Mary Anyango, una mujer de 38 años, hunde de nuevo su mano izquierda, cubierta por un guante sucio y lleno de agujeros de una o dos tallas más grande de la que ella necesita, en la montaña de basura que tiene bajo sus pies. Busca plásticos, metales, bolsas de tela… En definitiva, cualquier desperdicio que a ella le sirva para hacer negocio. En el aire flota un aroma nauseabundo que se mezcla con un olor a quemado. "Empecé a venir aquí porque me vi sin dinero y este es de los pocos lugares en Nairobi donde puedes trabajar por tu cuenta", dice. Anyango cuenta que tiene 5 niños a los que sacar adelante y que es una madre soltera. "Me levanto a las seis de la mañana, lavo mi ropa y mi casa y me acerco al vertedero, donde me quedo hasta que anochece. Luego vendo lo que conseguido. Los días buenos puedo hacer unos 300 chelines (alrededor de dos euros)", agrega.
El lugar del que habla Anyango, su sitio habitual de trabajo y el de otras 5.000 personas, es el vertedero del barrio de Dandora, el mayor a cielo abierto de Nairobi, la capital de Kenia, y uno de los más grandes del mundo. Comenzó su actividad en 1970 y actualmente ocupa una superficie de más de 16 hectáreas. Algunas de las montañas que ha formado la basura ya se aúpan por encima de los 20 metros. No hay sistema organizado de gestión de residuos. Tampoco máquinas incineradoras. "Llegan unos 400 camiones al día a depositar desperdicios. Y nadie se encarga de ellos. Nosotros lo único que hacemos es buscar materiales con los que podamos hacer negocio", explica Solomon Njoroge, presidente de la Asociación para el Bienestar de los Recicladores de Desechos en Kenia. Porque así es como llama a su profesión: recicladores de desechos.

Njoroge sabe bien de lo que habla: él mismo pasa los días en el vertedero casi desde que tiene uso de razón. La primera vez, recuerda, acababa de cumplir ocho años. "Nací en una calle muy cerca de aquí, por lo que empecé a venir desde muy pequeño; en primaria, una vez acabada las clases, me acercaba y me ponía a trabajar. Me he dedicado a esto toda la vida". Habla de abandono institucional, de palabras incumplidas, de políticos que prometen mejoras en las condiciones laborales y en las viviendas de alrededor y de cómo esas promesas caen siempre en saco roto. "El gobierno dice simplemente que no deberíamos trabajar allí, pero si la gente lo hace es porque no puede hacerlo en otros sitios", dice. Y añade: "Muchas de las personas que trabajan aquí no pueden pagar la educación de sus hijos, alimentos, un hospital o medicinas. La gente en Dandora sufre".
Muchas de las personas que trabajan aquí no pueden pagar la educación de sus hijos, alimentos, un hospital o medicinas. La gente en Dandora sufre
Pese a que Kenia, una nación de algo más de 55 millones de habitantes, es una de las economías pujantes de África, alrededor de un 33% de kenianos vive todavía bajo el umbral de la pobreza, según los datos del Banco Mundial. Los entornos donde recrudece esta estadística son, sobre todo, algunas comunidades rurales del norte y los asentamientos informales de los principales núcleos urbanos. Nairobi es la expresión en su máxima exponente. Su población, que actualmente sobrepasa los cinco millones y medio de personas, no deja de crecer. Lugares como Kibera o Mathare, dos de los barrios chabolistas más grandes del continente, se llenan de gente que busca las oportunidades que no encuentra en otros sitios. Sin servicios básicos, aumenta la población y también los deshechos que se generan y que acaban en sitios como Dandora. El Ministerio de Medio Ambiente afirma que el país produce unas 4.000 toneladas de desperdicios al día, de los que entre 2.000 y 2.500 corresponden a la capital.

UNA MAYORÍA DE MUJERES
Mary Otoyo, otra madre soltera de 24 años, afirma que nació en una de las casas informales de Dandora, que se ha criado allí y que ha trabajado en el vertedero toda su vida. "Ahora, con lo que hacemos más negocios es con el plástico, pero lo que sacamos da para muy poco. De mis dos hijos, sólo el mayor va al colegio. No tengo dinero para pagar más. Hay días que vuelvo a casa con las manos vacías", dice. Su jornada laboral, prosigue, dura de lunes a lunes. Cuantas más horas, mejor. No hay descanso. No hay vacaciones. Mientras continúen llegando camiones, ella seguirá yendo al basurero. "Si encontrara otro trabajo, otra forma de ganarme la vida, me marcharía de aquí. Pero, ¿quién quiere contratar a una mujer como yo? Dejar todo esto es muy complicado. Lo que quiero es que mis hijos estudien; pasar aquí los días no tiene nada bueno", cuenta.
“La mayoría de las personas que trabajan en Dandora son mujeres. Más del 80% del total”, asegura Solomon Njoroge, quien explica que los hombres suelen tener más oportunidades laborales, aunque su formación sea la misma: "Para trabajar en el vertedero no hace falta entrevistas ni nada. Llegas y te pones a buscar materiales que puedas vender. No hay horario ni nada de eso. Por eso vienen madres solteras con niños a su cargo, ancianas que necesitan un ingreso extra…". Los datos le dan la razón. Un estudio de Naciones Unidas publicado en 2023 muestra no sólo que la tasa de empleo de las mujeres en Kenia (60,3%) es menor a la de los hombres (70,4%), sino que además la brecha salarial mensual se eleva hasta el 31,3%. En los empleos remunerados, prosigue el escrito, resulta habitual que las mujeres trabajen menos horas que los hombres, por lo que sus ingresos son significativamente inferiores.

En este contexto de escasez, en Dandora se suceden los casos de violencia, sobre todo en las horas nocturnas, cuando la oscuridad se apodera del ambiente y las hogueras caseras de quema de residuos son la única luz que sirve de guía. Un extenso informe del Ministerio de Exteriores de Dinamarca publicado en mayo de este año indica que una de cada diez mujeres que trabaja en el vertedero ha sufrido o presenciado acoso sexual, con denuncias que incluyen desde violaciones a la obligación de mantener relaciones sexuales forzadas como requisito para poder recoger residuos en ciertas zonas más beneficiosas. "No, yo no me siento segura, pero tengo que trabajar. Llevo haciéndolo aquí 7 años, desde los 20”, dice Maureen Akinyi, otra trabajadora de Dandora, rodeada de sacos repletos de plástico". Y menciona otro de los problemas del vertedero: "Enfermo con mucha facilidad. Tengo diarrea a menudo y unos dolores de cabeza tan fuertes que hay días que me cuesta hasta salir de la cama".
Una de cada diez mujeres que trabaja en el vertedero ha sufrido o presenciado acoso sexual, con denuncias que incluyen desde violaciones a la obligación de mantener relaciones sexuales forzadas como requisito para poder recoger residuos en ciertas zonas más beneficiosas
ENVENENADAS
Griffing Ochieng es director ejecutivo del Centro para la Justicia Ambiental y el Desarrollo (CEJAD por sus siglas en inglés), una organización local que trabaja para promover la gestión responsable de sustancias químicas y residuos con el fin de proteger la salud humana. Afirma: "Hay muchas partículas nocivas cuyo impacto negativo en la salud de los humanos está científicamente demostrado, y nosotros las hemos encontrado en Dandora en grandes cantidades". CEJAD ha realizado estudios que prueban lo que dice. Un ejemplo: en uno publicado en febrero de este año, analiza los huevos que ponen las gallinas que viven y se alimentan en Dandora y los compara con los de otras zonas del país. Los resultados no dejan lugar a dudas: la presencia de contaminantes orgánicos persistentes (sustancias químicas que persisten en el medio ambiente durante largos periodos y se acumulan en los tejidos de organismos vivos, causando efectos adversos) es significativamente mayor en los del vertedero que en cualquier otro lugar y, además, se encuentra muy por encima del límite reglamentario de la UE.

Pero este no es el único informe que prueba que comer y vivir en Dandora mata a ritmos agigantados. La misma organización publicó otro en 2023 que arrojó conclusiones parecidas. Ya en 2014, la Universidad Jomo Kenyatta de Agricultura y Tecnología realizó otro estudio en el que tomaron muestras de suelo y agua en diferentes puntos del vertedero y las analizaron para determinar el contenido y la concentración de elementos. El organismo observó altos niveles de cadmio, plomo y mercurio, algo que implica un riesgo potencial alto tanto para el medio ambiente como las personas que viven del vertedero. "Es necesario implementar medidas para una gestión adecuada de los residuos a fin de minimizar la contaminación ambiental que representa un peligro real para la salud humana", afirmó dicho escrito. Pero nada se ha hecho desde entonces. Aumenta la cantidad de basura día a día e incrementa con ello el peligro diario al que se ven tienen que hacer frente diariamente miles de trabajadoras.
"Hemos hablado con muchas mujeres en el vertedero, les hemos preguntado por enfermedades, y padecen, entre otras cosas, dificultad para respirar o grandes variaciones en sus ciclos menstruales", explica Dorothy Otieno, oficial de programa de CEJAD. El informe antes mencionado del gobierno danés también ahonda en estas cuestiones. Indica que el 71% de los recicladores experimenta problemas de salud y que el 96% ha sufrido alguna lesión mientras trabajaba. Los cortes que producen en las manos cristales y metales afilados al escarbar en la basura resultan muy frecuentes, pero es que las condiciones laborales son realmente precarias: sólo el 65% utiliza botas de goma y casi la mitad ni siquiera usa guantes. Además, alrededor de una quinta parte de los trabajadores se protegen únicamente con la ropa que visten.

"Si la gente viene a trabajar aquí es porque no encuentra otros sitios para hacerlo. Al final, esta profesión se convierte en un estilo de vida, así que asumes que tarde o temprano te vas a poner enfermo. Y entonces hay que elegir entre dejar de venir o dejar de ganar dinero", concluye Solomon Njoroge. Celine Atiendo, una mujer de 40 años y seis hijos a su cargo, asiente ante esta afirmación. Ella sujeta con una mano un palo y va removiendo con él la basura del vertedero en busca de algún material valioso. Con la otra, protegida por un guante, recoge lo que ve y lo mete en una bolsa de hilo. "Sé que estamos expuestas a enfermedades, que trabajar aquí es peligroso y que apenas sacamos 200 chelines (algo más de un euro con treinta) al día. Pero vengo, consigo ese dinero y cuando llego a casa doy de comer a mis hijos. Yo no tengo que mendigar ni pedirle nada a nadie", afirma.
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