El recuerdo más nítido que conservo del día que aborté es lo rico que me supo el desayuno tardío que me tomé nada más salir de la clínica. Qué delicia de tostadas con aceite y tomate, qué bien me olía el café. Tenía muchísima hambre porque cuando vas a someterte a un aborto quirúrgico hay que ir en ayunas. Y estaba pletórica porque todo había sido tan rápido e indoloro que no me lo podía creer. Nunca olvidaré aquella sensación de puro alivio mezclada con la más absoluta de las incredulidades. ¿De verdad era posible pasar por algo que siempre te han dicho que es tan duro y traumático sin experimentar la más mínima molestia o incomodidad? Había llegado con tanto miedo aquella mañana a la clínica por todas las historias de maltrato a otras mujeres que había escuchado… tenía miedo de encontrarme grupos antiabortistas gritando a la entrada, miedo de que los sanitarios me hablasen con desprecio, miedo de que me negasen la anestesia, miedo de tantas cosas… ¿Cómo era posible que nada de eso hubiera pasado? Estaba tan agradecida por el cariño y el cuidado con el que me trataron allí, por no haber tenido que esperar apenas en una sala de espera, por lo corta que fue la intervención, por haber salido de allí intacta apenas dos horas después de llegar y caminando con la misma facilidad con la que entré; que no exagero si digo que el día que aborté fue un día tan feliz como lo fueron los días que di a luz a mis dos hijos.
Cuando yo aborté (y no digo que me practicaron un aborto conscientemente, porque yo soy el sujeto de la acción, fue mi decisión voluntaria y libre) la ley de 2010 de salud sexual y reproductiva que reconocía por primera vez el derecho de las mujeres a abortar sin necesidad de acogerse a uno de los tres supuestos en los que no se penalizaba la interrupción del embarazo (grave peligro para su salud, haber sufrido una violación o enfermedad/malformaciones del feto) llevaba casi una década en vigor; pero todavía obligaba a pasar por tres días de reflexión y a recibir información sobre políticas activas de maternidad como condiciones para acceder al aborto gratuito cubierto por el sistema público de salud de tu Comunidad Autónoma. Esta ley fue reformada en 2023 entre otras cosas para eliminar ese tipo de obstáculos disuasorios de la decisión libre de las mujeres, pues cuando pides cita en un Centro de Orientación Familiar para iniciar el proceso de interrupción voluntaria del embarazo se presupone que llegas hasta ahí con una decisión tomada que ningún profesional tiene derecho a cuestionar. El único requisito que debe cumplir una mujer mayor de 16 años para abortar libremente dentro de los plazos legales en los que su salud no se ponga en riesgo (hasta 14 semanas para un aborto por decisión propia, a partir de la 14 se limita a causas médicas graves) es querer hacerlo. Sin necesidad de justificar el motivo. Yo ya era madre cuando aborté y podría enumerar los motivos que me llevaron a interrumpir aquel embarazo, pero no lo haré porque ninguno es más importante que el hecho de que no quería tener otro hijo en aquel momento. Aborté porque quise y si de algo nos libera la actual legislación es de la necesidad de justificarnos y dar explicaciones. Ningún profesional sanitario o de servicios sociales tiene derecho a someterte a un interrogatorio, a preguntarte por qué has decidido abortar, a decirte que te lo pienses bien. Su obligación es únicamente informarte de las dos opciones que tienes a tu disposición para realizarlo, la farmacológica o la quirúrgica, y darte cita a la mayor brevedad posible para que te hagan una ecografía simplemente para determinar con seguridad las semanas de gestación.
Yo ya era madre cuando aborté y podría enumerar los motivos que me llevaron a interrumpir aquel embarazo, pero no lo haré porque ninguno es más importante que el hecho de que no quería tener otro hijo en aquel momento
A pesar de que a mí me tocó pasar por el período de reflexión, rellenar un cuestionario larguísimo sobre mi estabilidad mental y recibir un sobre a reventar sobre todas las ayudas a mi disposición si quería seguir adelante con mi embarazo; tampoco recuerdo aquella experiencia como desagradable; porque la chica que me recibió en el Centro de Orientación Familiar también me trató con sumo respeto y sensibilidad y me dejó claro en todo momento que aquellos trámites eran una mera formalidad legal y que su intención como profesional no era que me lo pensase mejor. Tampoco se puso a darle un discurso condescendiente sobre anticonceptivos a una mujer adulta que ya había parido. Esa misma mañana una obstetra igual de empática y simpática me hizo una ecografía sin mostrarme el monitor ni hablarme del latido fetal. Estaba embarazada de 7 semanas. Recuerdo que mi único dilema fue decidir el método abortivo y que sí me pareció un detalle a mejorar que el COF de mi centro de salud se sitúe al lado de la consulta de la Matrona por aquello de no obligarnos a ver barrigas preñadas mientras esperamos a que nos atiendan.
Me decanté por el método quirúrgico para ahorrarme el dolor de los calambres del farmacológico y porque además de la ventaja de la sedación me daba más confianza ser atendida en un centro hospitalario que tomarme por mi cuenta unas pastillas en casa. La intervención tenía el inconveniente de que en ningún hospital público de mi provincia se practican interrupciones voluntarias del embarazo, y que tampoco había clínicas privadas con las que concertar el servicio, así que tendría que acudir a una clínica concertada en la provincia de al lado. Tenía la suerte de que la ciudad a la que tenía que desplazarme está sólo a 50 minutos por autovía de mi ciudad, y que mi pareja podía pedirse el día libre en su trabajo para llevarme en coche, ya que al salir de la intervención no se recomienda conducir. No tendría que viajar sola en autobús ni amoldarme a los escasos horarios del transporte público o pedir más de un día de permiso en el trabajo. Muchas otras mujeres que como yo hubiesen preferido el aborto quirúrgico por motivos como la disposición de anestesia o la mayor rapidez, cada cuál tiene sus prioridades y sus circunstancias, habrán renunciado a esa opción por el obstáculo de tener que desplazarse. Hoy en día en 2025 son muchas las mujeres que se ven obligadas a salir de su provincia de residencia o incluso de su Comunidad Autónoma para acceder al aborto porque en ella ningún hospital público practica IVEs y tampoco hay clínicas privadas en funcionamiento con las que concertar la prestación, lo que en la práctica hace que la libertad de elección real siga siendo un privilegio en lugar de un derecho pleno.
NUEVOS MIEDOS, VIEJOS MÉTODOS
Os cuento mi experiencia libre de traumas porque esta semana el Partido Popular y Vox acaban de aprobar conjuntamente en el Ayuntamiento de Madrid, y en contra de lo que dispone la legalidad vigente, la medida de informar a las mujeres que soliciten la interrupción voluntaria del embarazo de la existencia de lo que ellos llaman "síndrome post-aborto". Este falso síndrome consistiría en un aumento exponencial de sufrir trastornos como la depresión o el alcoholismo e incluso ideaciones suicidas por el mero hecho de haber abortado. Huelga decir que este síndrome no existe, la Organización Mundial de la Salud no lo reconoce y la evidencia científica lo refuta. Se trata de otro invento de la derecha para imponer su doctrina religiosa sobre la autonomía sexual y reproductiva de las mujeres. El enésimo intento de amedrentarnos, ya que no han conseguido que se dejasen de practicar abortos ni cuando estaban prohibidos y los riesgos para la salud y la vida de las mujeres derivados de la clandestinidad y la insalubridad sí eran reales. A pesar de las dificultades para abortar siempre ha habido mujeres que preferían arriesgarse a morir que cumplir con el mandato social de tener hijos. Y eso la derecha no puede soportarlo. Por eso cada cierto tiempo vuelven al ataque con nuevos jinetes del apocalipsis. Ahora que abortar es seguro y el índice de mortalidad o secuelas físicas en las mujeres es cercano a cero y menor que el porcentaje de denuncias falsas por violencia machista que tanto les preocupan a los mismos señores que odian que decidamos libremente sobre nuestros cuerpos, se inventan nuevos peligros. Hace unos años advertían de la esterilidad, pero ya no funciona porque está más que comprobado que interrumpir un embarazo no causa infertilidad ni dificultad alguna para volver a concebir. Yo misma he sido madre de nuevo después de haber abortado. Así que ahora que está de moda hablar de salud mental tienen que probar a reflotar el "síndrome post-aborto" bajo la excusa de preocuparse por el bienestar de las mujeres.
Se trata de otro invento de la derecha para imponer su doctrina religiosa sobre la autonomía sexual y reproductiva de las mujeres. El enésimo intento de amedrentarnos, ya que no han conseguido que se dejasen de practicar abortos ni cuando estaban prohibidos y los riesgos para la salud y la vida de las mujeres derivados de la clandestinidad y la insalubridad sí eran reales
Si algún sentimiento de tristeza, culpabilidad o vergüenza puede asaltar a las mujeres que hayan abortado, este no tendrá nada que ver con el hecho físico de haber interrumpido su embarazo. Todo dependerá de cómo las hayan tratado durante el proceso y de si se han sentido acompañadas o señaladas por su entorno. El estigma por haber abortado libremente sigue vigente aunque la legalidad avale nuestro derecho. Es un derecho legal cuya legitimidad social es débil en un país que viene de una dictadura de raíces católicas que perseguía con saña, no sólo a las mujeres que se sometían a abortos clandestinamente, sino a quienes los practicaban. Para saber lo verdaderamente peligroso en todos los sentidos que fue acceder a la libre elección basta leer 'Un aborto, 8000 pesetas', el ensayo de la periodista Paula Boira que repasa la historia de la lucha de tantas mujeres y los profesionales médicos que las ayudaron por ejercer su autonomía reproductiva durante el franquismo y la Transición a la democracia a pesar de lo duramente castigado que estaba. Su libro nos recuerda con datos y testimonios de primera mano la historia reciente de represión moralista y castigo de toda mujer que se saliese de la norma de ser devota esposa y madre abnegada hasta el punto de encerrarlas en los conventos religiosos del Patronato de Protección a la Mujer donde serían re educadas para ser mujeres rectas y puras. Ese pasado está todavía muy presente en nuestra sociedad. Por eso hay tantos médicos que se declaran objetores de conciencia y por eso siguen siendo mayoría aplastante de centros privados frente a hospitales públicos los que ofrecen el servicio de interrupción voluntaria del embarazo a las pacientes. Porque el aborto todavía no es visto como un procedimiento médico como otro cualquiera, una prestación más para garantizar la salud sexual y reproductiva de las mujeres. Se sigue leyendo en muchos casos como un pecado, un crimen, un capricho.
El aborto todavía no es visto como un procedimiento médico como otro cualquiera, una prestación más para garantizar la salud sexual y reproductiva de las mujeres. Se sigue leyendo en muchos casos como un pecado, un crimen, un capricho.
Si la práctica del aborto estuviese normalizada y no estuviese penalizada socialmente no seguiría siendo necesario garantizar una confidencialidad extrema que va más allá del derecho a la intimidad, hasta el punto de que no se incluye en el historial médico de las mujeres y toda documentación referente a la intervención debe ser destruida cinco años después de que esta tenga lugar. Ya han pasado más de cinco años de que yo abortara, nadie tendría por qué saberlo, ya no queda constancia en ningún sitio salvo en mi memoria, pero os lo cuento ahora porque si no lo contamos, si nos avergonzamos nosotras y no se avergüenzan los criminales que nos señalan y acosan por ejercer nuestros derechos civiles, pues lo que están cometiendo un delito real son los que se inventan falsos síndromes o esperan frente a las clínicas para insultar a las pacientes y no nosotras; habrán ganado ellos. En cuanto tengan la oportunidad de volver a penalizar el aborto, lo harán, como lo intentó en su día Alberto Ruiz Gallardón, al que no paró nadie salvó las mujeres feministas saliendo a la calle. En la cuestión del aborto también tiene que cambiar la vergüenza de bando. Urge reformar la Constitución para que se blinde democráticamente el derecho al aborto y poder sancionar de verdad a todo aquel que obstaculice con sus creencias personales un servicio público y legal. Para ello volvemos a necesitar la movilización social masiva y serán clave una vez más, como con la violencia sexual, los testimonios de las mujeres que han abortado simplemente porque han deseado hacerlo, para que comprobemos una vez más que no estamos solas, que somos legión y no estamos dispuestas a seguir callando y agachando la cabeza.
DESDRAMATIZAR EL ABORTO
En una charla organizada por el Instituto de las Mujeres con motivo del Día Mundial del Aborto Libre y Seguro, que se celebra cada 28 de septiembre, la periodista Belén Remacha hablaba sobre las trabas que todavía existen para el ejercicio del aborto en España, y ponía de relieve que aunque gracias a la legislación existente desde 2010 las mujeres que deciden abortar ya no tienen miedo a la cárcel, a tener que marcharse fuera del país, a los trámites burocráticos imposibles, ni miedo a morir desangradas en un sótano; siguen teniendo miedo a ser juzgadas y a sufrir represalias sociales o laborales, por eso a pesar de que cada año abortan voluntariamente alrededor de 100.000 mujeres en España (en 2024 fueron 106.172 según los últimos datos del Ministerio de Sanidad) son tan pocas las que lo cuentan o hablan de ello abiertamente y con naturalidad con su familia o entorno cercano. Destacaba con mucho acierto la importancia de que alguien con tanta influencia entre las jóvenes como tiene la modelo Laura Escanes se hubiese atrevido a contar en una entrevista que había abortado voluntariamente.
No es casualidad que los partidos reaccionarios como Vox recurran a algo como el síndrome post-aborto como método disuasorio, pues su intención es naturalizar el sentimiento de culpa de las mujeres e insistir en que lo normal y lo lógico es sentirse triste y traumatizada después de abortar porque es un acto negativo e inmoral en sí mismo. Para los machistas de derechas el fin de la existencia femenina es ser madre y que una mujer no desee tener un hijo es algo antinatural. Quieren decirnos que vamos a sufrir después de abortar aunque lo hayamos decidido nosotras porque en nuestra esencia está gestar y parir y perder esa oportunidad nos hará sentir vacías, sin propósito, y además culpables por haber impedido nacer a nuestra futura criatura. En su discurso va intrínseco que hay algo que está mal en una mujer que además de haber abortado no se deprime ni se arrepiente después de hacerlo. Quieren hacernos sentir culpables por no sentir culpa. Sin embargo, los estudios que existen sobre la salud mental de las mujeres que han pasado por una interrupción del embarazo determinan que no existe relación entre haber abortado y sufrir trastornos como la depresión, e incluso existen algunos cuyos resultados demuestran que son mayoría las que tras abortar experimentan emociones positivas como el alivio o la tranquilidad, como el publicado en 2020 por la revista académica Social Science & Medicine realizado con una muestra de 667 mujeres residentes en 21 estados diferentes de Estados Unidos, que fueron encuestadas periódicamente durante un período de cinco años tras su aborto. Ni la tristeza, ni la rabia, ni la culpa ni el arrepentimiento fue la emoción más mencionada por esas mujeres. La respuesta más común fue que se sintieron aliviadas y el 95% mantuvo siempre que el aborto había sido la decisión correcta para ellas.
Los estudios que existen sobre la salud mental de las mujeres que han pasado por una interrupción del embarazo determinan que no existe relación entre haber abortado y sufrir trastornos como la depresión, e incluso existen algunos cuyos resultados demuestran que son mayoría las que tras abortar experimentan emociones positivas como el alivio o la tranquilidad
Está claro que si mi experiencia fue positiva y libre de traumas fue por el respeto absoluto con el que conté en todo momento por parte de todos los profesionales que me atendieron, pero también porque siempre tuve el apoyo incondicional y comprensión de mi pareja, algo que desgraciadamente no pueden decir todas las mujeres, pues muchos hombres todavía siguen creyendo que una parte de la decisión les corresponde a ellos aunque el embarazo y el parto sólo afecte al cuerpo de las mujeres. Desde que mi marido me dijo "si tú no quieres tenerlo no hay nada más que hablar" tuve la fuerza para confiar en que todo saldría bien. También tuve la suerte de contar con amigas generosas y feministas que me contaron su experiencia abortando y me aconsejaron para evitar dilaciones en el proceso y poder escoger el método que mejor se adaptara a mis deseos y necesidades. Una vez más los testimonios de otras mujeres salvando a otras mujeres. Me sentí acompañada y comprendida en todo momento. No me hizo feliz el aborto, sino comprobar que podía ejercer plenamente un derecho que me pertenecía como mujer y que tanto había costado conseguir, pues han sido muchas vidas de mujeres las que se han quedado en el camino.
Sin duda el auténtico drama es que tantas mujeres pobres sigan muriendo desangradas o de graves infecciones o acaben sin poder tener hijos en el futuro por haberse visto en la tesitura de recurrir a un aborto insalubre y clandestino en tantas partes del mundo. De todo eso hay que hablar más, pero también de que el aborto es una opción segura y de riesgo mínimo para la salud cuando se legaliza y se practica como un procedimiento médico como otro cualquiera. Sobre todo hablar de las experiencias positivas para que se termine de consolidar el aborto libre y gratuito y no haya vuelta atrás. El aborto no sería casi nunca un drama si se ofreciesen todos los métodos disponibles en los hospitales públicos. Si no se estigmatizase a las mujeres que no desean ser madres, por la razón que sea, el dolor emocional de un aborto voluntario tampoco existiría. Imagináoslo sin el miedo, sin la vergüenza, sin la culpa. Sin los relatos de vidas truncadas de bebés imaginarios. Sin los "cuando quieras tener otro, no vas a poder". Sin las amenazas inventadas como el síndrome post-aborto. Es imprescindible desdramatizar el aborto e insistir en demostrar que el coste económico, físico y psíquico de abortar es una carga impuesta a las mujeres y no inherente al hecho; y que llegadas a la situación de un embarazo no deseado el aborto es una solución digna y desde luego mucho menos traumática que vernos obligadas a parir y criar contra nuestra voluntad. Supondría mucho menos que una operación de apendicitis y poco más que la extracción de una muela sin toda la mitología patriarcal y religiosa. Podría ser una anécdota, una nota al pie en la trayectoria vital de las mujeres y no un dilema moral o un trauma o un estigma que marca todavía a muchas. Dejaría de ser EL ACONTECIMIENTO que relató la escritora premiada con el Nobel Annie Ernaux en su novela. Podría ser hasta un buen recuerdo para la mayoría, como el que guardo yo. Con los recursos y el cuidado necesario del personal a cargo y el debido respeto de la sociedad, así podrían sentirse todas las mujeres tras un aborto, tras un simple derecho que han ejercido. Y disfrutar después sin remordimientos de un merecido desayuno.
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