Sin mucha expectativa ni propósito de presenciar algo brillante y novedoso, una vez más, en esta saga deleznable, lo que pretende ser una parodia de la ultraderecha casposa termina siempre por despertar simpatías y fascinaciones entre los propios fasci-nados.
El impecable elenco cuenta, indiscretamente, con personas que se pronuncian a favor de las ideas que el personaje promueve a través de un humor mediocre y predecible —no hay ni un solo chiste que no hayamos leído o escuchado al menos medio millón de veces antes—. Desde El Dandy de Barcelona, Vito Quiles o Bertín Osborne hasta el mismísimo protagonista, director, productor y guionista de la película, Santiago Segura.
Estaremos entonces de acuerdo en que una obra deja de corresponderse a la sátira en cuanto la conviertes en una cartera de cameos con ideologías afines a las que pretendes satirizar. Si no hay papel ni trabajo actoral, sólo estás dando relevancia y espacio cultural a sus discursos; pareciera más un documental delirante de bajo presupuesto que una comedia, con lo que ello implica. Es tan difusa la línea que separa al actor del personaje que podríamos considerarlo una autobiografía osada y ligeramente ficcionada creada a sabiendas de que nadie hablará de ti cuando te mueras.
Estaremos entonces de acuerdo en que una obra deja de corresponderse a la sátira en cuanto la conviertes en una cartera de cameos con ideologías afines a las que pretendes satirizar
Las coñas canallitas sobre mujeres gordas, personas trans y maricones que no podían faltar empiezan a verse como una suerte de nostalgia del pasado, donde maquillamos de gracejo lo que en realidad son ganas de poder soltar una carcajada sin sentirnos culpables, como hacíamos antes, ¡que para eso están las comedias, coño! Una suerte de vacío para que el gañán de turno no se sienta en tela de juicio cuando se reafirma en que una "tras" no es una mujer, pero que incluso así "le daba", mientras apalean y asesinan a personas de este colectivo en las calles con una habitualidad pasmosa. Todo por el humor.
Sin querer entrar a escudriñar cada aparición estelar (qué pereza), sí cabe destacar la del actor yanqui Kevin Spacey, invitado internacional de Santi para la ocasión, que carga a sus espaldas una colección de acusaciones de abuso sexual a menores que poco tienen que envidiarle a la suma de su filmografía completa. A fin de cuentas, perro no come perro.
El taquillazo de la España cañí, diría, tiene más que ver con la curiosidad que con poner el arte en valor, o al menos así me gusta pensarlo. Si se me permite la expresión: toda la culpa la tendría el FOMO. O que semos diferentes, que diría Sabina.
Para dejar al lector una sensación reconfortante: en la sala éramos un total de seis personas y al menos dos de ellas le echamos la jeta que le caracteriza al mismísimo José Luis Torrente: el arte de quedar debiendo que, por una vez, se sintió como si me debieran a mí.
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