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  • Artes
20.07.25

Ellas son la ciudad

  • Carmen Magdaleno

"Los pobres no vivimos donde queremos, sino donde podemos". Al escuchar a su abuela decir esto, la protagonista de la novela 'Pipas', con la que ha debutado la autora Esther L. Calderón, se entera casualmente de que su familia es pobre a pesar de que todos tenían trabajo y no tenían que pedir limosna en la puerta del mercado. Con esa única frase, la abuela Mada le descubrió a su nieta cómo funciona el mundo, ese día nació su conciencia de clase. La vivienda en la que vives y el barrio en la que esta se encuentra no la has escogido, te ha tocado en el reparto que hacen los dueños de ese mercado supuestamente libre que también supuestamente se regula sólo. Esa tarde en la cocina de su abuela aquella niña descubrió qué significaba habitar en un barrio obrero, en la periferia. "La periferia como saber lo que cuesta lo que no podrás comprar. La periferia como saber lo que cuesta todo. La periferia como un paso más atrás; eso es, la periferia como línea de salida retrasada. La periferia como un no de inicio". Aquella cocina en la que estaban marcaba sus puntos cardinales políticos, la situaba en el mundo en términos socioeconómicos. Era la cocina de un piso del Barrio del Carmen de la ciudad industrial de Maliaño, situada a las afueras de Santander, la capital cántabra. Otra clásica barriada de la periferia urbana, otro más de los cientos y cientos de barrios para trabajadores con nombre de vírgenes y santos que se construyeron por toda España durante el "boom" inmobiliario del franquismo, aquella época en la que se pusieron los cimientos de la especulación con la vivienda que ha llegado hasta nuestro días en su versión hormonada y que acabó dejando a todo un país enterrado en ladrillo. Es en este tipo de barrios periféricos, pero de la ciudad de Sevilla, donde se sitúa la acción del documental 'Ellas en la ciudad', de la también debutante y arquitecta de formación Reyes Gallegos: como el Barrio de San Diego que se construyó en 1972 o el Polígono San Pablo en 1968, con 10.000 y 11.000 viviendas respectivamente. Sólo en el área sevillana se construyeron 50.000 viviendas en los años 70. La escritora Esther L. Calderón acertó en denominar San Pelotazo a la era de la construcción masiva de viviendas destinadas a las familias humildes.

Cualquiera de las protagonistas de este documental podría ser la abuela Mada de 'Pipas', mujeres que trabajaron desde niñas cosiendo camisas o recogiendo aceitunas, que nacieron en el campo o se criaron hacinadas junto a otras familias en "casas de vecinos" y que accedieron a una vivienda propia cuando se casaron con hombres que emigraron a las ciudades a trabajar como operarios. Ellas fueron las primeras habitantes de los pisos de aquellas monocromáticas torres de hormigón cuya única nota de color la ponían los toldos verdes y la ropa tendida al sol. Fueron ellas porque ellos tenían que pasarse de la mañana a la noche en las fábricas, mientras las mujeres que no tenían permiso para trabajar fuera de casa, sostenían y daban vida a los barrios, comprando en las plazas de abastos, llevando a los niños al colegio y al parque, paseando a los perros y empujando las sillas de los ancianos, usando el transporte público. Son ellas las que friegan los portales, las que arrastran los carritos de la compra, las que esperan en las paradas de autobús, las que reciclan, las que riegan las flores de los parterres. Por eso es en ellas en quien se fija Reyes Gallegos para conocer la historia de los vecindarios de la periferia, para saber cómo evolucionaron y cómo es realmente el día a día en ellos.

Son ellas las que friegan los portales, las que arrastran los carritos de la compra, las que esperan en las paradas de autobús, las que reciclan, las que riegan las flores de los parterres. Por eso es en ellas en quien se fija Reyes Gallegos para conocer la historia de los vecindarios de la periferia

A pesar de que sus calles e infraestructuras son mayoritariamente transitadas y utilizadas por mujeres, este documental nos señala que los barrios han sido diseñados por hombres pensando en los hombres que se van al alba en coche hacia su centro de trabajo y no regresan a él hasta el anochecer. En ellos son más importantes las autovías y los puentes que los fragmentan y desestructuran que los espacios para acoger actividades comerciales, lúdicas, sanitarias, educativas o culturales. Eran barrios inhóspitos llenos de asfalto y vacíos de servicios. Sin aceras, sin árboles, sin centros de salud, sin colegios, sin bibliotecas públicas. La gran mayoría de esas mujeres no conducían y tenían que recorrer distancias maratonianas cargando con las bolsas de la compra o con los niños en brazos para poder ir al supermercado o al médico. Cuando no les quedaba más remedio que ir al centro de la ciudad, tenían que caminar ocho kilómetros para llegar. "Vamos a Sevilla", decían cuando iban al dentista o a comprar zapatos de vestir. Y decían bien, porque aunque según el padrón pertenecían al mismo Ayuntamiento de la ciudadanía del casco urbano, en la práctica vivían en otra ciudad, casi en otro mundo. La falta durante muchos años de líneas de autobuses fluidas o de equipamientos mínimos como el suficiente alumbrado público hacía que permanecieran aisladas, que sus barrios se convirtiesen en guetos. Un apartheid en toda regla.

DIGNIFICAR A LAS SEÑORAS

"A la gente no hay que darle armas, hay que darles conciencia". Es Juani, una de las protagonistas de 'Ellas en la ciudad', vecina de toda la vida del Barrio de la Oliva, en el Polígono Sur de Sevilla, la que ha citado a Lenin. A su avanzada edad sigue leyendo libros "cuanto más gordos mejor" para que le duren lo máximo posible. 'Ellas en la ciudad' nos muestra cómo piensan y sienten de verdad señoras como ella, las mujeres de clase obrera, más allá de los prejuicios clasistas y la mirada condescendiente. Son mujeres que escriben sus propias obras de teatro, que organizan terapias de grupo, que celebran recitales de poesía, que han presidido asociaciones vecinales, que tienen opiniones políticas firmes, que a pesar de todas las privaciones que tuvieron que soportar desde niñas siguen soñando despiertas y sin límites con un mundo mejor para ellas, para sus hijas y sus nietas. De hecho, este documental reconoce la importancia de esta generación de mujeres que no pudieron elegir, las primeras madres de la democracia, que siguieron obligadas a cargar con lo doméstico, no tuvieron otra opción que seguir siendo amas de casa, pero a pesar de ello no renunciaron a lo político, que conquistaron el espacio público. Si nosotras tenemos ahora libertad de elección, si no tenemos que ser madres si no lo deseamos y hemos podido estudiar, viajar y trabajar fuera de casa es gracias a que ellas no pudieron hacerlo y lucharon para que nosotras sí.

Son mujeres que escriben sus propias obras de teatro, que organizan terapias de grupo, que celebran recitales de poesía, que han presidido asociaciones vecinales, que tienen opiniones políticas firmes, que a pesar de todas las privaciones que tuvieron que soportar desde niñas siguen soñando despiertas y sin límites con un mundo mejor para ellas, para sus hijas y sus nietas

Vuelvo a la abuela Mada, que "sabía palabras que eran cuentos enteros pero firmaba con una x". En 'Pipas', Esther L. Calderón se pregunta qué hubiese pasado si alguien le hubiese ayudado a desarrollar su potencial, si hubiese tenido acceso a la alfabetización y a estudios reglados. "Qué grandes cosas hubiese disparado en su mirada el saber de siglos de otros humanos entrando en sus carnes como un libro, ese misil". 'Ellas en la ciudad' nos muestra cómo fueron las mujeres las que se preocuparon por alfabetizar y formar a las demás, cómo se organizaron en centros sociales para traer a maestras voluntarias que desarrollasen todas esas inquietudes y capacidades ignoradas. Sin esa educación no sólo se limitan las carreras profesionales y la independencia económica de las mujeres, sino su participación sociopolítica y su libertad de expresión. Sin estudiar ni fomentar su pensamiento crítico era imposible que las mujeres fuesen ciudadanas de pleno derecho, que exigiesen sus propios derechos civiles y se organizasen colectivamente para conquistarlos. Así que su ansia por aprender fue su principal acto de rebeldía y la condición necesaria para la mejora y avance de los barrios en que vivían. Esa conciencia de la que hablaba Juani fue su arma para derribar los muros invisibles que las apartaban de la ciudad y sus oportunidades, de la ciudadanía misma.

Empezando por lo más básico, como aprender a hacer cheques y a escribir documentos sencillos empezaron a dejar la vergüenza atrás y a salir del aislamiento doméstico y acabaron tejiendo una enorme red de relaciones y actividades que les descubrió la fuerza de la unión entre mujeres con la que acabaron transformando la ciudad que les había dado la espalda. 'Ellas en la ciudad' dignifica a esas señoras sin las que las salas de cine y los teatros cerrarían, aunque son las últimas en las que los creadores y artistas piensan cuando producen sus obras, sin ellas casi no tendrían público al que dirigirse siquiera. Como nos recuerda la activista estadounidense Mikki Kendal en su ensayo 'Feminismo de barrio', "ninguna comunidad odia el conocimiento, hay gente ansiosa de aprender, lo que conocemos despectivamente como "empollonas" en todas partes, pero acceder al estilo de vida que esa cualidad supuestamente te garantiza es mucho más difícil para las personas marginalizadas". Este documental desafía la narrativa de salvación y de caridad que considera a las mujeres que no han salido del extrarradio de faltas de compromiso político o de ideología progresista y que por ello necesitan ser rescatadas desde fuera. Ellas no sólo supieron salvarse a sí mismas, sino a todas las que vinimos después.

'Ellas en la ciudad' / Reyes Gallegos (Movistar Plus)

LO VECINAL ES POLÍTICO

La documentalista Reyes Gallegos empieza por los detalles más íntimos, por las cocinas de las mujeres de la periferia, para ampliar la mirada hasta las grandes manifestaciones e hitos históricos de estos vecindarios, que no hubieran sido posibles sin ellas. Ellas barrían las hojas acumuladas en los portales, vigilaban desde las ventanas para que sus criaturas y las de las demás pudiesen caminar seguras, compartían sus recetas y se repartían los recados para aliviar la sobrecarga de tareas domésticas. Pero su labor social cotidiana iba mucho más allá de la vuelta de la esquina. Ellas mismas construyeron con sus propias manos las vallas de los colegios de sus hijos para que pudiesen jugar sin peligro o hicieron colectas para que tuviesen el mobiliario necesario.

El documental nos presenta la importancia de la figura de mujeres como Guillermina Elías, líder vecinal de las Asambleas de Distrito que tuvieron que pelear para que llegaran todos y cada uno de los servicios básicos a sus barrios, desde el tendido eléctrico y la recogida de basura a los jardines de infancia y los centros de adultos. Esas mujeres fueron tanto o más combativas que los hombres, cortaban carreteras y convocaban huelgas no sólo para que abrieran institutos y centros de salud sino que se preocupaban por la ecología y la inclusión social, siendo las primeras en señalar problemas que los grandes hombres consideraban menores, como que la construcción de infraestructuras no afectase al paso de aves migratorias o como la inundación interesada de venta de drogas en los barrios humildes.

LAS ABUELAS DE LAS "HIJAS DEL HORMIGÓN"

Esas mujeres de clase trabajadora que fueron las primeras habitantes de las periferias urbanas industriales, las auténticas pioneras en organizarse colectivamente para reclamar los servicios mínimos necesarios que hiciesen habitables sus barrios y que sobre todo lucharon para integrarlos de verdad en el resto de la ciudad, también podrían ser la abuelas de las mujeres jóvenes cuyos testimonios recoge el ensayo de Aida dos Santos 'Hijas del Hormigón', un minucioso análisis de todas las discriminaciones y dificultades a las que deben enfrentarse por habitar o proceder del extrarradio y a la vez ser mujeres. Al igual que el documental de Reyes Gallegos, se sitúa en la intersección de la división de clase y género, para conocer a fondo cómo es la experiencia de las mujeres de clase obrera habitando las ciudades españolas.

Los testimonios de la actualidad no difieren tanto de lo que cuentan sobre su cotidianeidad hace 50 años las señoras de 'Ellas en la ciudad', y la conclusión sigue siendo la misma, que en el espacio público se le sigue dando preferencia a los sujetos empleados en la actividad económica, los hombres, que se desplazan en coche desde su casa hasta la fábrica, y que la segregación urbana sigue provocando una clara división de la ciudadanía por barrios según su renta, patrimonio o sector laboral. Esta distancia en la convivencia nos lleva a no ver esas diferencias que este potente ensayo ha querido visibilizar. Dichas diferencias son un abismo que continúa jerarquizando a los habitantes de las ciudades, en cuyos márgenes se sitúan quienes producen los bienes y servicios sin poder permitirse acceder a ellos y en el centro quienes los diseñan y pueden disfrutar de ellos. Las zonas verdes y los espacios dotacionales se concentran en los barrios acomodados mientras los prostíbulos y las casas de apuestas se permiten sin apenas control en las zonas empobrecidas. A la división de siempre se añade el moderno fenómeno de la gentrificación, que expulsa a las familias trabajadoras de los barrios populares que los poderosos quieren convertir en nuevos barrios burgueses y bohemios destinados a atraer el turismo internacional. Aida Dos Santos nos ofrece un retrato acidísimo y brillante de ese proceso de gentrificación y cómo afecta doblemente a las mujeres.

Las zonas verdes y los espacios dotacionales se concentran en los barrios acomodados mientras los prostíbulos y las casas de apuestas se permiten sin apenas control en las zonas empobrecidas

Ya que como señala de forma incontestable Dos Santos, nuestro código postal predice nuestro riesgo de exclusión, pues los barrios populares están más privados de servicios públicos y oportunidades laborales y de esparcimiento, la implementación de un sistema de transporte público de calidad es la primera de las claves para no acabar en la marginalidad. Como comprobamos con 'Ellas en la ciudad' la exigencia de que las conexiones mejoren y se aumenten las líneas y su frecuencia vienen desde los años 70 e 'Hijas del Hormigón' nos descubre que en 2025 no se han culminado. En los hogares de clase trabajadora de haber vehículo es uno para toda la familia y la prioridad sigue siendo en su mayoría que lo utilice el hombre para ir a trabajar por ser el que suele cobrar mayor sueldo, por lo tanto el metro, los autobuses, los cercanías, son principalmente utilizados por mujeres que vienen y van desde la periferia al centro urbano. Sin embargo, la movilidad urbana sigue ignorando habitualmente la perspectiva de género en el diseño y acondicionamiento de estaciones y paradas así como en el diseño de trayectos y frecuencias de las líneas. Este libro nos explica que por ejemplo, para evitar la masificación en los vagones de metro o buses urbanos y por lo tanto eliminar el escenario perfecto para realizar con impunidad tocamientos a las usuarias es clave aumentar las frecuencias, no sólo para garantizar que los empleados lleguen puntuales a su puesto de trabajo y no tengan que arriesgarse a que los despidan por incumplimiento de sus obligaciones contractuales. La iluminación, la accesibilidad y la limpieza son otros factores determinantes para que las mujeres puedan desplazarse por los lugares públicos con la misma libertad que los hombres, es decir, sin miedo; y justo son ese tipo de dotaciones las que siguen escaseando en los barrios populares. Sin perspectiva de clase y género toda planificación urbanística será siempre excluyente.

'Ellas en la ciudad' / Reyes Gallegos (Movistar Plus)

HABITABILIDAD ES COMUNIDAD

Urge reflexionar sobre los espacios que habitamos y sobre si estos son verdaderamente habitables. Nuestro pensamiento se entretiene en echar de menos "arcadias" pasadas, aquellos lugares en los que fuimos felices; o en soñar con destinos futuros, aquellos lugares en los que seríamos felices si nos marchamos de aquel en el que estamos. ¿Nos sentimos cómodas y acogidas en la ciudad o el pueblo en cuyo padrón de habitantes figuramos? ¿Vivimos en ella o a pesar de ella? ¿Tiene espacio para el descanso, la cultura, la naturaleza...? ¿Todo ese espacio que ocupamos, ya sea privado o público, nos permite ser algo más que productores o consumidores? ¿Nos permite crear, sentir, disentir, divertirnos, relajarnos, en definitiva, ser humanos? ¿Hay lugar en ese lugar para el bienestar? ¿Estamos bien aquí y ahora?

Sobran obras culturales y artísticas que reflexionen sobre el ser, sobre la identidad y sus crisis identitarias; igual que sobre el tiempo y su paso, sobre todas las generaciones y sus crisis generacionales; pero hay muy pocas sobre el estar, nuestro espacio y sitio en el mundo. Son necesarias más obras como el documental 'Ellas en la ciudad', pues la habitabilidad quizá sea el asunto más importante que nos acucie como sociedad actualmente, no sólo porque estamos haciendo que el planeta Tierra sea cada día un poco menos habitable, sino porque cada vez más personas se quedan sin hogar que habitar o tienen grandes dificultades para mantenerlo. ¿Cuántas veces te has mudado porque ya no podías permitirte una vida digna en tu barrio? Hemos normalizado el mercado de la vivienda y sus precios desorbitados. La cuestión política no es solamente la regulación de alquileres y compraventas, para que tener un lugar que habitar sea asequible para todas las personas. El quid de la cuestión es la privatización y mercantilización del estar. ¿Cómo hemos aceptado como humanidad el hecho de tener que pagar por una necesidad vital básica como es ocupar un espacio (seguro y salubre) para poder seguir existiendo? Nos cobran por el agua, el calor, la luz, por asentarnos... ¿falta mucho para que nos cobren por el aire que respiramos?

La cuestión política no es solamente la regulación de alquileres y compraventas, para que tener un lugar que habitar sea asequible para todas las personas. El quid de la cuestión es la privatización y mercantilización del estar. ¿Cómo hemos aceptado tener que pagar por una necesidad vital básica como es ocupar un espacio (seguro y salubre) para poder seguir existiendo? Nos cobran por el agua, el calor, la luz, por asentarnos... ¿falta mucho para que nos cobren por el aire que respiramos?

La habitabilidad no es una cuestión de propiedad privada, de tener dinero suficiente para permitirse adquirirla, de hecho ese es el problema fundacional, la propiedad. Se trata de derecho a estar, de legitimidad e intimidad, tu despacho puede ser una biblioteca pública o un parque. Tu lugar va mucho más allá de tu hogar. Sin acceso garantizado a parajes naturales y a centros educativos, sanitarios, deportivos, sociales, culturales, laborales, de ocio... no hay calidad de vida posible. Así que se trata en realidad de desprivatizar y desmercantilizar tanto los espacios individuales como los espacios colectivos para que vuelvan a ser propios para todos. Esa fue y sigue siendo la lucha de las vecinas de la periferia, democratizar el acceso a la educación y a la cultura para que dejase de ser un privilegio de las élites; lo mismo con la sanidad o el contacto con la naturaleza. Si hay colegios, escuelas infantiles, bibliotecas o auditorios en el extrarradio; si ya no hay que desplazarse varios kilómetros para acudir al médico de cabecera o para nadar en la piscina municipal es gracias a ellas. Ellas lograron que sus calles fuesen algo más que aparcamientos para vehículos privados y contenedores de residuos. Las mujeres de la periferia son el centro de la vida, sin su labor tan íntima como política esos barrios serían inhabitables, pues sin espacios al aire libre para esparcirse y lugares comunitarios en los que relacionarse con los demás y aprender de ellos todo barrio es una cárcel. Esas mujeres comprendieron que sin comunidad no es posible la habitabilidad. Ojalá las escuchen a tiempo quienes mandan y ordenan las ciudades.

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