En Marruecos, la juventud ha tomado las calles. No hubo aparatos detrás ni siglas que organizaran: la chispa fue concreta y dolorosa. En Agadir, ocho mujeres murieron en un hospital público durante el parto, víctimas de un sistema sanitario colapsado, símbolo de un Estado que promete modernidad mientras niega lo básico. El rumor se convirtió en noticia, la noticia en rabia y la rabia en protesta. Desde entonces, el país entero respira distinto.
Las manifestaciones no son aisladas ni espontáneas. Casablanca, Rabat, Marrakech, Agadir, Tánger y decenas de localidades invisibles para la prensa internacional se llenaron de jóvenes. Chicos y chicas que no obedecen a partidos ni sindicatos, que se organizan en TikTok, en Discord, en la rapidez de un mensaje cifrado. Han levantado un símbolo: #GenZ212. No es un hashtag, es una declaración de intenciones. Y lo que dicen no es ambiguo: queremos hospitales y escuelas que funcionen.
No es un hashtag, es una declaración de intenciones. Y lo que dicen no es ambiguo: queremos hospitales y escuelas que funcionen
La respuesta del Estado fue la de siempre: brutalidad. Más de un centenar de detenidos en Rabat, casi doscientos a nivel nacional, según datos recogidos incluso por medios oficiales. En Casablanca, 21 jóvenes arrestados por bloquear una vía urbana. La Asociación Marroquí de Derechos Humanos confirma que el patrón represivo se repite: detenciones masivas, retenciones prolongadas, trato humillante. Testimonios que se acumulan: jóvenes mantenidos de pie hasta 12 horas, sin agua ni comida. Y ahora, como si no bastara con la celda, se les exige una fianza para recuperar la libertad: entre 3.000 y 5.000 dirhams, entre 300 y 500 euros, lo que equivale a un salario mensual o incluso más para muchas familias obreras y rurales. El mensaje es nítido: protestar no solo te encierra, también empobrece a tu familia.
La imagen más dura de estos días recorrió el país entero: un padre detenido con su hija en un portabebés pegada al pecho, empujado a una furgoneta policial con la misma. Esa imagen no es un exceso, no es un error: es la traducción visual de un sistema que concibe a su pueblo como amenaza.
Pero conviene detenerse en lo obvio: lo que pide esta juventud no es lujo ni concesión extraordinaria. Pide lo que cualquier contrato social debería garantizar. Pide que los niños de zonas rurales no tengan que caminar kilómetros hasta escuelas en ruinas. Que las familias no sean obligadas a abandonar sus pueblos para que, años después, esos mismos pueblos sean reconvertidos en resorts de lujo. Pide que la educación pública se traduzca en empleo real, que el salario mínimo permita emanciparse, que los precios reflejen la vida de los marroquíes y no la de los turistas europeos.
A dos años del terremoto de 2023, miles de familias siguen viviendo en tiendas de campaña, enfrentándose a inviernos en condiciones inhumanas. Las promesas de reconstrucción fueron humo. Mientras tanto, Marruecos se prepara para el Mundial de 2030, levantando estadios y autopistas a la velocidad que se niega a hospitales y escuelas. En 2024, el país registraba solo 7,7 médicos por cada 10.000 habitantes, cuando la OMS recomienda al menos 25. El colapso sanitario no es accidente: es consecuencia directa de prioridades políticas.
En 2024, el país registraba solo 7,7 médicos por cada 10.000 habitantes, cuando la OMS recomienda al menos 25. El colapso sanitario no es accidente: es consecuencia directa de prioridades políticas
Y el telón de fondo económico es igual de asfixiante. Marruecos forma a su juventud, pero la condena a la emigración o al paro. El desempleo juvenil supera el 36%, el más alto del norte de África. Entre los graduados universitarios alcanza el 19,6%. Se pide paciencia mientras se construyen rascacielos en Casablanca, mientras la riqueza se concentra en escaparates de modernidad. Paciencia mientras las aldeas se hunden. Paciencia mientras la juventud se siente sobrante en su propio país. Pero la paciencia se ha terminado.
Lo que nace cuando se cruza la frontera de la humillación no es miedo, es rabia. Y esa rabia no se apaga en las celdas ni en los juzgados. Cada joven golpeado, cada voz silenciada, cada familia arruinada por pagar una fianza se convierte en una chispa. Cada arresto multiplica voces. Cada vídeo de abuso circula más rápido que cualquier comunicado oficial. Cada noche en vela de un estudiante detenido funda una certeza colectiva: no vamos a tolerar el maltrato nunca más.
La Generación Z marroquí, que representa el 41% de la población, no pide un lugar marginal en el sistema. Reclama el país entero. Reclama un contrato social nuevo. Reclama que el dinero público no se gaste en fachadas sino en dignidad. Y lo hace en un idioma que el poder ya no controla: hashtags, pancartas improvisadas, canciones, directos de TikTok. La política oficial tiene discursos; ellos tienen una gramática de la dignidad.
Como enseñó Fatema Mernissi, vivir con dignidad es traspasar fronteras -hudūd- que nos dicen "así son las cosas". Esta generación ha cruzado esas fronteras. Ha aprendido a nombrar lo que duele: la muerte de mujeres pariendo en hospitales colapsados, la destrucción de aldeas nunca reconstruidas, la expulsión hacia la emigración como única salida, el robo de futuro convertido en norma.
El poder cree que la represión puede tapar el grito, pero desconoce cómo funciona la memoria política. No hay Mundial ni cumbre internacional que pueda borrar lo que una generación ha grabado en su piel. El presente está marcado por la represión, sí, pero también por una certeza que crece: la dignidad no es negociable.
Lo que está en juego ya no es solo el presente, sino el futuro. Marruecos no podrá sostenerse eternamente sobre decorados y cárceles. Si el Estado quiere futuro, tendrá que escuchar a sus jóvenes, tendrá que invertir donde duele, tendrá que rendir cuentas. Porque un país que abandona a quienes lo sostendrán mañana no tiene mañana posible.
Y repito, para que se escuche en Rabat y en Casablanca, en Marrakech y en Agadir, en cada despacho donde aún se piensa que las cosas pueden seguir igual: no vamos a tolerar el maltrato nunca más.
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