Lo que comenzó hace más de una década como una crisis de vivienda se ha convertido en una realidad cotidiana y en una herida colectiva.
Escribimos desde Barcelona y Palermo, dos capitales mediterráneas que funcionan como termómetro de lo que vive gran parte del sur de Europa: destinos turísticos donde los habitantes ya no reconocen sus calles. Ciudades donde la industria turística devora la vida diaria, pero también despierta resistencias y nuevos intentos de recuperar los espacio urbanos y sociales.
Nuestra lengua, nuestra cultura, nuestra historia y nuestra comunidad están siendo desplazadas por un modelo económico que trata la ciudad y a sus ciudadanos como una mercancía.
RAVALEAR
En Barcelona, barrios como Gràcia, la turistificación avanza a un ritmo más rápido de lo que el barrio puede absorber. Los comercios tradicionales cierran y son sustituidos por negocios orientados al consumo rápido y al visitante extranjero. En apenas dos años, en un radio de 50 metros, han abierto cinco heladerías y varias cafeterías de franquicia, mientras que librerías y carnicerías han desaparecido. El resultado es una sensación creciente de expulsión simbólica: espacios donde los vecinos ya no se sienten bienvenidos.

En Barcelona, barrios como Gràcia, la turistificación avanza a un ritmo más rápido de lo que el barrio puede absorber. Los comercios tradicionales cierran y son sustituidos por negocios orientados al consumo rápido y al visitante extranjero
Un ejemplo es el del histórico restaurante Can Lluis, en el barrio del Raval. Un restaurante con más de 90 años de vida. Allí trabajó toda una familia desde la Guerra Civil, convirtiéndose en un lugar donde coincidían taxistas, políticos, artistas y periodistas. Era un espacio de debate, sobremesa y vida comunitaria. Sin embargo, un fondo de inversión compró el edificio y cerró el local. "Lo que se vendió no fue solo el restaurante, sino nuestra historia, nuestra identidad", recuerda Pol, el hijo del antiguo responsable.
Una década después, Pol ha transformado esa memoria en una serie documental titulada 'Ravalear', producida por HBO. Para él, la plataforma ha apostado por un proyecto político porque "el problema de la vivienda se ha hecho tan grande que ya es imposible ignorarlo. Millones de personas están hartas, y contar estas historias conecta con un público masivo".
El concepto de Ravalear se convierte así en una metáfora: barrios enteros ahogados por la especulación, donde la cultura de la sobremesa mediterránea -tiempo, conversación y encuentro- ha sido sustituida por la lógica del beneficio económico inmediato.
SICILIA
El turismo en Sicilia ha experimentado un fuerte auge en los últimos años. Un ejemplo es la serie de HBO 'White Lotus', rodada en Taormina (Catania), que atrajo 4,8 millones de espectadores y duplicó las búsquedas de "Sicilia" en Google en EE. UU. a finales de 2022. El fenómeno provocó un incremento inmediato de visitantes, consolidando la isla como el destino de moda del verano.

En el interior de Palermo, Borgo Parrini , un pequeño pueblo agrícola ilustra cómo la identidad local se transforma en espectáculo turístico. Casas decoradas con murales de inspiración gaudiniana y colores mediterráneos atraen visitantes en busca de una Sicilia de postal. En sus calles se exhiben, símbolos como las cabezas moriscas, los carros sicilianos o las marionetas se muestran como mercancía, en un proceso de folclorización que convierte la herencia cultural en producto de consumo.
A pocos metros, la cooperativa social NOE (No Marginación), que trabaja en tierras confiscadas a la mafia desde 1998, impulsa proyectos de agricultura experimental y actividades educativas. Pero el ayuntamiento de Partinico (Palermo) quiere expropiar sus terrenos para construir aparcamientos destinados a autocares turísticos. Pese a la movilización vecinal, en abril de 2024 se ordenó oficialmente la revocación de las tierras gestionadas por NOE.

Mientras Palermo se promociona como destino internacional -en 2022 National Geographic la incluyó entre las mejores ciudades del mundo para teletrabajar-, la población local en el centro de la ciudad se reduce. Según ISTAT, desde 2011 la ciudad ha perdido más de 50.000 habitantes. Los alquileres medios rondan los 595 € por un piso de una o dos habitaciones, cuando los ingresos medios de una persona sola apenas superan los 440 €.
El crecimiento de plataformas como Airbnb agrava la situación: en 2019 ya existían más de 6.000 anuncios activos en Palermo. Como explica el investigador Federico Prestileo (APRO), "ya no se trata solo de gentrificación, sino de un modelo en el que inversores internacionales introducen poblaciones temporales. La ciudad se convierte en un espacio de rotación constante".
Ya no se trata solo de gentrificación, sino de un modelo en el que inversores internacionales introducen poblaciones temporales. La ciudad se convierte en un espacio de rotación constante
El efecto es visible en el centro histórico. Calles como Via Maqueda se han convertido en un corredor peatonal saturado de restaurantes, scooters y tiendas de souvenirs, donde el espacio público queda reducido al consumo. Los mercados tradicionales -Ballarò, Capo, Vucciria-, antes ejes de la vida local, ahora se orientan al turismo: precios más altos, menor calidad y un folclore teatralizado para atraer visitantes.

Frente a este modelo, espacios comunitarios como el exconvento de San Basilio resisten. Ocupado en 2011, funciona como centro social con actividades educativas, sanitarias y deportivas. Pero su futuro está en riesgo: el Ayuntamiento de Palermo planea reconvertirlo en una "Casa de las Culturas" vinculada a un plan de 90 millones de euros de fondos europeos, diseñado sin participación ciudadana. Para los colectivos locales, se trata de otro ejemplo de cómo el turismo desplaza a los residentes en favor de intereses externos.
¿SE PUEDE VIVIR DEL TURISMO?
Según el Instituto de Estadística de Cataluña (Idescat) y Input-Output Barcelona, el turismo representa un 11 % del PIB productivo catalán, y un 13,8 % del empleo en España (Ministerio de Trabajo). Sin embargo, sus impactos urbanos son mucho mayores.

Como explica Jaime Palomera, portavoz del Sindicat de Llogateres: "¿Vale la pena tener 30 millones de turistas al año si quienes los atienden no pueden vivir en la ciudad? El turismo genera riqueza, pero está concentrada en pocas manos: cadenas hoteleras, fondos de inversión y grandes propietarios".
El resultado es una presión creciente sobre la vivienda. Entre 2019 y 2024, los alquileres en Barcelona subieron un 39%, frente a un aumento salarial del 13%. En 2019, el gasto medio en alquiler equivalía al 38% del salario; hoy supera el 50%.
No es casual que las calles estén llenas de grafitis que repiten: "El turismo mata la ciudad".

LA CRISIS DE LA VIVIENDA EN BARCELONA
La crisis de vivienda en Barcelona atraviesa a toda la sociedad. Afecta tanto a familias trabajadoras como a jóvenes, migrantes, creadores culturales …Nadie queda al margen. Un ejemplo es Okdhuu, chef y concursante de la última edición de MasterChef España.

El edificio donde vivía, en la calle Sant Agustí, en el barrio de Gràcia, fue adquirido por el fondo New Amsterdam, que lo transformó en pisos de alquiler de temporada y habitaciones para nómadas digitales. Aunque logró prorrogar su contrato, hoy sigue en lucha para conseguir mantener su alquiler. Comparte inmueble con cuartos de entre 6 y 15 m² alquilados a 700–900€ al mes, con baño compartido. El salario mínimo en España es de 1.200€, lo que convierte estos precios en inaccesibles para la mayoría de los vecinos. Según sus cálculos, el 60 % de los inquilinos son nómadas digitales estadounidenses.
Con el apoyo del Sindicat de Llogateres, los residentes del edificio se organizaron para resistir el desahucio. "Esta ciudad es para vivir, no es la Riviera Maya. Aquí la gente trabaja, no todo es turismo", afirma Okdhuu.
Su caso refleja una realidad más amplia: lo que comenzó hace una década como una lucha obrera contra los desahucios se ha extendido a las clases medias, profesionales y creativos. La vivienda se ha convertido en un mercado especulativo global, donde cada vez queda menos espacio para quienes hacen posible la vida cotidiana en la ciudad.

EL TURISMO MASIVO EN PALERMO
Mientras Barcelona comenzó su proceso de turistificación con los Juegos Olímpicos de 1992, Palermo vive ahora un proceso similar que se repite en todo el Mediterráneo: desde las islas Baleares hasta Venecia, Dubrovnik, Santorini o Lisboa. Ciudades e islas que pierden identidad bajo el peso del turismo masivo.
El boom palermitano arrancó en 2015, con la declaración de su patrimonio árabe-normando como Patrimonio Mundial de la UNESCO. En 2018, la ciudad acogió la bienal de arte Manifesta y fue nombrada Capital Italiana de la Cultura. A partir de entonces, una fuerte campaña de marketing y nuevas inversiones aceleraron la transformación. En 2022, National Geographic la situó entre los mejores destinos del mundo para teletrabajo, junto a Bali o Lima.

Para el investigador Federico Prestileo (APRO), "la turistificación responde a un modelo muy concreto: masculino, blanco, capacitado, alguien que soporta un bombardeo constante de estímulos sensoriales. Tras la pandemia se ha agravado: cualquiera con dificultades para soportar aglomeraciones vive una ciudad hostil".

El fenómeno se traduce en pérdida demográfica: desde 2011, Palermo ha perdido más de 50.000 habitantes. Y en auge de los alquileres turísticos: en 2019 había ya 6.000 anuncios en Airbnb. "No es solo gentrificación -explica Prestileo-, es la llegada de poblaciones temporales que generan una rotación constante y rompen el tejido social".
VERANO
La turistificación se ha consolidado como uno de los principales factores de transformación urbana en el Mediterráneo. Ciudades como Barcelona y Palermo concentran fenómenos comunes: expulsión de residentes, aumento desproporcionado de los alquileres, sustitución del comercio de proximidad por negocios orientados al visitante y pérdida de espacios comunitarios.
En Barcelona los alquileres crecieron un 39% entre 2019 y 2024, mientras los salarios solo un 13%; en Palermo, la ciudad perdió más de 50.000 habitantes desde 2011, mientras proliferan más de 6.000 pisos turísticos en Airbnb.
La consecuencia es doble: por un lado, barrios convertidos en parques temáticos del consumo; por otro, el debilitamiento de la vida social mediterránea -los bares, las sobremesas, los mercados- que históricamente han funcionado como espacios de identidad y comunidad.

Frente a este modelo económico que convierte la ciudad en mercancía, emergen resistencias: sindicatos de vivienda, colectivos vecinales y centros sociales que reclaman una idea básica y compartida en todo el Mediterráneo: la ciudad no es un parque temático, es un lugar para vivir.

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