Un lugar para resistir

  • Suscríbete

Secciones

  • El MentideroOpiniones desde la disonancia
  • HistoricidiosUna memoria para el relato silenciado
  • ÁgoraPolítica y economía
  • KawsayCrisis ecológica y justicia climática
  • Los nadiesHistorias desde los márgenes
  • PópuloMovimientos sociales para cambiar el mundo
  • Primeros planosEntrevistas en profundidad
  • ArtesCultura para la transformación social

Sobre nosotros

  • Quiénes somosY qué hacemos, y cómo lo hacemos
  • Publicar en KamchatkaEnvíanos tus propuestas
  • PublicidadCrece con Kamchatka

Contacto

hola@kamchatka.es

En Kamchatka mantenemos todos los artículos en abierto porque creemos que la información es un derecho universal, pero necesitamos tu apoyo para seguir creciendo. Si puedes, suscríbete desde 5 euros

  • Los nadies
01.02.26

Las zapatillas sucias

  • Bruno Thevenin
  • Noor Ammar Lamarty

Cuando le detectaron el cáncer tenía tres años. No le dio tiempo a jugar sin estar enfermo antes de que empezara el genocidio. Abdolah murió sin poder recordar un cuerpo sin dolor ni una vida sin miedo. La enfermedad y el genocidio llegaron a la vez y crecieron juntos. Mientras su cuerpo se llenaba de células enfermas, Gaza se llenaba de drones, de escombros, de muertos. No hubo un antes.

Su madre me mira con ternura mientras nos presentan y yo me pregunto: ¿qué significa evacuar del infierno a un niño cuando el mundo en el que nace ha sido diseñado para destruirlo? El cáncer fue lo que le permitió salir de Gaza. No la infancia. No la vida. No el derecho. No el supuesto propósito humanitario global de proteger a la infancia. La enfermedad. El cuerpo enfermo fue considerado evacuable.

Su madre me dijo con serenidad que su hijo, por fin, había descansado. No hablaba de consuelo religioso. Hablaba del final del dolor. Hablaba del final del proceso que atraviesan miles de mujeres ante la imposibilidad de salvar a sus hijos del mundo, de la violencia, de las bombas o de una enfermedad.
¿Cuántos padres llegan a pensar que la muerte puede ser una forma de alivio? La miro y nos reímos mientras su hijo pequeño hace travesuras. Me digo que el amor de las madres tiene esa capacidad dimensional: la de soltar el cuerpo de un hijo y, aun así, sostener el amor. Nos cogemos de la mano.

Abdolah fue diagnosticado de cáncer después de que un misil destrozara el edificio en el que vivía con su familia. Durante semanas pensaron que su malestar era consecuencia del bombardeo. Pero pronto vieron que no. Un médico, al que llegaron esquivando los ataques del ejército israelí, les confirmó que tenía leucemia.

Abdolah fue diagnosticado de cáncer después de que un misil destrozara el edificio en el que vivía con su familia. Durante semanas pensaron que su malestar era consecuencia del bombardeo

Tenía tres años y medio y no tuvo memoria de sí mismo como niño sano en Gaza, porque esa Gaza ya no existía cuando empezó a escribir su nombre. Su conciencia se formó entre hospitales, bombardeos y desplazamientos. Hospitales que ya no existen. Los hospitales destruidos son otra estrategia genocida.
La infancia de Abdolah quedó suspendida entre dos violencias que no se excluyen: la del cuerpo que falla y la de los misiles que acechan.

Durante el tratamiento intentaron que visitara algunos lugares de la capital española, me cuenta su padre. Un padre que, durante el genocidio, trabajaba recogiendo madera para hacer pequeños fuegos con los que calentar la comida: "Queríamos que supiera, antes de morir, que en el mundo hay más vivos que muertos. Su lugar favorito fue la Puerta del Sol", me dice, enseñándome una foto del pequeño en un cochecito, sonriendo, con el árbol de Navidad detrás. "Le encantaba el árbol de Sol. Quería volver cada semana". Mientras escribo esto pienso que quizá repetir la escena era una forma de insistir en la vida.

Foto: Bruno Thevenin

Trabajar con la infancia te explica mucho más de los niños de lo que imaginas. Noor, una amiga que también es palestina, y yo bromeamos con el hermano pequeño de Abdolah, que está inquieto, y su padre siente la necesidad de explicarnos por qué no para de moverse: "Tiene un carácter ansioso después de todo lo que han vivido. Crecieron peleándose por la comida. Necesita tiempo".

Pero Wissem se comporta como lo que es: un niño. Como todos los niños de ocho años. Tiene pequeñas cicatrices en la cara y habla alto, atropelladamente, porque es un niño. Y su padre, en realidad, nos quiere decir otra cosa: que sus hijos son buenos chicos, que es la vida la que ha sido difícil para ellos. Nos quiere decir eso porque ser palestino implica aprender a explicarse. A justificar la existencia antes de que sea juzgada. El apartheid, como sistema, acaba convirtiéndose en una manera de mirarse a uno mismo.

El otro hermano de Abdolah se llama Youssef. Es el mayor, tiene diez años, y es el más tímido. Nos llevamos a los niños al interior de un supermercado a comprar zumos. Wissem quiere pagar en metálico para que le devuelvan el cambio, pero Noor le dice que ese día puede aprender a hacerlo con el teléfono.

Ser palestino implica aprender a explicarse. A justificar la existencia antes de que sea juzgada. El apartheid, como sistema, acaba convirtiéndose en una manera de mirarse a uno mismo

Mientras tanto, Youssef me dice en árabe que está aprendiendo un "poquito" de español. Le hago una broma sobre su pronunciación perfecta de poquito. Casi a continuación, bajando la voz, confiesa: "No quería entrar al supermercado porque mis zapatillas están muy sucias". Tardo unos segundos en entender lo que realmente me está diciendo. Mi primera respuesta es literal, ingenua: le digo que no pasa nada, que puede entrar igual, que tiene derecho a estar en los espacios públicos aunque lleve las zapatillas sucias.

Pero Youssef no habla desde la ingenuidad. Habla desde la sabiduría precoz de un niño de diez años que ha visto los horrores de la ocupación. Habla desde alguien que sabe —aunque nadie se lo haya explicado— que el apartheid también consiste en esto: en aprender que hay cuerpos que deben disculparse antes de ocupar un lugar. Ahí se ve el daño completo. No solo en los cuerpos que enferman o mueren, sino en la vergüenza que se filtra en los gestos más pequeños. Un genocidio no solo mata: también enseña a los niños a dudar de su derecho a estar, a cruzar una puerta, a no sentirse fuera de sitio. Pienso en en qué nos convierte a los demás la masacre que ha padecido este pueblo mientras le acaricio el pelo.

Youssef tiene derecho a quemar el mundo, pero tiene miedo de pisar un supermercado con las zapatillas manchadas por el barro de este Madrid lluvioso. Youssef ha perdido familia, su casa, y su tierra se subasta en Davos.

Durante unos segundos pienso en decirle que lo sucio no son sus zapatillas, sino el mundo que ha permitido su dolor. No lo hago. No lo hago porque Youssef tiene diez años y porque lo último que necesita un superviviente de un genocidio es mi lectura moralizante de su infierno. Le digo, simplemente, que no pasa nada, que se pueden meter en la lavadora, que pruebe con un cepillo, que seguro que salen limpias. Youssef me mira y dice que lo intentará. Sonríe, agradecido. Coloco mi mano en su hombro. Quizá piense que no puedo entender del todo lo que ha vivido. Quizá esa distancia también le proteja: del mundo, de la ira.

Mi pobre regalo a este niño que acaba de aterrizar lejos del infierno es recordarle su derecho a ser un niño. Recordarle que la ropa se puede lavar, que se puede volver a empezar, que no todo lo que se ensucia es malo.

Las zapatillas sucias hablan de niños vivos. Las zapatillas deben ensuciarse para que los niños corran, por pura inercia infantil o persiguiendo un balón. No para huir de la muerte ni de un misil.

Lo único sucio, Youssef, es la impunidad con la que se arrancan vidas de niños como tú.

Ayúdanos a resistir

Millones de personas en todo el mundo están condenadas a sobrevivir en los márgenes del relato, silenciadas por los grandes medios de comunicación. En Kamchatka queremos ser altavoz de aquellos que han sido hurtados de la voz y la palabra. Suscríbete desde 5 euros y ayúdanos a contar sus historias.

Deja un comentario Cancelar la respuesta

Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.

Articulos relacionados

Ricard Jiménez
Los nadies
01.09.22

Vacaciones en paz: orígenes y regreso tras la pandemia

  • Ricard Jiménez
Thibault Lefébure
Los nadies
13.07.22

Adictas a las drogas: la enésima encrucijada de las mujeres en Afganistán

  • Núria Vilà
  • Thibault Lefébure
Los hijos de las nubes
Los nadies
22.11.20

Los hijos de las nubes

    Ayúdanos a resistir

    Suscríbete
    Suscríbete a Kamchatka.es

    Suscríbete a
    nuestra newsletter

    Un lugar para resistir

    • Sobre nosotros
    • Ayúdanos a resistir
    • Publicar en Kamchatka
    • Publicidad
    • Aviso legal
    • Política de cookies
    • Política de privacidad

    Kamchatka © 2021 | Web by Boira.Studio