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  • El Mentidero
08.06.25

Cuando el perdón de las mujeres sostiene el patriarcado

  • Michelle Per San

La disertación que leerán a continuación nace de una idea que, en un principio, me abordó en tono jocoso, casi como quien se lanza una consigna irónica entre amigas: "dar segundas oportunidades a los hombres es contrarrevolucionario". Lo pensé riéndome, pero con esa risa incómoda que muchas veces acompaña intuiciones más profundas. Porque detrás de esa frase, en apariencia exagerada o provocadora, comenzó a abrirse una pregunta legítima: ¿qué significa, en términos estructurales y políticos, que las mujeres perdonemos dentro de un sistema patriarcal? ¿Qué memorias, lealtades y luchas se ponen en juego -y a veces se traicionan- en decisiones que el sentido común insiste en clasificar como "personales"?

Se dice que las mujeres, debido a una combinación de factores sociales y lógicas hegemónicas, pueden tender a perdonar más fácilmente a los hombres que a otras mujeres. Esto no es una característica "natural" o biológica, sino el resultado de cómo operan las normas de género, el poder y la cultura patriarcal. El cambio hacia relaciones más equitativas también pasa por revisar críticamente estos patrones de perdón y exigencia afectiva.

En este sentido, lo que siguió fue un ejercicio de pensamiento crítico desde un marco feminista materialista que intenta desnaturalizar el perdón como gesto individual, privado o neutral, y examinarlo, en cambio, como una práctica situada en una red de relaciones de poder con consecuencias colectivas.

La idea de que conceder una segunda oportunidad a un varón es una elección íntima y autónoma necesita ser problematizada. En una sociedad organizada sobre la base de una economía política del género, las relaciones interpersonales -especialmente las compuestas entre hombres y mujeres- no pueden ser interpretadas al margen de las estructuras que las atraviesan. La figura del perdón femenino ha sido históricamente romantizada bajo los valores del amor redentor, la comprensión infinita o la abnegación, pero, en realidad, constituye uno de los dispositivos ideológicos más eficaces para la reproducción del patriarcado. Perdonar a un hombre -particularmente cuando ha ejercido violencia, ya sea simbólica, emocional, económica o física- no es una acción inocua; es, muchas veces, reinsertarlo en la legitimidad de los vínculos, y, al hacerlo, restituirle su autoridad. Bajo este enfoque, conceder indulgencia no es simplemente una elección personal, sino una acción política cargada de consecuencias. Apelar a la autonomía individual para justificarlo silencia por completo la deuda histórica que éstos tienen con nosotras: siglos de subordinación de cuerpos y subjetividades feminizadas bajo el mandato masculino. Esa deuda no se salda con afectos ni intenciones, sino con transformaciones materiales y estructurales.

La figura del perdón femenino ha sido históricamente romantizada bajo los valores del amor redentor, la comprensión infinita o la abnegación, pero, en realidad, constituye uno de los dispositivos ideológicos más eficaces para la reproducción del patriarcado

Es por esto que la cultura patriarcal ha convertido el perdón femenino en una especie de gesto sublime, asociado a valores como el sacrificio, la madurez emocional o la fuerza del amor verdadero. Esta estetización del perdón refuerza su valor conceptual: se convierte en un acto heroico que consagra el arquetipo de la mujer comprensiva y eternamente disponible. El resultado es que la violencia o el abuso son reinterpretados como "errores del camino", "crisis superadas", o pruebas de amor. Así, el hombre que fue violento puede reaparecer como "el que luchó por cambiar", y su figura se reconstruye como merecedora de segunda oportunidad, y no como parte de una estructura violenta más amplia.

En este escrito no se trata de culpabilizar a quienes eligen disculpar, sino de instar a comprender que ciertas prácticas, incluso cuando se vivan como elecciones íntimas, pueden consolidar estructuras que nos oprimen a todas. En este marco, el perdón no es sólo un gesto interpersonal, también puede funcionar como perfidia a las que no tuvieron otra opción.

Visto desde esta perspectiva, perdonar deja de ser un acto puramente emocional y se revela como un mecanismo de reproducción representativa y material del orden patriarcal. En determinadas circunstancias, renunciar a conceder el perdón se convierte en una forma de resistencia colectiva y de fidelidad política a la memoria de las mujeres que fueron antes que nosotras.

Una ética feminista materialista no puede darse el lujo de mirar hacia otro lado cuando lo íntimo se entrelaza con lo estructural, pero tampoco puede permitirse caer en la trampa de juzgar moralmente a las mujeres por las decisiones que toman en condiciones sistemáticas desiguales. El desafío, entonces, es complejo: disputar el terreno de lo íntimo sin convertirnos en vigilantes del comportamiento de otras, sin suponer que existe una "forma correcta" de ser feminista según un manual invisible.

Porque si el feminismo se convierte en una policía del comportamiento, deja de ser una herramienta de liberación para convertirse en un código de pureza. Y esa lógica punitiva, paradójicamente, reproduce una de las formas más insidiosas del patriarcado: el control y el castigo sobre las decisiones de las mujeres. En cambio, disputar lo personal desde una mirada feminista significa crear marcos que nos permitan comprender que las elecciones individuales están siempre condicionadas, que no surgen en el vacío, y que muchas veces perpetúan lógicas que nos dañan colectivamente. No se trata de condenar a quien perdona, sino de visibilizar que el acto de perdonar —como cualquier otro dentro de un orden social— tiene efectos que exceden a la persona que lo ejecuta.

Disputar lo personal desde una mirada feminista significa crear marcos que nos permitan comprender que las elecciones individuales están siempre condicionadas, que no surgen en el vacío, y que muchas veces perpetúan lógicas que nos dañan colectivamente

Consiste, entonces, en abrir espacios de diálogo crítico y de memoria compartida, no de levantar dedos acusadores. De construir conciencia y no vergüenza. De sembrar una sensibilidad política que nos permita preguntarnos por qué hacemos lo que hacemos, y para quiénes se sostienen ciertas elecciones que el sistema nos enseña a vivir como naturales o necesarias.

Desde esta postura, el feminismo no exige "coherencia total" o una vida sin contradicciones -eso sería una exigencia imposible y deshumanizante-, sino un compromiso activo con la reflexión crítica. Se trata de politizar la experiencia sin cancelar la complejidad de lo vivido. De disputar el terreno de lo íntimo como un espacio legítimo de lucha, pero sin repetir las formas de castigo que históricamente han oprimido a los cuerpos feminizados.

Por eso, a veces, negarse a perdonar a un hombre no es sólo una decisión emocional, sino una expresión de memoria radical. Una memoria que se niega a seguir soldando las grietas del patriarcado con afectos individuales, y que apuesta, en cambio, a la construcción de una justicia feminista que no olvide y que no rehúya al conflicto cuando lo que está en disputa es la dignidad colectiva.

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