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  • Kawsay
20.11.25

Ecofascismo o la perversión autoritaria del ambientalismo

  • Artiom Vnebreaci Popa

La época contemporánea se define por un tiempo de urgencia ecológica sin precedentes. Los glaciares se derriten, los océanos son acidificados, las especies se extinguen y los ecosistemas se encuentran parcialmente en jaque. En este contexto de crisis de riesgo planetario, la preocupación por el medio ambiente deviene una fuerza política central, movilizando desde jóvenes activistas hasta corporaciones multinacionales bajo la bandera verde de la sostenibilidad (o el greenwashing). Sin embargo, en medio de esta emergencia social, un fantasma recorre el mundo: el ecofascismo. Esto responde a que la problemática ecológica global no solo intensifica los conflictos socioambientales, sino que crea un pretexto ideal para que tanto el capitalismo como el neocolonialismo sesguen las desigualdades sociales disponibles. Así, el ecofascismo emerge como una "salida" o un "escape" autoritario que promete orden y protección ambiental frente a la desconfiguración caótica de los ecosistemas. Pero esta protección pasa por el expolio de territorios, represión y desplazamiento, siempre en defensa activa de privilegios de clase, género y raza.

LOS ECOS ANCESTRALES: TERRITORIALIDAD Y EXCLUSIÓN EN LA ANTIGÜEDAD

Aunque el ecofascismo se define por ser un fenómeno moderno que combina ecología científica, racismo con origen en la pseudociencia y nacionalismo extremo, algunas de sus raíces ideológicas pueden rastrearse hasta el pasado. Sin embargo, cabe destacar que, en las civilizaciones antiguas, la relación entre territorio, identidad y exclusión tenía un carácter principalmente religioso, cultural o político, no racial ni científico.

Por ejemplo, en el Antiguo Egipto, el río Nilo no solo era vital para la subsistencia, sino que era concebido como un elemento natural sagrado que definía la identidad del pueblo egipcio. Esta sacralización territorial legitimaba el poder político imperante y reforzaba una visión excluyente frente a los pueblos extranjeros (considerados ajenos a ese orden cósmico-religioso). De forma similar, en la Grecia clásica, cada polis se entendía como una comunidad política profundamente arraigada a un territorio específico (cuyos dioses, leyes y tradiciones se encontraban sutilmente ligados al paisaje local). Esta conexión territorial justificaba la exclusión de los "bárbaros" (de aquellos quienes no compartían la lengua, costumbres o religión pertinente de cada polis).

A su vez, durante la Edad Media, se consolidaron prácticas que pueden entenderse como formas tempranas de exclusión territorial con ciertas resonancias proto-ecofascistas. La nobleza feudal estableció sistemas de control sobre bosques y recursos naturales que eran declarados de uso exclusivo (reales o señoriales). Esto no fue impulsado por una consciencia ecológica, sino para preservar privilegios como la caza o la explotación natural, a su vez reforzando el control territorial. De esta forma, tal protección del entorno respondía al mantenimiento del poder aristocrático. Al mismo tiempo, diversas tradiciones mitológicas de raíz germánica, nórdica, céltica y eslava (de carácter pagano) exaltaban la tierra como parte esencial de la identidad colectiva. En estas narrativas, el territorio se concebía como un elemento sagrado vinculado al linaje y al destino del pueblo (donde montañas, campos, ríos y bosques no eran simples espacios físicos, sino componentes liminales fundamentales entre la memoria esotérica y la pertenencia material). Esta relación simbólica entre paisaje y comunidad anticipaba imaginarios nacionalistas posteriores, aunque aún carecía de los elementos centrales del ecofascismo moderno (como el racismo científico, la ecología académica y la propuesta política genocida).

SIGLO XIX: ROMANTICISMO, NACIONALISMO Y LAS RAÍCES DEL PENSAMIENTO VÖLKISCH

Las raíces más fundamentales del ecofascismo se consolidaron en el siglo XIX. Tal contexto histórico fue marcado por la industrialización y urbanización aceleradas en Alemania, que generaron resistencias culturales influenciadas por el romanticismo. Este movimiento promovió una visión idealista de la vida, y nostálgica de lo rural y lo "natural" frente a lo urbano. Esto sentó las bases ideológicas que empezaba a vincular la naturaleza con exclusión de forma más estructurada. Ernst Moritz Arndt fue pionero en conectar conservación ambiental con nacionalismo étnico, al defender la protección de bosques y suelos alemanes como deber exclusivo del pueblo germánico (negando el derecho de otros pueblos a gestionar ese tipo territorio). Wilhelm Heinrich Riehl profundizó esta visión al exaltar la vida rural como expresión auténtica de la identidad nacional, oponiéndola a la ciudad moderna (símbolo de decadencia, cosmopolitismo y mestizaje). Esta dicotomía entre "campo puro" y “ciudad corrupta” será central en el imaginario ecofascista posterior.

Tales ideas cristalizaron en el movimiento völkisch, que en la segunda mitad del siglo XIX fusionó romanticismo naturalista, la idea de "sangre y tierra", antisemitismo y nacionalismo extremo. Esto articuló una cosmología que responsabilizaba a la ciencia racionalista, el liberalismo y la civilización urbana de la degradación tanto ambiental como moral. En este marco, los judíos eran retratados como símbolos del desarraigo, el racionalismo corrosivo y el capitalismo destructor de la naturaleza, integrando la crítica ecológica en una narrativa de supremacía racial.

Los judíos eran retratados como símbolos del desarraigo, el racionalismo corrosivo y el capitalismo destructor de la naturaleza, integrando la crítica ecológica en una narrativa de supremacía racia

La legitimación científica de la ecología llegó con Ernst Haeckel, quien en 1866 acuñó el término y promovió una visión monista de la naturaleza, aunque formulada mediante el darwinismo social, la eugenesia y el antisemitismo. Figuras como Willibald Hentschel y Ludwig Woltmann profundizaron esta línea, fusionando racismo y holismo ecológico; mientras que Ludwig Klages anticipó preocupaciones ecológicas modernas (como la deforestación o la alienación urbana) desde un marco ultraconservador que atribuía la crisis ambiental a la "mentalidad semítica". Martin Heidegger, por su parte, aportó una crítica filosófica a la técnica, arraigando la identidad cultural con la formulación territorial.

En paralelo, Rudolf Steiner desarrolló la antroposofía: un sistema espiritual que buscaba integrar ciencia, arte y espiritualidad, surgiendo así, la agricultura biodinámica. Este modelo fue una concepción de la granja como organismo vivo en armonía con fuerzas cósmicas, rechazando la química industrial y siguiendo calendarios astrológicos. Aunque muchos practicantes actuales desconocen este vínculo, el nazismo vio en la biodinámica un reflejo de sus ideales de pureza racial y territorial (y como alternativa a la agricultura industrial "judeo-bolchevique"). La relación entre antroposofía y nazismo fue ambivalente: mientras el régimen sospechaba de su ocultismo naturalista, el énfasis del vínculo orgánico entre pueblo y tierra coincidía con la cosmovisión völkisch.

Ernst Haeckel

LA SÍNTESIS NAZI: ECOLOGÍA Y RACISMO COMO DOCTRINA DE ESTADO

Con la llegada del nacionalsocialismo al poder en el 1933, las ideas ecofascistas dejaron de ser un discurso marginal para convertirse en política oficial. Richard Walther Darré (ministro de Agricultura del Reich), formuló la doctrina Blut und Boden ("Sangre y Tierra"), que unía la protección ambiental con la supremacía racial. Esta ideología sostenía que existía un vínculo biológico-espiritual entre el pueblo alemán y su territorio. Esto capitalizaba y justificaba narrativamente la exclusión de judíos (junto a otros grupos considerados como "otros" o "ajenos"). De esta forma, la ecología se convirtió en un instrumento de legitimación de la reagrarización, la agricultura selectiva y la expansión territorial (presentadas como necesidades naturales).

Richard Walther Darré (ministro de Agricultura del Reich), formuló la doctrina Blut und Boden ("Sangre y Tierra"), que unía la protección ambiental con la supremacía racial

El régimen nazi implementó una legislación ambiental avanzada para su época, como la Reichsnaturschutzgesetz de 1935, que estableció reservas naturales y reguló el uso de recursos. Se impulsó parcialmente el vegetarianismo, la medicina natural y la integración ecológica en proyectos como la Autobahn (más mito que realidad). Estas prácticas fueron vinculadas con la idea del Lebensraum: la necesidad de expandir el territorio geográfico de la nación alemana para preservar (y expandir) su pureza racial y ambiental.

El misticismo teutónico del nazismo sacralizó bosques, montañas y paisajes como espacios donde se manifestaba la esencia racial alemana. Esta visión dividía el territorio entre lo "puro" (lo rural y natural) y lo "contaminado" (lo urbano e industrial), naturalizando jerarquías sociales y justificando la exclusión como una necesidad ecológica. Tras la derrota nazi, estos conceptos fueron retomados por movimientos neofascistas y algunos círculos de la New Age (donde la ecología sigue formulándose para promover nacionalismo, antiurbanismo y xenofobia). El legado del ecofascismo, por tanto, aún persiste mezclando espiritualidad con retórica ambientalista.

Con la llegada del nacionalsocialismo al poder en el 1933, las ideas ecofascistas dejaron de ser un discurso marginal para convertirse en política oficial

DEL ECOFASCISMO HISTÓRICO AL CAPITALISMO VERDE: METAMORFOSIS, CONTRADICCIONES Y CONTINUIDADES EN AL AMBIENTALISMO CONTEMPORÁNEO

Como ya se ha mencionado anteriormente, la derrota del nazismo no erradicó el ecofascismo. Este mutó y se adaptó a nuevas circunstancias. En Finlandia, Pentti Linkola radicalizó estas ideas con propuestas maltusianas y autoritarias para reducir la población; mientras partidos de extrema derecha en Europa y EE. UU. vincularon la inmigración a una supuesta amenaza ecológica, usando argumentos como la "tragedia de los comunes" de Garrett Hardin para justificar la exclusión de esta. En Alemania y Francia, la nueva derecha recuperó elementos völkisch bajo discursos de biorregionalismo para justificar el rechazo a los inmigrantes, afirmando que la llegada masiva de los mismos destruye el "equilibrio natural" de la nación. Por su parte, en Rusia surgieron síntesis entre ecología, misticismo eslavo y autoritarismo. El Movimiento de Resistencia Nórdica usa un paralelismo entre especies exóticas y migración humana para presentar el multiculturalismo como una amenaza ecológico-racial, transformando ideas ambientales en postulados racistas. Incluso sectores de la espiritualidad alternativa (como el neopaganismo o la antroposofía new age), heredaron tales reaccionarias (la mayoría de las veces sin mala intención).

La Conferencia de Río de 1992 marcó un giro clave: el "desarrollo sostenible" subordinó la ecología al crecimiento económico, consolidando un capitalismo verde que mercantilizó la naturaleza mediante mecanismos como los Mecanismos de Desarrollo Limpio o las Soluciones Basadas en la Naturaleza. Este enfoque neocolonial (disfrazado de cooperación ambiental), reprodujo jerarquías globales clásicas: el Norte impuso su modelo tecnocrático a través de préstamos condicionados, eludiendo su deuda ecológica histórica y presentando la pobreza como el "enemigo" a combatir, no como consecuencia de la explotación sistemática. Así, la crisis ecológica se redujo a un problema técnico, desviando sus causas estructurales: el extractivismo, el patriarcado y el racismo ambiental.

Este enfoque neocolonial (disfrazado de cooperación ambiental), reprodujo jerarquías globales clásicas: el Norte impuso su modelo tecnocrático a través de préstamos condicionados, eludiendo su deuda ecológica histórica y presentando la pobreza como el "enemigo" a combatir, no como consecuencia de la explotación sistemática

El ambientalismo burgués contemporáneo oscila entre dos extremos igual de problemáticos. Por un lado: la administración tecnocrática confía en soluciones de mercado y expertise científico para "gestionar" la crisis sin cuestionar las desigualdades de clase, género o raza que determinan quién sufre sus efectos. Por otro: la mistificación romántica de la naturaleza como un espacio puro y ajeno a lo humano, reproduciendo lógicas de exclusión propias del fascismo histórico. Este ambientalismo también hereda un patriarcado ecológico: feminiza la naturaleza, reduciéndola a un rol nutritivo y reproductivo; mientras responsabiliza a poblaciones indígenas y empobrecidas de "reparar" los daños ambientales, restringiendo sus derechos territoriales. Este extractivismo es síntoma de una huida hacia delante de los poderes fácticos del capital global.

Pentti Linkola

EL ECOFASCISMO ACELERADO EN LA DÉCADA ACTUAL

El ecofascismo en la década de 2020 se ha consolidado como una fuerza política tangible que articula tres estrategias centrales: la mistificación de la naturaleza, un antropocentrismo renovado que la reduce a mero recurso explotable, y un solucionismo tecnocrático que deposita la fe en avances técnicos mientras preserva intactas las estructuras de poder global. Tras el parcial fracaso del negacionismo climático, las élites corporativas y políticas han adoptado estratégicamente un discurso "verde" que combina un conservacionismo excluyente y un racismo ambiental, reservando el acceso a recursos básicos y entornos sanos para grupos privilegiados.

Esta lógica encuentra su expresión más extrema en la fiebre de búnkeres y refugios de lujo que las élites construyen aceleradamente. Mientras predican sostenibilidad, extraen los últimos recursos para asegurar su autarquía post-colapso, representando una negación psicológica de la crisis ecológica y una afirmación de sus privilegios. Este escapismo suicida no es solo acaparamiento material, sino la máxima externalización de la crisis: al encerrarse en fortalezas subterráneas, entierran simbólicamente cualquier futuro común y renuncian a la solidaridad.

Conceptos como "capital natural", promovidos en foros globales, financiarizan los ecosistemas y convierten la protección ambiental en un negocio que profundiza el extractivismo (especialmente en el Sur Global). El control social se ejerce mediante una ingeniería del consenso que culpabiliza a migrantes, pobres y disidentes por la crisis, mientras promueve soluciones autoritarias como fronteras cerradas, y criminalización de la protesta ambiental.

El ecofascismo normaliza la idea de que solo las élites pueden gestionar los recursos escasos, justificando jerarquías bajo el manto de la "necesidad ecológica". En lugar de transformar el sistema, impone la adaptación forzada a sus lógicas: desregulación para las corporaciones, sacrificio para las mayorías. Este modelo se sustenta en tres mitos fundamentales: la narrativa del capitalismo como sistema "joven" ignorando siglos de depredación colonial; la naturaleza humana egoísta que oculta la responsabilidad del 1% más rico; y el mito de la explosión demográfica que culpa injustamente a los países empobrecidos.

Estas narrativas desvían la atención de las verdaderas causas estructurales y legitiman soluciones autoritarias que, bajo el discurso de la sostenibilidad, perpetúan la exclusión. En definitiva, la transición "verde" neoliberal no es más que una reconfiguración del poder que garantiza la acumulación de capital mientras externaliza los costos de la crisis, consolidando un sistema que sacrifica a las mayorías en nombre de un futuro insostenible.

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