Día 8 de marzo en Madrid. La abundante lluvia de los últimos días no ha impedido que las calles se tiñan de morado un año más. Entre las miles de manifestantes, se observa un grupo de alrededor de cien personas que portan simbología a favor de Palestina. Llama la atención la edad de muchas de ellas, en contraste con la multitud de jóvenes feministas que inundan la ciudad.
El 5 de abril sucede otra manifestación masiva, en esta ocasión, en defensa del derecho a la vivienda, contra la especulación y los abusos del alquiler. De nuevo, aparece un grupo de tamaño similar cuya lucha principal es por Palestina. Entre estas personas, muchas caras conocidas. Una vez más son las personas mayores las que toman el protagonismo.
Tras acudir a ambas protestas, mi interés por comprender la cuestión generacional que rodeaba el activismo en defensa de Palestina no dejó de crecer. Acostumbrado al mundo académico-ensayístico de la universidad, contemplé la posibilidad de leer documentos al respecto, sin embargo, no hay mejor manera de encontrar respuestas que escuchar a las protagonistas.
A lo largo del reportaje me reúno con cuatro activistas veteranas para conocer su realidad como militantes de la causa palestina. Es innegable que las activistas entrevistadas recuerdan las luchas pasadas con nostalgia y reivindican su presencia hasta el día de hoy. Antolín tiene 62 años y ha sido miembro de las Brigadas Internacionales de Paz: "En aquellos tiempos cocíamos huevos, los vaciábamos y luego los tirábamos para que se quedara la fachada roja".

Antolín es la cara visible del activismo de las generaciones más mayores, en X (antes Twitter) reúne más de 54.000 seguidores, cuyos mensajes van dirigidos a las generaciones más jóvenes. Él no duda en poner en valor la lucha que su generación mantiene viva: "Éramos jóvenes, y somos los mismos viejos que vamos ahora".
Amparo, con 81 años y militando en Yayoflautas, tiene el mismo sentimiento: "¿Y tú me preguntabas por qué hay tanta gente mayor? Porque se está perdiendo todo lo que nosotros hemos ido conquistando poco a poco". Su tono es emotivo y decidido. Su internacionalismo convierte la lucha por Palestina en la lucha que llevaría a cabo por cualquier ser querido: "Esos niños son también mis nietos, yo tengo nietos, ¿qué pasaría si ahora viene alguien y me los mata?". Su voz desgarra e ilustra la crueldad que sufre la infancia palestina, la verdad inunda sus palabras.
Amparo apunta a algo esencial: desde sectores conservadores se desacreditan las grandes movilizaciones por Palestina, bajo el argumento de que se trata de una causa "lejana", como si la solidaridad tuviera fronteras. Lo rápido y sencillo sería percibir esta crítica como una excusa reaccionaria que trata de invalidar una lucha que no interesa a la derecha. Pero nuestras entrevistadas tienen otra respuesta: por empatía, por humanidad. "No quiero morirme en la cama, quiero morir luchando por los derechos de los demás, como madre, como abuela y como mujer", comenta con decisión.
No quiero morirme en la cama, quiero morir luchando por los derechos de los demás, como madre, como abuela y como mujer
¿Entonces los jóvenes, no se manifiestan? Para nada. Miran con esperanza lo que está por venir. Desde BDS (Boicot, Desinversiones y Sanciones) me recibe Rosa, tiene 72 años y sabe que la juventud no está haciendo oídos sordos al genocidio que estamos presenciando: "La gente se ha empezado a movilizar a raíz de las imágenes de violencia (...) en las manis poco a poco se va viendo más gente joven. No podemos olvidarnos de que ha habido unas acampadas estupendas por Palestina".
Una vez escuchado el testimonio de Rosa, solo nos queda por descifrar la incógnita de por qué en mis recorridos por distintas manifestaciones la mayoría de personas eran de su generación. Mi entrevista con la siguiente protagonista me arroja luz sobre esta duda, ella se llama Soledad, colabora con Ecologistas en Acción a sus 73 años: "La gente mayor tiene más tiempo, yo pienso que eso también es un dato, porque la gente joven entre trabajar y estudiar...". Amparo suscribe sus palabras: "La gente joven, yo sé que estáis estudiando, otros, los que tienen suerte, están trabajando, salid a la calle, apoyadnos".

La precariedad, ese muro que nos impide emplear nuestro tiempo en lo que queremos. Estas mujeres retratan nuestras vidas: aprender idiomas, estudiar un máster, trabajar a tiempo parcial... ¿De dónde sacamos tiempo para nosotras? ¿Creemos en la lucha colectiva o ya tenemos suficiente con intentar garantizar nuestro porvenir? Rosa lo tiene claro: "La gente joven no se acerca a los colectivos porque están desencantados".
Escucho estas voces y percibo que, en cierta medida, se sienten generacionalmente solas en la lucha, creándose así una brecha entre jóvenes y mayores. "Están sensibilizados a través de la red, tiene que haber una ósmosis entre la gente de un lugar y otro", apunta Soledad sobre los contactos que se crean a través de redes sociales.
Sobre el uso de Internet encuentro opiniones divididas, Rosa me consigue convencer de que los encuentros cara a cara son los más importantes: "Dejad los instagramers, los tiktokers y hablad con vuestro colega", y Antolín concluye con: "A los jóvenes les digo que pregunten, si tienen gente a su alrededor que saben, que pregunten. Que vayan a concentraciones, que escuchen y se informen".
A los jóvenes les digo que pregunten, si tienen gente a su alrededor que saben, que pregunten. Que vayan a concentraciones, que escuchen y se informen
El eterno debate: las redes sociales como posible agente desmovilizador. Si la movilización se hace a través de plataformas que no frecuentan las personas mayores, dejamos a una gran parte de la sociedad excluida. Así me lo comenta Rosa, que me remueve la conciencia cuando dice: "Yo no tengo el mismo código de lenguaje que tenéis vosotros... yo no se cómo acercarme (...) a mi me gusta que la gente joven se acerque a los colectivos donde yo estoy". Soledad, con su risueña actitud, me comenta ideas similares.
En un primer momento, en las preguntas orientativas que escribí antes de realizar el reportaje, no predije la hipótesis del deseo de unión entre generaciones, no obstante, parece ser que todas las entrevistas llevan a la misma idea: juntos seríamos más fuertes.

Esta idea es colectiva, pero destacaré las palabras de Amparo, que a sus 81 años me deja sin palabras en una entrevista más emotiva que descriptiva: "Que piensen que sería hermoso que avanzásemos en una columna de personas mayores por un lado, y jóvenes por el otro. Nos encontraríamos en un punto (...) En algún momento dado coincidiremos y nos uniremos en un gran abrazo, y entonces es cuando ellos, los de arriba, tienen que empezar a temblar. Sería una cosa de llorar de emoción. Ellos tienen la juventud, nosotros la experiencia".
En sus voces resuena una consigna que nos haría más fuertes: la unión. El auge de la extrema derecha entre las juventudes parece apuntar en otra dirección, pero aún queda margen para revertirlo. Por delante, un futuro incierto, donde la lucha internacional e intergeneracional se levantan como las últimas trincheras frente al retroceso.
Mientras finalizo este reportaje, Netanyahu y su gobierno han vuelto a romper el alto al fuego pactado. No existirá un mundo justo hasta que el pueblo palestino sea libre y autogobernado. Stop genocidio.
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