"Ella cree en Dios como tú crees en el cambio climático". Esta cita casi humorística de 'Los Domingos', la nueva película de la directora vasca Alauda Ruiz de Azúa, flamante ganadora de la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián y que está logrando un milagro de público en las salas de cine; es el reflejo perfecto de los tiempos en que vivimos. Los fenómenos físicos de probada evidencia científica se equiparan en todas partes a actos de fe. Los terraplanistas y negacionistas del calentamiento global del planeta debaten en horarios de máxima audiencia en todas las televisiones contra investigadores y autoridades en distintas ciencias y se elevan las opiniones y las creencias individuales a la categoría de hechos universales, capaces de refutar hasta la más antigua ley física, como la de la gravedad. Todo es rebatible, hasta los derechos humanos. Detrás de este auge acientífico y del afán por derribar consensos democráticos como la lucha contra todo tipo de discriminación por razón de sexo, procedencia… no está otra cosa que la vuelta del fascismo y las tendencias autoritarias en todos los ámbitos. Aunque sus defensores ahora se hagan llamar “librepensadores” o “políticamente incorrectos”, sus valores son los de la disciplina férrea y la jerarquización social inamovible. Cada vez son más las personas conspiranoicas que dudan de absolutamente todo: de la eficacia de las vacunas, de las denuncias por violencia de género, de que se esté perpetrando un genocidio contra el pueblo gazatí… por considerar que no tienen pruebas suficientes y que las evidencias que se aportan son "fake news" elaboradas en masa por "bots"; mientras que a la vez son capaces de creer en la existencia de Dios sin ningún tipo de vacilación. Gente que cree a pies juntillas que el colectivo LGTBI es infrahumano, que existen razas y pueblos elegidos por un ente superior para dominar al resto, que la misión de las mujeres en la tierra es obedecer a los hombres y darles descendencia y sin embargo tacha de intolerante y sectaria a quien se atreve a decir que en 2025 no deberían existir privilegios para las organizaciones de ninguna confesión religiosa y que todo servicio público y estructura de poder estatal debería ser completamente laica y sin inferencias de doctrinas de fe que afecten a las libertades individuales y los derechos civiles. En este contexto, 'Los Domingos' se convierte en la metáfora perfecta de lo fácil que puede ser caer en brazos de cualquier tipo de fanatismo, no sólo el religioso, cuando se pierde el sentido de comunidad, cuando no se cuenta con el apoyo de una red de afectos sólida que permita desarrollar tanto la autoestima como la empatía, cuando los vínculos recíprocos se diluyen en el individualismo y la persecución del éxito propio o de lo que a cada uno “le hace feliz” por encima de la idea de bien común, cuando se percibe el cuidado del otro como una carga, cuando la atención y la escucha se sustituyen por aceleración y evasión, cuando la relación con el entorno se establece por la necesidad de amoldarse a él y desde el miedo a ser juzgado y se aprende a juzgar a los demás con la misma dureza y sin matices.
En este contexto, 'Los Domingos' se convierte en la metáfora perfecta de lo fácil que puede ser caer en brazos de cualquier tipo de fanatismo, no sólo el religioso, cuando se pierde el sentido de comunidad, cuando no se cuenta con el apoyo de una red de afectos sólida que permita desarrollar tanto la autoestima como la empatía
Aunque la película no tema entrar de lleno a abrir el melón hasta ahora cerrado como una ostra del tan normalizado concierto educativo con la Iglesia católica, nos muestra con una mirada tolerante y ávida de comprender el impacto que la educación religiosa tiene en la juventud y en su forma de ver el mundo y sobre todo de verse a sí mismos. Explora conceptos como la culpa, la necesidad de pertenencia al grupo, la dicotomía entre el despertar sexual y su represión, la idea de presentar como pecados o debilidades lo que son procesos humanos naturales. Si algo consigue 'Los Domingos' es predicar con el ejemplo y apostar por la observación exhaustiva de la realidad y el empirismo como método de conocimiento y razonamiento, sin partir de dogmas ni prejuicios. Simplemente sentándose en todas las mesas mirando de frente al que piensa diferente e intentando ponerse en su lugar logra desmontar el discurso de quien se cree en posesión de la verdad absoluta y con derecho a autoproclamarse representante de Dios en la tierra.

DESACRALIZAR LA FAMILIA
Si algo define el cine de Alauda Ruiz de Azúa es su vocación por analizar las dinámicas de las relaciones familiares y poner luz y taquígrafos sobre todas sus tensiones. Si en 'Cinco Lobitos' fueron la maternidad y las cadenas femeninas de cuidados y en 'Querer' fue la violencia machista y sexual dentro del matrimonio y la transmisión del trauma que ello conlleva a la descendencia, en 'Los Domingos' se centra en cuestionar a la familia tradicional como institución atemporal y universal más adecuada para el funcionamiento de la sociedad y se atreve a plantear su obsolescencia como proveedora inagotable de sostén, compresión, amor e incluso identidad.
'Los Domingos' nos descubre que la omnipotencia y omnipresencia de la familia nuclear es un mito de proporciones bíblicas, quizá más grande y poderoso que el que supuso la existencia de un Dios. La familia no existe, son las madres o las abuelas sacrificándose por todos los demás. Como la abuela de esta familia, que pone su casa como aval para que su hijo pueda abrir un restaurante o que se pasa cocinando tres horas y media cada domingo para que sus hijos y nietos acepten juntarse una vez a la semana a cambio de comer a mesa puesta. Esa comida es un rito como el de la misa dominical, una escenificación de los lazos familiares, pero no se traduce en verdadera comunidad y convivencia. Esta película que parece centrarse en la vocación religiosa de una joven que quiere ingresar como monja en un convento es en realidad un retrato de esa artificialidad de la familia tradicional. Nos descubre que la familia es como la Iglesia católica, la mayoría de sus miembros son no practicantes. Acuden a los ritos pero se escaquean de sus deberes de criar y educar a la infancia, de cuidar a los enfermos y ancianos, de estar ahí cuando les necesitan, de hacer su parte: Igual que los feligreses de cualquier parroquia, que acuden religiosamente a misa y cantan fervorosamente mientras se pasan los preceptos morales por el arco del triunfo. Se toman tan en serio los preceptos del catolicismo como el Estado Español se toma los principios rectores de la Constitución. Les han enseñado que Dios y mamá siempre perdonan, su amor es incondicional, pueden ser egoístas e irresponsables mientras se confiesen para la Eucaristía y visiten regularmente el hogar familiar.
La familia es como la Iglesia católica, la mayoría de sus miembros son no practicantes. Acuden a los ritos pero se escaquean de sus deberes de criar y educar a la infancia, de cuidar a los enfermos y ancianos, de estar ahí cuando les necesitan, de hacer su parte: Igual que los feligreses de cualquier parroquia, que acuden religiosamente a misa y cantan fervorosamente mientras se pasan los preceptos morales por el arco del triunfo
El padre que se dedica a hacer dejación de funciones desde que se ha quedado viudo es un clásico tropos narrativo de la literatura y el cine y en esta historia encaja a la perfección. No se hace cargo del duelo de sus hijas, no intenta reparar de otro modo la ausencia de la madre muerta que no sea la delegación en otras mujeres de la familia o la sustitución por otra esposa. No se ocupa de la parte emocional, ni de la educación sexual… hasta el punto de que hay tantos temas tabú que toda conversación real entre padre e hija deja de existir. Le preocupa más que su hija de 17 años se bese con un chico o la posibilidad de que tenga sexo con él que el hecho de que se entierre en vida en una orden de clausura. Allí de nuevo sería problema de otras mujeres. Si de algo trata esta película es de un padre tan ausente como Dios y de los intentos de las mujeres a su alrededor con los pies en la tierra intentando arreglar sus desaguisados y su falta de responsabilidad escudada en el supuesto libre albedrío de su hija. Para no tener que intervenir, pues le costaría tiempo, esfuerzo y dinero (las cosas que necesitaría su hija, como alternativa, véase matriculares en una carrera universitaria o iniciar una terapia para procesar la temprana pérdida de su madre no son precisamente baratas); se excusa bajo el manido argumento "si es lo que a ella le hace feliz…" sin detenerse un segundo a reflexionar qué es lo que realmente necesita, porque en el fondo sabe que es a él a quien principalmente necesita. Su preocupación activa, su respuesta, su acompañamient
'Los Domingos' desvela los desequilibrios propios de las jerarquías familiares: quién más recibe es quien menos da y quien más da es quien menos recibe. El apoyo mutuo brilla por su ausencia y las promesas y compromisos adquiridos acaban en papel mojado. Igual que los Diez Mandamientos. ¿Por qué seguir con la inercia de las comidas familiares si son puro teatro del absurdo? 'Los Domingos' nos hace este tipo de preguntas incómodas y nos plantea la posibilidad de romper con la familia, de bajarla del altar de lo sagrado y buscar otras alternativas comunitarias y afectivas.

LA CERTEZA DE LO INCIERTO
"En el convento estoy feliz todo el rato" le dice Ainara, la chica protagonista, a su tía Maite, interpretada por una arrolladora Patricia López Arnáiz; cuando le confiesa que se está planteando no estudiar una carrera universitaria e ingresar directamente en un convento de clausura cuando se gradúe de Bachillerato. Ella le responde: "pero es que la vida también es eso. No se puede estar feliz todo el rato". En esta respuesta está un elemento esencial que también define la sociedad actual. Vivimos tiempos de culto extremo a la realización personal, a buscar la total plenitud y utilidad en todo lo que hacemos, principalmente producir y consumir, y cuando no obtenemos una recompensa inmediata a nuestras expectativas o dejamos de estar hiperocupados "persiguiendo nuestros sueños" o "siendo la mejor versión posible de nosotros mismos" llega la sensación de vacío existencial. Una sensación que a las generaciones que han nacido en la era de la multitarea digital no les hemos preparado para manejar. El hastío se hace insoportable, acecha la sensación de soledad y depresión en cada esquina cuando los estímulos constantes de las redes sociales, los videojuegos, las plataformas de streaming o las tiendas online se apagan y no se han cultivado las amistades y aficiones presenciales, no se ha practicado el silencio y el aburrimiento necesario para que surjan el pensamiento crítico y las ideas creativas, no se ha adquirido ningún compromiso social o vecinal para ayudar a mejorar el entorno en el que se vive.
Vivimos tiempos de culto extremo a la realización personal, a buscar la total plenitud y utilidad en todo lo que hacemos, principalmente producir y consumir, y cuando no obtenemos una recompensa inmediata a nuestras expectativas o dejamos de estar hiperocupados "persiguiendo nuestros sueños" o "siendo la mejor versión posible de nosotros mismos" llega la sensación de vacío existencial
Por esa grieta de falta de sentido y propósitos claros se cuelan las adicciones, las compulsiones, las relaciones tóxicas de pareja o las parasociales como la idolatría e identificación extrema con artistas famosos e influencers, o las ideologías reaccionarias. La falta de certezas nos lleva a agarrarnos a un clavo ardiendo, el que cada cual por sus circunstancias tenga más a mano. En el caso de Ainara fue la devoción religiosa de su madre muerta prematuramente la que devolvió el sentido a su vida y le aportó una narrativa coherente a la arbitrariedad de los hechos, la que consoló su pánico al abandono y compensó la falta de comprensión y presencia de su padre. En Dios encontró al padre ausente, y en la madre Isabel, la monja priora del convento al que pretende incorporarse Ainara (otra interpretación impecable a la par que implacable de Nagore Aramburu), se manifestó la resurrección de su propia madre. Ante el colapso y el distanciamiento de su familia, allí creyó encontrar el orden que le faltaba; el camino recto, sin curvas tras las que perderse o equivocarse.
La ilusión de ser llamada por Dios la hace sentirse especial y elegida, a diferencia de la sensación de estorbo y problema constante que le transmite su padre. En casa su padre la mira con exasperación y prisa cuando le habla, en el colegio el padre Chema se sienta a escucharla con paciencia e interés, igual que la madre Isabel en el convento. Ellos nunca le gritan ni la mandan callar. Le sonríen y le preguntan por sus opiniones, por sus sentimientos, por su intimidad. Ellos han cruzado una línea, la misma que debería separar Iglesia y Estado, y se aprovechan de esa necesidad desesperada de afecto y atención. Le dicen que sólo debe escuchar a Dios y a su corazón, pero no paran de darle indicaciones sobre qué es lo correcto y qué es pecado, la hacen sentir tan importante como culpable todo el rato, generando una relación de dependencia emocional. 'Los Domingos' no deja de ser también un finísimo retrato de la alienación que lleva al fanatismo religioso, aunque lo haga desde el máximo respeto a las creencias de cada persona, nos recuerda que no todo método es respetable, como que adultos se reúnan regularmente con menores sin conocimiento ni consentimiento de sus tutores legales fuera de horario lectivo para tratar asuntos tan sensibles e íntimos como la sexualidad.

FANATISMO DE ROSTRO AMABLE
Por mucho que se haya huido de clichés que demonizan al clero, lo que nos demuestra 'Los Domingos' es que ni el rostro más amable de curas y monjas es capaz de suavizar la sinrazón de la doctrina religiosa, del sometimiento al voto de obediencia y a una jerarquía férrea y en los márgenes de la legalidad. Lo que pasa tanto en el colegio concertado como en el convento es opaco, nadie es responsable porque allí dentro se hace "la voluntad de Dios". Las órdenes religiosas son una forma de tiranía basada en el fanatismo sin mecanismos jurídicos ni sociales para protegerse de los abusos de poder. Lo que pasa dentro del convento se queda dentro del convento. Solo lo sabe Dios. La película refleja muy bien esa vocación de las monjas de "lavarse las manos" como Pilatos a través de la pasivo-agresividad de la madre Isabel y esa exigencia injustificada de sacrificio constante y austeridad extrema que roza lo carcelario, considerando un lujo hasta la higiene básica.
El contrapunto a la aquiescencia y autocontrol religioso es "el genio" de la Tía Maite. Ella dice siempre lo que realmente piensa sin hipocresía y no evita hacerse responsable de sus actos y decisiones. No es perfecta, también se equivoca, pero no se oculta bajo una autoridad superior, no es cobarde. Acepta la incertidumbre y el sufrimiento del mundo pero también busca el gozo y la alegría. Ella sí lucha con sus propias manos por aquello en lo que cree, en lugar de someterse a la voluntad ajena. Cree en un futuro libre para su sobrina. Sí, será siempre frágil e incierto en un sistema que ya no garantiza a los jóvenes recursos y protección social para materializar sus proyectos de vida, pero ella se esfuerza por darle las herramientas para aprender a discernir por sí misma y no bajo la tutela de jefes espirituales. Quiere que estudie, que viaje, que experimente, que ame, que viva… y que luego tome sus propias decisiones. Que pierda el miedo paralizante a relacionarse entre iguales con otros seres humanos sin mediar jerarquía ni devoción por la posibilidad de perder de repente a alguien querido. Claro, Dios nunca se va y es omnipresente, pero porque nunca ha estado presente de verdad.
El contrapunto a la aquiescencia y autocontrol religioso es "el genio" de la Tía Maite. Ella dice siempre lo que realmente piensa sin hipocresía y no evita hacerse responsable de sus actos y decisiones. No es perfecta, también se equivoca, pero no se oculta bajo una autoridad superior, no es cobarde
La Tía Maite se atreve a ser visceral, asume su humanidad. Ainara tiene miedo de ser humana, de depender de los demás seres humanos porque también son falibles, por eso contiene todas sus emociones y busca la salvación divina. Sin embargo, esa aspiración a la gracia de Dios ha salido de sus flaquezas humanas. No hay nada más humano que inventarse paraísos prometidos para soportar el infierno de vivir sin saber cuándo y cómo llegará el final, para asegurar una recompensa a todo el sufrimiento y el desasosiego existencial. La religión es siempre fruto de nuestros miedos e inseguridades. De nuestros traumas. No fue Dios quien creó al hombre, sino al revés. 'Los Domingos' es un profundo estudio de lo que nos hace humanos. Imaginar abstracciones es pura esencia humana, pero quizá sea hora de dejar de inventar dioses que nos salven de este mundo cruel y de empezar a imaginar y a construir un mundo amable basado en formas no opresivas ni represivas de comunidad y convivencia entre humanos que no necesiten escudarse en Dios. No en vano es la mirada desafiante de la Tía Maite al futuro incierto la que vemos al final de la película. Su única certeza es que prefiere morir de pie que vivir arrodillada.
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