Occidente ha convertido la felicidad y el éxito en religión secular. El mandato es claro: sé feliz, sé resiliente, encuentra tu propósito, ajusta tu actitud. Hoy pienso que la felicidad se ha vuelto frívola, confusa y confusora. ¿Es realmente la meta última de la vida? ¿Acaso es eso a lo que aspiramos? ¿Es la felicidad más importante que la justicia, el bien común, la integridad, los Derechos Humanos y sociales? ¿No es una trampa imponer al inconsciente colectivo una meta individual?
Estas preguntas desafían los manuales de autoayuda que aconsejan expulsar de tu vida a quienes se muestran errantes, incapaces, "tóxicos". Ese lenguaje terapéutico que clasifica a las personas como "vitaminas" es revelador: reduce los vínculos humanos a insumos de productividad, a suplementos de bienestar. No somos sujetos políticos, somos recursos emocionales unos para otros. Y lo más perverso es que esta lógica se enmascara como cuidado cuando en realidad es una pedagogía de la indiferencia: performa la alegría, no incomodes, sé útil, sé amable.
No somos sujetos políticos, somos recursos emocionales unos para otros. Y lo más perverso es que esta lógica se enmascara como cuidado cuando en realidad es una pedagogía de la indiferencia: performa la alegría, no incomodes, sé útil, sé amable
Pero, ¿y si justamente en la sombra estuviera lo necesario? ¿Y si la incomodidad, la rabia y la desesperanza fueran legítimas, no síntomas a corregir? Porque si el mundo está roto, no podemos fingir estar intactos. Sin embargo, lo único que crece son las ventas de libros de colores que prometen fórmulas de felicidad instantánea, nunca manuales del dolor y el duelo colectivo. Y ahí se revela la violencia más profunda: el éxito se mide en la capacidad de sonreír mientras el presente colectivo se desangra.
La narrativa de la autoayuda se desmorona frente al mundo real. Mientras unos practican mindfulness y se cuentan que se "protegen de la realidad", en Gaza miles de niños son asesinados bajo los bombardeos. Pero nos insisten: respira, aprende a respirar bien. "Yo no sé respirar en el desastre, y no quiero aprender". Mientras tantos se obsesionan con el éxito personal y la productividad después de consumir videos de criptobros, en el Congo millones sobreviven al desplazamiento y a la violencia sexual sistemática. Pero el consejo es: mantén la calma, cuida tu cuerpo, sigue siendo bella. ¿Qué significa belleza en este momento de la historia? Mientras algunos pagan retiros espirituales, millones de refugiados viven penurias y arriesgan sus vidas buscando la seguridad, ¿de verdad podemos soportarnos más tiempo en esta parodia?
La promesa de bienestar occidental no es universal ni neutra: es un relato construido sobre la negación de los desastres que hacen posible ese mismo bienestar. Hannah Arendt habló de la banalidad del mal como esa violencia que no necesita monstruos, porque se ejerce en nombre de la normalidad. Achille Mbembe, con su noción de necropolítica, lo radicaliza: el poder contemporáneo se mide en la capacidad de decidir quién merece vivir y quién debe morir. Y esas decisiones no son abstractas: están marcadas por el color de la piel, por la geografía, por la pertenencia política. La universalidad blanca siempre ha significado esto: una vida europea vale más que una vida africana, un duelo occidental conmueve más que un genocidio en el Sur.
La universalidad blanca siempre ha significado esto: una vida europea vale más que una vida africana, un duelo occidental conmueve más que un genocidio en el Sur
La felicidad como mandato no es inocente. Es un dispositivo político que exige neutralizar la incomodidad de saberse cómplice de esa asimetría. Nos piden sonreír para no interrumpir el orden político y racial del mundo. Nos piden "cuidarnos" para que no miremos hacia afuera, hacia los cuerpos convertidos en frontera, en mercancía, en desecho. Nos invitan a "reencontrarnos" en retiros de silencio mientras miles de mujeres congoleñas habitan el trauma de violaciones masivas que abastecen los minerales de nuestros dispositivos electrónicos.
Nuestros cuerpos enferman porque no hay forma de sostener esa esquizofrenia. La ansiedad, el insomnio, la fatiga no son solo síntomas clínicos: son expresiones de un choque político. Nos obligan a vivir como si nada pasara, cuando todo está pasando. Nos exigen alegría obligatoria mientras asistimos a genocidios en directo. Y lo insoportable no es solo la violencia del afuera, sino la violencia del mandato que nos prohíbe sentirla, nombrarla, politizarla.
Estamos en un momento de transición histórica. El colapso ecológico, la violencia estructural, el genocidio palestino, las guerras olvidadas en África, el auge de la extrema derecha en Europa y América: todo indica que el orden internacional se tambalea. Pero esa transición no será hacia más bienestar. Será hacia un futuro en el que el privilegio de unos pocos ya no podrá sostenerse sin la evidencia brutal de que su felicidad depende del dolor de la mayoría.
Por eso es urgente politizar nuestra vulnerabilidad. Resistir no es performar alegría, sino reclamar la legitimidad de nuestra desesperanza, de nuestra rabia, de nuestra fractura. Porque esa fractura es el signo del mundo que habitamos. Porque si el mundo está roto, la alegría forzada es complicidad. Y porque lo que enferma no es habitar la sombra, sino el mandato de fingir que el sol brilla igual para todos cuando la mayoría vive bajo las ruinas.
Decía Yuval Harari en una intervención que vivimos en un desorden político. Pero quizá lo que llamamos "orden" nunca fue más que un encubrimiento: una estructura sostenida por la impunidad y la violencia colonial que ahora se desnuda con todo su descaro. Si este desorden es el principio de algo, no es del caos: es la decadencia de un sistema que se creía eterno.
Por eso lo urgente en esta transición histórica es aprender a hacerle espacio a la vida política. Esa es la verdadera revolución posible hoy. Hemos hecho hueco al gimnasio, a la skincare, a los smoothies de matcha. Nos analizamos sin descanso como objetos de consumo, pero hemos olvidado que somos sujetos políticos. Hemos naturalizado la exposición de lo íntimo, pero no la exposición de lo político. Y lo político es parte de la intimidad: nos atraviesa, nos condiciona, nos empobrece, nos enferma, a veces nos mata.
Hemos hecho hueco al gimnasio, a la skincare, a los smoothies de matcha. Nos analizamos sin descanso como objetos de consumo, pero hemos olvidado que somos sujetos políticos. Hemos naturalizado la exposición de lo íntimo, pero no la exposición de lo político
La próxima década debe consistir en eso: en desplazar lo que entendemos por "vida social" hacia un terreno más político. Así como hoy es normal hablar de dietas o entrenamientos, debería serlo hablar de huelgas, boicots, manifestaciones. Hacerles sitio en la agenda, en las conversaciones, en las prioridades. No como gestos extraordinarios, sino como prácticas cotidianas, tan básicas como hacer la compra o pagar la renta. Porque la política no sucede en los parlamentos: sucede en los cuerpos que deciden si se dejan atravesar por la violencia o si le oponen resistencia. Si el culto al cuerpo se nos impuso como disciplina biopolítica -un cuerpo joven, delgado, productivo-, necesitamos otro culto: el del cuerpo político que se organiza, que se rebela, que no se deja reducir a vitamina emocional ni a recurso laboral.
La vida buena no puede seguir siendo el simulacro de bienestar individual que se exhibe en stories. Tiene que ser la vida incómoda de quien se planta en la calle, de quien boicotea lo que financia un genocidio, de quien arriesga su comodidad en nombre de una justicia común.
Lo que enferma no es la política: lo que enferma es fingir que no nos concierne. Fingir que lo único importante es la narrativa privada del éxito, la resiliencia obligatoria, la ruptura convertida en espectáculo de superación. Nadie quiere aceptar que el duelo es legítimo, que no hay resiliencia inmediata que valga. Pero ese silencio protege al poder, no a nosotros. El bienestar del futuro no estará en cuerpos perfectos ni en sonrisas ensayadas, sino en cuerpos presentes en la calle, en voces que se organizan, en comunidades que hagan hueco a la política en lo cotidiano. Porque esa es la única forma de sostener la dignidad.
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