no deja de aumentar.
Mientras los ciudadanos de rentas altas disfrutan de las ventajas de ser vecinos de los locales de la empresa de mayor capitalización bursátil del Ibex -con cerca de 116.000 millones de euros-, otros padecen las consecuencias del crecimiento y modernización desigual, que infla los precios del alquiler y obliga a los vecinos de clase trabajadora a abandonar sus barrios y mudarse a la periferia. Zara tampoco se diferencia de modelos de negocio como el de Starbucks, que tan poco le gustan a Bad Bunny. Benito Antonio Martínez Ocasio no es un chaval de barrio con contradicciones, sino un señor millonario que actúa con toda la coherencia de quien persigue maximizar beneficios. Su "autenticidad" vehiculizada a través del amor a su tierra, de la defensa de la independencia de su pueblo, de la exaltación de su cultura, de la reivindicación de su origen de clase trabajadora… son su marca registrada y la mejor vía para aumentar su rentabilidad y la de otras grandes multinacionales que agravan cada día, cada hora, cada segundo, todas las desigualdades y discriminaciones contra las que Bad Bunny dice estar.
Ayúdanos a resistir
En Kamchatka rechazamos los discursos de odio que colisionan con los derechos intrínsecos a cualquier ser humano. No todas las ideas son válidas ni respetables cuando se utilizan como un arma arrojadiza contra la convivencia y la igualdad. Aquí solo encontrarás opiniones en consonancia con los principios básicos de una sociedad libre y democrática. Apoya el pensamiento crítico desde 5 euros.

Deja un comentario
Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.