"Aquí nadie se salva. Dime cuál será el precio que pagar por huir de mi casa", canta Sabah, española e hija de rifeños. No es una genealogía menor. El Rif ha sido una de las grandes geografías de la emigración marroquí y también una tierra históricamente castigada. Muchos de sus activistas han sido perseguidos bajo la acusación de separatismo.
Escribo bajo la premisa de que la objetividad no existe, pero con la confianza de que la verdad es una composición compleja que no se vuelve menos verdadera porque quien habla de los muertos y de los vivos sienta algo por ellos. Sentir no me impide comprobar. Me obliga a mirar. Incluso cuando deseaba lo hacerlo.
Entre las decenas de miles de personas que trataron de cruzar la frontera hacia Ceuta durante la última semana de julio había niños de uno, dos, tres, cuatro y cinco años. Adolescentes de doce, trece, catorce, y quince años. Chicos y chicas. Había mujeres y muchas de ellas eran madres. Durante días fueron convertidos en una cifra, una amenaza, una avalancha. Pero el mar no solo era azul. También tenía hambre y sed. Ese mar contenía el miedo y la esperanza, la agencia y la manipulación, las ganas y la desesperación. Como toda frontera, ese mar, es un mar de muerte.
31 de julio de 2026
MATERNIDAD E INFANCIA
Estamos cerca de Iad, lleva una camiseta y pantalón de Spiderman y su pelo tiene mechas muy parecidas a las de Lamine Yamal. "Quiero mamma" dice en darija. Es una de las formas de nombrar a una madre, pero la suya se ha ido. La familia se dividió hace un par de años, el padre se llevó al mayor. La madre se quedó con el pequeño. La reagrupación familiar en Italia fue imposible.
"¿Cómo decidió irse" pregunto a la tía. "No entendí nada. Estábamos sentados en el salón, el día anterior fuimos a una boda. Mira mis manos- me enseña sus manos con henna- y de repente se fueron a la habitación y miraban el móvil mi madre y ella y hablaban en bajito. Empieza a llorar y sigue "Estábamos en Casablanca y se iba a coger el tren para llegar a Ceuta". Les dije que los podía llevar en coche pero no dejé que se llevase a su hijo, a mi sobrino. Me lo dice, y todo de repente se llena de culpa. Él la mira, ella lo sube a sus piernas.
¿La entenderá? ¿Comprende lo que dice? ¿La culparía por haberle separado de su madre? ¿Le agradecería haberle ahorrado una travesía en la que pudo haber muerto? Nadie sabe en quién le convierte la historia dependiendo de quién la cuente.
"No íbamos a aventurarnos a que se llevase a un niño y le pasase algo. Ella quiere reunirse con su hijo. Quiere que alguien se lo lleve".
La decisión de la madre de Iad no se tomó esa misma tarde. Parte de ese anhelo del "partir" es una herencia en Marruecos. No sólo los más necesitados sueñan con irse: la construcción del "cruzar" está instalada en todos los estratos y clases sociales y la gran diferencia que constituye la clase es el medio, la forma, la manera de irnos. Pero todos hemos crecido con quienes se han ido, o con quienes se irán. Otras veces, somos nosotras y nosotros mismos quienes nos marchamos. Y no sé por qué. O quizás hay tantas razones que hace tiempo que dejamos de tener esa conversación.
No sé por qué hay un anhelo con el otro lado de una frontera. No sé por qué está en tantos y en todos, ese intento desesperado por salvarnos del lugar que nos vió nacer, que nos vió andar por primera vez. No sé como se renuncia con la ligereza con la que nosotros los marroquíes lo hacemos a un hogar, por más difícil que sea. Y tampoco sé con que fuerzas muchas veces volvemos a empezar. Yo siempre supe que me iría. Pero yo podía irme sin arriesgar mi vida.
Parte de ese anhelo del "partir" es una herencia en Marruecos. No sólo los más necesitados sueñan con irse: la construcción del "cruzar" está instalada en todos los estratos y clases sociales y la gran diferencia que constituye la clase es el medio, la forma, la manera de irnos. Pero todos hemos crecido con quienes se han ido, o con quienes se irán
Mucho antes de la última semana de julio, la posibilidad de llegar a Ceuta llevaba años sembrándose en comunidades digitales dedicadas a los llamados haraga: grupos de Facebook que conducían a Telegram y WhatsApp, conversaciones en las que se mezclaban el deseo de marcharse, preguntas sobre las vallas, noticias de quienes habían conseguido pasar y la memoria de intentos colectivos anteriores. Las plataformas no inventaron la desesperación, pero garantizaron la estructura. Vídeos de otros años volvían a circular como si estuvieran ocurriendo en ese momento; imágenes sin fecha construyeron la urgencia.
"Nos dijeron que la policía española se portaría muy bien con nosotros", dice Wafae. Cuando llegó a la frontera y vio la cantidad de personas que había intentando cruzar, tuvo miedo. Tiene tres hijos y su marido acaba de abandonarles. El bebé tiene 4 meses y la subida de leche le provoca fiebres. Han dormido encima de un cartón que le ha dado el guardia de seguridad de los bajos del hotel donde se encontraban. "Me voy por ellos. No tengo nada. Sólo quiero un poco de ayuda. Nos dijeron que nos darían comida y algo de ropa. Estoy desesperada, vivimos en Meknes en un barrio peligroso con mis padres que ya son mayores y están enfermos. Me da miedo que los niños salgan a jugar. A veces siento que sueño con descansar a khti. He intentado trabajar, pero no consigo nada porque tengo un bebé".
Los hombres que abandonan sus hogares en Marruecos tienen la obligación de abonar una pensión, pero sólo el 50% de las mujeres reciben algún pago regular. Para recibir una pensión o acceder al Fondo de Entraide Familiale, primero deben acudir al juzgado, obtener una sentencia, solicitar su ejecución y demostrar que el marido no paga o ha desaparecido. Sin embargo, las mujeres más vulnerables son precisamente quienes menos posibilidades tienen de recorrer ese camino. La paradoja es que el sistema protege mejor a las mujeres que disponen de los recursos necesarios para ponerlo en marcha. Algunas no denuncian el abandono por miedo a las amenazas o represalias del marido; otras siguen atrapadas en relaciones de violencia machista en las que el impago funciona como una prolongación del control. Otras esperan sabiendo cuáles son las consecuencias del abandono en la vida de las mujeres en Marruecos. El señalamiento social y el repudio familiar.
Muchas carecen de dinero para el transporte, los documentos, el asesoramiento jurídico o las horas que exige un procedimiento mientras cuidan solas de sus hijos. Así, el abandono queda fuera de los registros. Sin reclamación no hay sentencia, sin sentencia no hay deuda reconocida y sin deuda reconocida tampoco existe acceso al fondo público. La protección comienza después de una carrera de obstáculos que deja fuera, precisamente, a quienes más la necesitan.

Voy a comprar comida y le pregunto a Latifa si necesita algo. No hay nada abierto en el paseo marítimo. El hotel donde nos alojamos los periodistas apenas tiene víveres, y casi nada es comestible para niños tan pequeños. Voy a comprar al mercado, cerca de lo que llaman "el patio". Las tiendas han vuelto a abrir después de tres días. Tras hacer una larga cola compro yogures, pan y mortadela. No sé si comprar leche. El bebé de latifa tiene 10 meses. Su pañal está lleno de paja y de cesped. No quiero preguntarle dónde ni cuando fue la última vez que se lo cambió.
Me siento absurda. ¿Cómo se escribe sobre la miseria? ¿Cómo se dignifica a las personas que la sufren? Quizás eso hace la miseria, condenar a la disputa de lo que dignifica a quienes la sufren todo el rato.
"Soy viuda. Llevo casi un año buscando trabajo. He trabajado, he limpiado, he cocinado, lo he hecho todo, pero ahora no tengo nada, solo a mis dos niños. Y aquí estoy, me los he traído. Hemos cruzado, y hemos vuelto a salir". Lleva una túnica amarilla con círculos marrones.
¿Y tú preciosa? ¿Cómo te llamas? La pequeña esconde la cabeza, tendrá unos 3 años.
"Se llama Razan", dice su madre.
Así se llama una amiga mía palestina, es periodista. La niña sonríe.
"¿Tú quieres ser periodista Razan?", le pregunta su madre. Le quita las gafas de ver a la pequeña, se las limpia con la túnica y se las vuelve a poner. La pequeña Razan le da un beso. "Al menos los palestinos tienen causa", murmura.
¿Y nosotros los marroquíes no tenemos causa? Le pregunto y suspira, y el bebé empieza a andar dirección la carretera y me levanto a cogerle mientras su madre le pide que se esté quieto.
Hay mucha niebla, y nos quedamos en silencio. Y aún los hay quienes creen que el feminismo y las políticas públicas feministas no transformaron la vida de las mujeres y los niños para siempre.
1 de agosto de 2026
LA GEOPOLÍTICA DE LA TRAGEDIA
En buena parte del debate público español se instala rápidamente la convicción de que Marruecos habría utilizado a sus ciudadanos para chantajear a España. El fascismo se dio prisa en hablar de "invasión". Llamar invasores a civiles no es un vocabulario inocente, retroalimenta toda la violencia racista institucional y civil que recae sobre los extranjeros hijos de marroquíes, aunque sean españoles nacidos y criados en España. La narrativa comenzó a llamar a los hombres, que son la mayoría de quienes trataron de cruzar la frontera, "violadores" y "asesinos". Hoy se organizan en la ciudad autónoma grupos de extrema derecha bajo el nombre de brigadas civiles, que agreden a los jóvenes que aún permanecen en la ciudad. Dicen sustituir el trabajo de los militares y policías que no pueden movilizarse como les gustaría. En realidad sustituyen la represión y la discriminación de la que huyen esos mismos hombres jóvenes en su país por parte del "makhzen", el sistema policial interno del país. A activistas, políticos y creadores de contenido en redes sociales les faltó tiempo para hacer análisis sin ningún miramiento hacia la tragedia humanitaria.
La concentración, la pasividad inicial de algunos agentes y el antecedente de 2021, cuando Marruecos instrumentalizó a sus propios migrantes en la frontera ceutí, explica la hipótesis de que lo sucedido estos días se trataría, de nuevo, de una acción deliberada del gobierno de Rabat. Sin embargo, una explicación geopolítica no puede medirse por su capacidad para ordenar los acontecimientos, sino también por las pruebas que la sostienen y por la racionalidad que atribuye a quien supuestamente actuó. En el día del cruce más grande de la historia del país, a solo 15 minutos de la frontera, se celebraba la fiesta del trono, el mayor despliegue monárquico de poder que recuerda la coronación del Rey Mohamed VI. La humillación que vivió y experimento el país con las imágenes de los sucedido es todo lo que cualquier gobernante hubiese querido prevenir para su reinado, su estado y su gobierno.
¿Es tan difícil creer que congregar a decenas de miles de personas en un mismo punto del norte de Marruecos no habría sido una operación especialmente controlable? La tolerancia, en determinadas circunstancias, también puede convertirse en una forma de complicidad. Permitir ese movimiento significaba abrir la puerta a una de las mayores crisis humanitarias que ha vivido el país en los últimos años. Y eso fue, precisamente, lo que hizo el Estado marroquí.
¿Y si esa inteligencia que supuestamente sabe no fuese estratégicamente inteligente? Los ciudadanos marroquíes llegaron desde Casablanca, Meknés, Fez, Rabat, Tánger y otras ciudades; muchas habían gastado lo último que tenían en alcanzar Castillejos y otras no tenían nada que perder. No eran soldados sujetos a una cadena de mando ni una población que pudiera desaparecer cuando hubiese cumplido su función. Eran ciudadanos marroquíes concentrados alrededor de una misma premisa. Una multitud así podía dirigirse hacia Ceuta, pero también podía permanecer en Marruecos y volverse contra quienes gobiernan.
La tolerancia, en determinadas circunstancias, también puede convertirse en una forma de complicidad. Permitir ese movimiento significaba abrir la puerta a una de las mayores crisis humanitarias que ha vivido el país en los últimos años. Y eso fue, precisamente, lo que hizo el Estado marroquí
Todavía no se ha cumplido un año desde las protestas de la Generación Z, unas movilizaciones nacidas también en espacios digitales y extendidas por numerosas ciudades para reclamar hospitales, educación, empleo y una vida digna. No pudo controlarse y claudicó con 2.400 detenidos. Las manifestaciones ocurrieron en casi todas las ciudades marroquíes. Nadie pudo frenar la movilización. Algunas terminaron con muertos y heridos a causa de disparos de la policía. En ese contexto, crear deliberadamente otro foco de ebullición habría supuesto un riesgo interno difícil de calcular. El eventual coste para España no habría eliminado el peligro para Marruecos. Un chantaje exterior podía convertirse, en cuestión de horas, en una crisis social dentro del propio país.
Tampoco habría sido una decisión económicamente inocua. España es el primer socio comercial de Marruecos, con más de 22.500 millones de euros de intercambio anual, y constituye una de sus principales conexiones logísticas con el mercado europeo. Por el estrecho circulan mercancías, inversiones, cadenas industriales y decenas de miles de camiones. Desde que Argelia interrumpió el suministro a través del gasoducto Magreb-Europa, Marruecos recibe también gas adquirido en mercados internacionales y enviado desde España mediante el flujo inverso de esa misma infraestructura. Una ruptura diplomática grave no afectaría únicamente a Madrid si no que podría alcanzar la industria, el abastecimiento energético, las exportaciones y el empleo marroquí.
La crisis se produjo, además, pocas semanas después de que España cerrara un proceso extraordinario de regularización con 1.174.978 solicitudes. Aproximadamente 156.000 correspondían a ciudadanos marroquíes. No significa que todas fueran a resolverse favorablemente ni que quienes llegaron a Ceuta pudieran acogerse al procedimiento: debían acreditar que ya residían en España antes de 2026. Pero el dato permite comprender la densidad humana de la relación bilateral. Marruecos no trata con un país lejano, sino con el Estado donde viven cientos de miles de sus ciudadanos, cuyas vidas, trabajos y remesas conectan diariamente ambas orillas.
Nada de esto demuestra que las autoridades marroquíes fueran ajenas a lo sucedido. Los Estados toman decisiones arriesgadas, cometen errores de cálculo y pueden tolerar inicialmente una movilización que después supera sus previsiones. También es posible distinguir entre organizar el movimiento, facilitarlo, dejar de contenerlo durante unas horas, reaccionar demasiado tarde o ser incapaz de detenerlo. Son grados diferentes de responsabilidad y necesitan pruebas diferentes. El coste potencial de una operación no demuestra que esa operación no existiera; pero obliga a preguntar qué beneficio concreto habría justificado semejante riesgo.
Sea como sea, el gobierno marroquí en toda su composición estatal va a tener que explicar mucho más que lo que ha hecho hasta ahora. Marruecos debe hacer comprender a millones de sus ciudadanos que miran consternados las imágenes, si lo que se gana es proporcional a todo lo que se pierde.
Existe, además, una responsabilidad europea anterior a aquella noche. Durante años, España y la Unión Europea han delegado en Marruecos una parte fundamental de su control fronterizo. Han financiado sistemas de vigilancia, colaborado en interceptaciones y celebrado como éxito cada salida que las fuerzas marroquíes impedían antes de que pudiera alcanzar territorio europeo. Solo en 2025, Marruecos declaró haber frustrado más de 73.000 intentos de migración irregular. Europa convirtió al país en el gendarme externalizado de una frontera que jurídicamente seguía siendo europea, mientras Marruecos aceptaba ese papel, lo utilizaba para adquirir relevancia diplomática y reclamaba recursos para sostenerlo. ¿Es a caso democrático convertir en mercenarios de la migración a países no democráticos?
Esa relación produce una contradicción que no desaparece llamándola chantaje. Si Europa paga a un tercer Estado para que contenga a quienes buscan llegar a su territorio, también le está otorgando una forma de poder. Cuando ese dispositivo falla, no puede presentar su propia dependencia como una agresión completamente externa. Esto no legitima que Marruecos abriera deliberadamente la frontera; significa que la posibilidad misma de ejercer esa presión fue construida por ambas partes. La externalización no elimina la frontera europea: simplemente desplaza sus efectos. Y que millones de ciudadanos europeos puedan mirar hacia otro lado ante ese mecanismo constituye una de las raíces más profundas de esa violencia. Europa no solo arrastra el legado de su pasado colonial y el coste político de su presencia en países como Marruecos; también traslada hacia el sur las consecuencias de sus políticas fronterizas, desplazando allí la violencia y las responsabilidades que se derivan de ellas.
Quizá la pregunta no sea únicamente si Marruecos utilizó la migración para provocar una crisis diplomática. También habría que preguntarse si una crisis social marroquí, amplificada por rumores, vídeos y llamadas familiares, acabó produciendo consecuencias diplomáticas que después fueron interpretadas como su causa. ¿Seguiríamos llamándolo chantaje si el supuesto chantajista hubiese estado a punto de desencadenar dentro de su propio país una crisis más peligrosa que la provocada al otro lado? En todo caso, ningún discurso puede obviar la agencia migrante. La voluntad consciente aún sumidos en la inercia de muchos ciudadanos, existe. Hay que creer en ella. Hay que creer en ella para reconocerla en las calles, en las manifestaciones, en el arte y la cultura.

Es importante recordar que en 2020, la Administración Trump reconoció la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental como parte del acuerdo mediante el cual Marruecos normalizó sus relaciones con Israel. Aquel intercambio permitió a Rabat fortalecer su posición diplomática, militar y de inteligencia frente a Argelia, principal respaldo del Frente Polisario, pero no representó una voluntad unánime de la sociedad marroquí porque miles de personas han protestado contra la normalización, especialmente desde la destrucción de Gaza en una forma de genocidio atroz . El Sáhara Occidental, la alianza estadounidense, la cooperación con Israel, la rivalidad con Argelia y el control migratorio forman parte de una misma arquitectura de poder, aunque esa arquitectura no demuestre por sí sola quién originó la movilización hacia Ceuta.
Trump comprendió inmediatamente el valor político de aquellas imágenes. El uso de esta crisis tiene consecuencias para la política interna marroquí ahora que se avecinan las elecciones el próximo mes de septiembre. Trump llamó "invasión" a lo ocurrido, culpó a las leyes "muy liberales" de España y anunció que lo convertiría en argumento para las elecciones estadounidenses: "Recordad esa imagen", pidió.
Uno de los hombres más poderosos del mundo utilizó los cuerpos de miles de personas marroquíes para presentar su propia política de detenciones, deportaciones y militarización fronteriza como la única alternativa posible al caos. Siempre es fácil construir la imagen de la necropolítica con cuerpos marrones, cuerpos pobres, cuerpos del sur global. Le bastó con convertir las garantías jurídicas en debilidad y la violencia institucional en sinónimo de control. Si hubo un arma política inmediata, no fueron las personas, sino la imagen construida con ellas, porque las armas matan y las 50.000 personas que cruzaron no llegaban a un territorio para asesinar. Trump pudo justificar que, para proteger una nación, algunos cuerpos deben ser tratados como si no tuvieran derechos, como si no fuesen cuerpos, como si no fuesen humanos.
2 de agosto de 2026
CUANDO LA CLASE SUSTITUYÓ AL ESTADO SOCIAL
Quizás más que una causa, necesitamos un lenguaje de responsabilidad. Cuando escucho a mis compatriotas hablar de aquello de lo que huyen, como los escuché en esa frontera, se repiten frases como : "Aquí no hay nada para mí", "si no tienes dinero, te mueres", "para el Estado, los nadie no importamos". Pronunciadas por separado, parecen contar tres vidas distintas. Escuchadas juntas, describen un país. Aunque Marruecos no es sólo sus carencias, las carencias sociales son la columna vertebral del fracaso estatal.
"Aquí no hay nada para mí" no significa que en Marruecos no haya nada. El país construye puertos, trenes de alta velocidad, estadios, complejos turísticos y fábricas; atrae inversiones, organiza competiciones internacionales, pero los paseos marítimos y el café a 35 dh (3,2 euros) no son ninguna señal de progreso, como tampoco lo son las cafeterías con nombres franceses donde no se puede sentar la mayoría del país a desayunar. ¿Qué entendemos socialmente por progreso? ¿Y si lo que las élites ansiaban para el país fuese sólo un producto creado a la medida de una élite? ¿Y si Marruecos sólo progresa en perpetuar la perturbadora diferencia de clases que hace que siempre sean los mismos quienes se sienten a la mesa, y los mismos otros quienes la recogen y limpian?
El país construye puertos, trenes de alta velocidad, estadios, complejos turísticos y fábricas; atrae inversiones, organiza competiciones internacionales, pero los paseos marítimos y el café a 35 dh (3,2 euros) no son ninguna señal de progreso, como tampoco lo son las cafeterías con nombres franceses donde no se puede sentar la mayoría del país a desayunar
Marruecos no carece de instituciones de protección social. En los últimos años ha ampliado el seguro médico obligatorio, las transferencias directas y la cobertura formal de los hogares vulnerables. Pero estar inscrito no equivale necesariamente a estar protegido. Una tarjeta sanitaria no garantiza que haya un médico cerca, una cita a tiempo, medicamentos disponibles, transporte hasta el hospital o dinero para adelantar una prueba y esperar su reembolso. Entre el derecho reconocido y el derecho que puede ejercerse se abre una distancia atravesada por la clase, el territorio y el género. El Estado social marroquí existe, pero permanece incompleto, fragmentado y desigualmente accesible. Eso provoca que pueda aumentar el número de personas registradas mientras muchas familias continúan endeudándose, recurriendo a la diáspora o renunciando a recibir atención. La cobertura se contabiliza; el abandono cotidiano, casi nunca.
En 2025, el desempleo entre los jóvenes de 15 a 24 años alcanzó el 37,2 %. Pero ni siquiera esa cifra contiene a quienes trabajan sin contrato, encadenan empleos mal pagados, dependen de sus familias o han dejado de buscar porque buscar también cuesta dinero. Muchos crecen pensando que no hay nada en su país para ellos por el estrato social al que pertenecen. Sobre ellos recaen los juicios sociales de otros marroquíes que hoy han vuelto a salir a la luz, "son unos vagos", "el que no trabaja es porque no quiere". Sus cuerpos y sus vidas se quieren leer como historias de fracaso personal. La forma de culpabilizarles es una manera de evitar nombrar lo que sucede de verdad en la sociedad. La fractura es sistémica. Marruecos tiene futuro, pero lo distribuye de forma desigual, discriminatoria y clasista. Para muchos jóvenes, el progreso ocurre delante de ellos, pero nunca les ocurre a ellos.
Las clases más privilegiadas tiene una concepción enfermiza del "éxito" y no son capaces de reconocer lo que implica su calle, su apellido y su familia. Su victoria es ficticia porque ni el dinero ni el trabajo les permite comprender el enorme privilegio que se sostiene en la explotación física y laboral de otros. Porque la esclavitud del S.XXI sigue existiendo en Marruecos. Porque pagar dignamente a todos no permitiría los niveles de riqueza obscenos que se alcanzan. Según la RAE el privilegio es la "ventaja especial y exclusiva de que disfruta alguien o algo" , pero también significa que el privilegio "dispensa de una obligación o del cumplimiento de una norma, concedida a alguien o algo". En Marruecos no hay consenso sobre la obligación o el cumplimiento a partir de una acumulación de riqueza y posibilidades. La falta de un Estado social, hace que la sociedad se sustenta gracias a la acción comunitaria, pero el miedo a la pérdida del privilegio es más grande que la necesidad de justicia social. Sin embargo no hay privilegio que se pueda sostener sin pisarle el cuello a otros.
"Si no tienes dinero, te mueres" no es una exageración nacida de la desesperación. La propia diáspora marroquí, que acumula más de 5 millones de personas repartidas en muchos países principalmente del Mediterráneo, reconoce que no podría sostener muchas facturas médicas. Un TAC en una clínica privada a causa de una urgencia, cuesta alrededor de 400 euros, el salario mínimo interprofesional es de 3192 DH netos, lo que equivale a 297 euros. El dinero decide a qué médico se acude, cuánto tiempo se espera, en qué escuela estudian los hijos, si se puede pagar un abogado, desplazarse hasta un tribunal o abandonar durante unas horas el trabajo para realizar un trámite. Cuando las instituciones no sostienen, la familia se convierte en el Estado de emergencia de sus miembros. El sistema público existe, pero no llega. Miles de personas no pueden ni afrontar los diagnósticos y dentro de las familias son casi siempre las mujeres quienes absorben el cuidado, la enfermedad, el abandono y la falta de ingresos. Quien dispone de dinero compra tiempo, protección y alternativas La clase media lo hace a través de la educación privada extranjera. Más allá del interés por el internacionalismo de las instituciones, es un interés de clase para ofrecer una alternativa diferenciadora que pueda garantizar un futuro profesional más próspero.

"Para el Estado, los nadie no importamos". Los nadie no son personas invisibles: las instituciones saben que existen, se contabilizan en las fronteras, en las comisarías y en las estadísticas de desempleo. A veces, como en esta crisis, los muertos no. El Ministerio del Interior ofrece unas declaraciones errantes y cifra los muertos en 10, pero sabemos que se trata de 140 personas. Esas personas que sólo se contabilizan cuando sus anhelos producen una crisis. Cuando se corre a decir que responden a intereses extranjeros y se les acalla con violencia. Lo que se les niega no es la existencia, sino la importancia. No se les reconoce como personas a las que el país deba garantizar un futuro. Se les mira como "fallas del sistema a marginar para que no estorben".
Lo catastrófico de Marruecos es que no hay colapso directo porque el derrumbe se compone de acumulaciones violentas, permanentes y sistémicas.. Se acumula lentamente dentro de las casas: una enfermedad que la familia no puede pagar, una mujer abandonada que no consigue reclamar la pensión de sus hijos, un título universitario que no conduce a ningún trabajo, una madre que aplaza su propia vida para cuidar de todos, un joven que entiende que necesitará marcharse para poder ayudar a quienes deja atrás. Cada problema parece privado. Cada familia trata de resolverlo sola. Así se consigue que una crisis estructural sea vivida como una sucesión de fracasos personales.
3 de agosto de 2026
ES POR LA MAÑANA
La primera en hablar es una joven de Tetuán. Es peluquera y cobra 1.500 dh al mes, alrededor de 148 euros. Es tan guapa que debe dolerle la cara, pienso. Tiene 25 años y el pelo mojada de haber intentado cruzar la frontera a nado. Me cuenta que el sueldo apenas alcanza para pagar el alquiler de sus padres, que están enfermos. No hay ninguna cantidad con la que imaginar una vida distinta. No tiene contrato. Lo que sí tiene es miedo de ser despedida. Me cuenta que, cuando trataba de salir del agua, un policía marroquí la agarró del pelo y la arrastró. Me quedo pensando en su cuerpo suspendido entre dos violencias, la del agua y la de la autoridad.
Bajo al césped que hay a la vuelta de la esquina a mirar cómo avanza la salida de los migrantes. Me encuentro con una niña de unos catorce años. Tiene la pierna vendada, la cara muy roja y la ropa húmeda. Un policía español la empujó cuando intentaba entrar. "Nos dijeron que serían buenos, conmigo no lo fueron", cuenta. La caída la provocó la fractura de la rótula. Todavía no consigue apartar de su cabeza lo que vio bajo sus pies. "Caminé sobre muertos", dice con miedo. "No puedo dejar de pensar que he caminado sobre muertos. Que Dios me perdone. Tuve que pisarlos para llegar al otro lado, pero allí no hay nada que merezca la pena".
Tiene apenas catorce años. Está herida y pide perdón por haber sobrevivido. No lo hacen los responsables políticos, no lo hacen quienes cerraron las vías seguras, quienes golpearon, quienes no previeron la multitud o quienes observaron cómo las personas entraban en el mar. Pide perdón ella, una niña que encontró cuerpos bajo sus pies y tuvo que apoyarse sobre ellos para no convertirse en uno más.
Otra mujer sostiene a su bebé mientras habla. Ella consiguió mantenerlo sujeto entre las manos durante la travesía. A su lado iba una amiga embarazada. "Mi amiga abortó. Yo tenía a mi bebé entre las manos y ella perdió al suyo entre cincuenta mil personas. Abortó llegando a la orilla. Ella llegó y su niña no". Pienso en lo que significa perder a una hija en medio de una multitud que corre. Pienso en un cuerpo tratando de cruzar una frontera mientras otro cuerpo se desprende dentro de él. Pienso en la imposibilidad de detenerse, de pedir espacio, de recibir ayuda. Alrededor había cincuenta mil personas y, dentro de ella, una vida que nadie pudo sujetar.

Tiene apenas catorce años. Está herida y pide perdón por haber sobrevivido. No lo hacen los responsables políticos, no lo hacen quienes cerraron las vías seguras, quienes golpearon, quienes no previeron la multitud o quienes observaron cómo las personas entraban en el mar
Me quedan dos páginas por escribir. Serán páginas de testimonios porque no sé qué análisis puede contener todo esto. Cada vez que intento ordenar lo sucedido aparece una voz que destruye el orden. Una peluquera arrastrada del pelo. Una niña caminando sobre muertos. Una mujer llegando a la orilla sin la hija que llevaba dentro.
Creo que he sido honesta. Creo que he dicho la verdad y que he escrito desde todo lo que soy. Pero la honestidad no hace que resulte menos terrible. Escribo después del golpe, después del agua, después de los cuerpos, después de la pérdida. Cada frase llega tarde.
Ya sé cómo terminar el texto. Otra joven me pide que no le hagamos fotografías. No quiere que su cuerpo quede fijado en este momento. No quiere que su dolor viaja al otro lado convertido en espectáculo. "No me gusta que nos hagan fotos , porque los europeos se van a reír de nosotros. Me da vergüenza estar así".
Fotos: Samir Gabli.
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